Del liberalismo al posibilismo.

Y… ¿Dónde está la izquierda? El continuismo neoliberal en las llamadas “nuevas izquierdas” latinoamericanas.

Colaboración de Fernando Pesce

 

Desde hace un poco más de una década, han surgido en el mapa político latinoamericano, fundamentalmente en el cono sur de la región, gobiernos a los que han accedido, por vía de las urnas y amplios consensos políticos, partidos tradicionales de izquierda o de centro izquierda. A nivel discursivo estos gobiernos rechazan la aplicación de las recetas económicas neoliberales, no por sus políticas macro económicas, a las que respetan y siguen al pie de la letra, sino por las consecuencias sociales, culturales e incluso políticas de la aplicación de las mismas. Este artículo presenta, en una primera instancia, el contexto de emergencia de los denominados nuevos gobiernos de América Latina, para luego de efectuar una aproximación a sus características comunes, intentar demostrar el continuismo del programa neoliberal en la región.

La emergencia de los nuevos gobiernos en América Latina en el escenario post neoliberal

Las décadas de los años 80 y 90 del siglo pasado se caracterizaron, desde el punto de vista político, por la sucesión de gobiernos cuyas políticas económicas consolidaron en América Latina el modelo neoliberal emergente del denominado Consenso de Washington. En realidad, las políticas neoliberales habían comenzado a implementarse en la región durante la década de los años 70; lo que ocurrió durante los dos últimos decenios del siglo veinte es lo que Ramonet (1997) denominó imposición de los regímenes “globalitarios”, identificando como tales a aquellos gobiernos que impulsaron los dogmas del libre mercado y que subordinaron las economías, las sociedades y las culturas nacionales a la razón competitiva de los mercados financieros transnacionales, y con ello transfirieron decisiones fundamentales de la esfera pública a la privada.

El derrumbamiento del denominado socialismo real había convalidado, al menos discursivamente, el fortalecimiento de los partidos políticos conservadores, sustentados en una ideología del fin del comunismo y de sus doctrinas políticas, sociales y económicas, el fin de la historia y del último hombre, que habían impactado en la legitimidad de los partidos y movimientos sociales de izquierda con sus repercusiones en los de la región.

Una de las consecuencias fue la generación de un escenario propicio para la implementación de un programa económico, conocido como el Consenso de Washington, que contenía en sus orígenes diez medidas dirigidas a superar el subdesarrollo de la región latinoamericana a través del incremento de las economías. Para ello se promovió, a nivel general, la liberalización del comercio internacional y la promoción de la inversión extranjera directa, y a nivel interno en cada país, el impulso a las privatizaciones de bienes, servicios y recursos naturales, la desregulación de la economía, y la implementación de reformas impositivas y la reducción del gasto público. (Williamson, 1990).

Vilas (2008) define al Consenso de Washington como “(…) una metáfora simplificadora que hace alusión al conjunto de políticas neoliberales coincidentemente recomendadas durante las décadas de 1980- 1990 por los organismos multilaterales de crédito con sede en esa ciudad de Estados Unidos”, tales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Secretaria del Tesoro del gobierno de ese país, para ser aplicadas por los gobiernos de la región latinoamericana a los efectos de lograr un crecimiento económico sostenido. Asimismo sostiene que se basó en tres premisas económicas básicas: a) que era necesario promover la inversión extranjera para que los países de la región alcanzaran el crecimiento económico sostenido, b) que para atraer las inversiones era necesario la más amplia apertura de los mercados internos y c) que se debían efectuar las reformas institucionales que levantaran restricciones, subsidios y regulaciones por parte de los estados nacionales que fueran de competencia desleal al capital.

Es interesante la mirada que hace Chomsky (2001) sobre la política neoliberal que los organismos financieros y multilaterales de crédito recetan a los gobiernos latinoamericanos, a la que denomina “la ideología del doble filo”, ya que sostiene que en realidad promueve que los gobiernos de la región impulsen la protección estatal y subsidios públicos para los inversores del capital e impulsen disciplina de mercado para la prestación de servicios públicos y efectúen el recorte económico para los programas de asistencia social, los que conciben como “gasto público”. En Uruguay, los partidos de derecha han promovido, principalmente entre los productores rurales, industriales y comerciantes –razón de clase- un eslogan que dice “achiquen el gasto del estado, por favor”, y que se traduce en disminución del producto bruto interno en educación, en salud y en programas de asistencia social.

Las consecuencias sociales, económicas e incluso políticas derivadas de la aplicación de ajustes estructurales impulsados por los organismos financieros internacionales, y que a escala nacional contaron con la anuencia de la mayoría de los gobiernos de la región, se manifestaron según Torres Pérez (2001) en el incremento de los niveles de explotación de los recursos naturales y humanos como consecuencia de los índices de eficiencia productiva impuestos, una depresión considerable de los salarios reales, el aumento del sub- empleo y desempleo, una inadecuada distribución de la riqueza, la extraordinaria movilidad de capitales y una fuerte dependencia de las economías nacionales al capital trasnacional, que direccionó la especialización productiva.

Pero quizás, la mayor de las consecuencias vinculadas al neoliberalismo sea la planteada por Petras (2002) cuando sostiene que la conquista ideológica más relevante es la de que se impuso como un sistema autoritario convalidado por el proceso electoral, para concretar las reformas estructurales y aparentar ser tan solo un programa económico. Así, los gobiernos con base “democrática” legitimados por las urnas, se auto legitiman en el accionar económico, político y social, provocando una deslegitimación de los movimientos sociales y populares que resisten, combaten y dan lucha contra las reformas estructurales que se imponen.

Sobre este escenario económico, social y político es que emergen los denominados nuevos gobiernos en la región latinoamericana a fines de la década de 1990.

 

Caracterización de los denominados “Nuevos Gobiernos” latinoamericanos.

A partir del ascenso “democrático” al gobierno de Venezuela por parte del presidente Hugo Chávez en 1998, el mapa político fundamentalmente de América del Sur ha experimentado cambios que han significado rupturas discursivas con respecto a las dos décadas anteriores, principalmente de rechazo al Consenso de Washington y el conjunto de medidas de instrumentación económica basada en el libre mercado. A estos gobiernos se les ha denominado con el prefijo “nuevos” a los efectos de indicar que tienen como denominador común, programas orientados a recomponer los efectos sociales, económicos e incluso de credibilidad en la política, que fueron provocados por el neoliberalismo. (Moreira et.al, op.cit) y que pueden sintetizarse como:

 

  1. Oposición explícita a que el mercado sea el eje estructurante y articulador de las dimensiones sociales y culturales.
  2. Recuperación del rol del estado en la regulación de ciertas aristas económicas en el mercado interno y en relación a la inversión del capital trasnacional.
  3. Dotar al estado de potestades para la planificación y ejecución de políticas públicas en áreas estratégicas de la sociedad, tales como educación, salud y fijación de salarios.
  4. Posicionamiento internacional más firme y multifacético para negociar el endeudamiento externo con los organismos internacionales de crédito, para captar mercados e inversión extranjera.

 

La idea es que, manteniendo las relaciones sociales de producción, y sin alterar las condiciones estructurales de distribución de la renta, se superen las consecuencias sociales, políticas e institucionales, producto de la aplicación de las transformaciones neoliberales.

Sobre estos pilares, compartidos en su mayoría por algunos de los gobiernos actuales de la región, Moreira et.al (op.cit) han sugerido reconocer diferencias entre ellos, algunos con tendencia populista y rupturista dentro de los que sitúan a Bolivia, Ecuador y Venezuela, y otros con tendencia a la izquierda, pero a una izquierda racional y gradualista dentro de los que destaca a Uruguay, Brasil y Chile; al mismo tiempo reconocen a otros que han adoptado modelos híbridos, tal como el caso de Argentina. Esta tipología la realizan en función de algunos aspectos vinculados al respeto que adoptan estos gobiernos a los límites estructurales impuestos por la economía de mercado o sea a restricciones, a la actitud que asumen hacia la movilización social y hacia la construcción de los sujetos políticos, y sobre la base político partidaria en las que subyacen y los vínculos que establecen con los partidos de la oposición.

En realidad más que restricciones se podría referir a contradicciones tanto en el plano discursivo como en el de instrumentación de políticas, ya que pretenden compatibilizar un programa de reformas sociales y políticas en el marco de las condiciones macro económicas impuestas por los organismos financieros internacionales. O como sostiene Svampa (op.cit) cuando categóricamente afirma que “(…) la relación entre liderazgos políticos, sistema político- partidario y formas de auto- organización social presentan, para cada caso, líneas de continuidad y de ruptura respecto de los moldes de dominación de la década anterior”. Es por ello por ejemplo que el gobierno uruguayo pretende hacer eficiente el sistema educativo público pero sin asignar un presupuesto acorde a tal finalidad, a pesar de los reclamos populares.

 

¿Nuevas Izquierdas: continuidades o rupturas con el neoliberalismo?

El adjetivo calificativo utilizado para identificar a los partidos de izquierda, que asumieron los gobiernos por vía de las urnas a partir de fines de la década de 1990, apela en una primera instancia a un proceso de transformación de los pilares ideológicos y políticos fundacionales.

Esos cambios denotan el pasaje de programas con horizontes de transformaciones estructurales en la posesión de los medios de producción, en las orientaciones productivas y en el reparto de las riquezas, impulsados a través de prácticas de confrontación e incluso de radicalización armada, a programas de reformas sociales y económicas impulsadas desde los gobiernos electos democráticamente, sobre consensos partidarios, tendientes a superar las brechas sociales y culturales heredadas de los gobiernos de la década anterior. Las denominadas nuevas izquierdas latinoamericanas surgieron como producto de la competencia electoral, en la que amplias coaliciones de partidos políticos con la finalidad de introducir reformas que procurasen corregir las consecuencias sociales de la aplicación de ajustes neoliberales en la década de los años 1990. (Vilas, op.cit)

James Petras (op.cit), aludiendo a lo que algunos denominan como la emergencia de las nuevas izquierdas latinoamericanas sostiene que el proceso político por el que pasan los países de la región es producto del ciclo de ascenso, consolidación y declive de los regímenes neoliberales. A su vez sostiene, que para revertir los impactos políticos y sociales del neoliberalismo es necesario primero, considerarlo como un proyecto político más amplio que un simple programa económico que tuvo consecuencias sociales. Afirma que desde ese lugar, se desestima como proyecto ideológico y como propuesta política que, en uno de sus vértices, planteó transformaciones económicas con serios impactos sociales. Y afirma que para superarlo es necesario invertir la lógica de acción y profundizar la lucha de clases, incentivar la renacionalización de la industria y la redistribución de la tierra y de los ingresos. Esta perspectiva ideológica y política transita por una arista radical que la que sostienen muchos de los nuevos gobiernos de izquierda en la región, que naturalizan muchos de los pilares heredados principalmente de la política macroeconómica neoliberal.

Vilas (op.cit) afirma que las nuevas izquierdas latinoamericanas no asumen el socialismo como forma de organización de la sociedad sino que de lo que tratan es alcanzar un capitalismo más equilibrado y más reglamentado y que “(…) en vez de un enfrentamiento en bloque al diseño estructural del capitalismo neoliberal (…) postulan un capitalismo más balanceado, con un Estado que, más que intervenir directamente en los mercados, regula y fiscaliza su desenvolvimiento para ampliar la competitividad, articulando las demandas de rentabilidad y los requisitos de inversión del capital con las aspiraciones de bienestar social de la población…”.

Esta proposición de redefinir a la izquierda como una necesaria contextualización histórica y geográfica de sus pilares fundacionales, a los efectos de comprender políticamente a algunos de los gobiernos latinoamericanos (Chile, Uruguay, Brasil) y al accionar político de los partidos de izquierda instalados en los gobiernos, debe necesariamente comprenderse desde la propuesta de Petras como una conquista ideológica de los actores sociales y de las clases dominantes promotoras del capitalismo tardío y de sus principios. Vale decir concebir la humanización del capitalismo como el escenario político más prudente para una izquierda gradual y progresista.

Asimismo resulta interesante la contradicción permanente que expresan los gobiernos de la llamada nueva izquierda en la región, manifestada a partir de un discurso político desarrollista autónomo con fuerte proyección social y la manifiesta prolijidad en el manejo de la macroeconomía que es avalada públicamente incluso por los medios masivos de comunicación, por los organismos multilaterales de crédito. Esto exige un intento de comprensión, que podría encontrarse en lo que sostiene Vilas (op.cit) cuando afirma que una de las principales transformaciones que se dio durante las décadas de la aplicación neoliberal fue el lugar paradigmático del que se construyó socialmente el conocimiento económico “(…) de la mano de una nueva generación de economistas formados en algunas universidades de Estados Unidos (…) en los que las premisas neoclásicas encontraron nuevo vigor en América Latina”.

Por su parte Svampa (op.cit) afirma que si bien en algunos países de la región –Bolivia, Ecuador, Venezuela- se ha avanzado hacia escenarios pos neoliberales, en la gran mayoría de los países de Latinoamérica los gobiernos no han roto con el patrón neoliberal, sino que, pese a la retórica anti neoliberal, han propiciado mecanismos de profundización económica del modelo y que esto debe comprenderse en el marco del nuevo esquema de poder global, en un escenario internacional liderado por los Estados Unidos y en donde los capitales trasnacionales tienen un anclaje con proyección regional y nacional. La autora señala dos momentos en el proceso de globalización neoliberal. El primero a lo largo de la década de 1990, que se caracterizó por las privatizaciones y los ajustes macroeconómicos y que preparó el camino para este segundo momento, por el que transitan actualmente los gobiernos de la región. Las finalidades políticas de este segundo momento que se comienza a consolidar en la primera década del siglo veintiuno, se centran en tres pilares que son: a) la generalización de un modelo extractivo- exportador, b) la contaminación irreversible y c) la extranjerización de la tierra.

La lógica argumental permitiría suponer, que el actual patrón de acumulación del capital transnacional ha adicionado a la inversión de capital en el sector financiero, el de la explotación de los tres recursos naturales fundamentales en el mundo contemporáneo y que son los recursos hídricos, edáficos y biogenéticos. Es decir, que mas allá de los discursos de desarrollo autónomo sustentable, los gobiernos de la llamada nueva izquierda actuarían como instrumentos para la imposición del modelo extractivo exportador para el cual instrumentarían una normativa flexible y la inversión en mega proyectos de infraestructura territorial.

 

La reconstrucción de una gobernabilidad neoliberal. Breve caracterización del contexto regional

Los países del cono sur latinoamericano, que han sido tradicionalmente exportadores de materias primas y alimentos, con una fuerte especialización productiva de los territorios rurales, no han permanecido ajenos al proceso de imposición de un modelo económico extractivo exportador a gran escala territorial y con fuerte inversión de capitales transnacionales.

La división territorial del trabajo en materia agropecuaria se ha sustentado en base a la disponibilidad y características cualitativas de los llamados recursos naturales – tierras fértiles, accesibilidad hídrica y condiciones climáticas-, la extensión geográfica y la posición estratégica. Los bienes ambientales y las diversas ofertas ecosistémicas de los territorios del sur se han transformado, desde la lógica capitalista, en las variables económicas de mayor rentabilidad. Principalmente la posibilidad de extender la frontera agrícola a expensas de grandes extensiones ecosistémicas nativas. Es por ello que avanza la extensión territorial de soya, arroz y forestación en Uruguay en detrimento de la producción de alimentos.

La imposición de los agronegocios en los territorios rurales de los países de la Cuenca del Plata es realizada bajo el impulso dado por mega corporaciones trasnacionales, cuyas casas matrices se encuentran principalmente en Estados Unidos y países europeos. La misma se acompaña con el discurso de la obligada reconversión productiva como ventana de oportunidad al desarrollo para los países del sur. Así como en las décadas pasadas se imponían como recetas para alcanzar el desarrollo económico las propuestas formuladas por el Consenso de Washington, actualmente se propone captar capital de inversión tanto en la producción de commodities como en agroindustrias. El actual presidente del Uruguay convoca permanentemente a los trabajadores sindicalizados y movilizados para mejorar salarios y condiciones de trabajo a “no espantar a la gallina de los huevos de oro”, o sea a la inversión trasnacional.

La adopción del modelo y sus lógicas inherentes, tales como la permeabilidad política y cultural para adaptarse a la innovación, la apertura a las inversiones del capital, producir para exportar, incrementar los excedentes, especializar la producción de bienes alimentarios, constituyen las bases promisorias para convertir las economías atrasadas de los países del cono sur latinoamericano en “geografías ganadoras”. (Achkar et.al, 2008).

Para el capital trasnacional las “geografías ganadoras” o los “territorios eficientes” son aquellos escenarios que, desde el punto de vista político, económico y cultural, fueron acondicionados durante las dos décadas pasadas, a través de las ideas, discursos e infraestructuras para recibir y hacer eficaz la inversión extranjera directa (reproducción ampliada del capital que se cuela a los territorios rurales).

Para emplazar geográficamente los capitales, los inversionistas consideran las siguientes variables integradas que convierten a un territorio en altamente eficiente y que los gobiernos de la “nueva izquierda” han impulsado en el transcurso de más de una década:

AMBIENTALES: son aquellos territorios en los que hay gran disponibilidad de recursos edáficos, hídricos y de diversidad genética y ecosistémica. Asimismo sus condiciones geográficas garantizan la sostenibilidad productiva a mediano y largo plazo dada la calidad estructural y funcional de los bienes ambientales. También pueden incorporarse dentro de esta variable la posibilidad constante de ampliación de la frontera agrícola dada la gran extensión de suelos y ecosistemas prístinos. También se considera de relevancia la existencia de legislación ambiental permisiva que sea amigable a la inversión extranjera directa. Esta cualidad jurídica se desarrolla bajo la justificación de que se prioriza la generación de empleos directos e indirectos por sobre la incidencia de impactos ambientales negativos o nocivos del conjunto de los procesos productivos. Asimismo que no existan trabas o controles ambientales como producto de la transferencia tecnológica, de máquinas y equipos.

POLÍTICAS: cuando las clases dominantes y/o los responsables de la conducción política de los gobiernos promueven un discurso innovador permeable a la transferencia tecnológica, muy vinculado a la noción de ventanas de oportunidad para el logro del progreso material y el desarrollo de la nación o del pueblo. Se plantea que las oportunidades son escasas dentro del capitalismo tardío y que se deben aprovechar. Se diseñan e instrumentan políticas gubernamentales que favorezcan la inversión extranjera directa y aseguren la estabilidad en las inversiones de capital. También la pretendida –y hasta impuesta- idea de consolidación de las instituciones democráticas, la pacificación interna y la adhesión a la geopolítica trasnacional global impulsada por organismos supra nacionales son muestras inequívocas de eficiencia. Asimismo se promueven exoneraciones tributarias, de la flexibilidad laboral y políticas públicas que aseguren el “orden social interno”.

ECONÓMICAS: la existencia de las clásicas ventajas comparativas que permiten asegurar beneficios logísticos, económicos y fiscales. A modo de ejemplo la existencia y creación de zonas francas, el subsidio a ciertas inversiones declaradas políticamente de interés estratégico al desarrollo y exoneraciones fiscales directas e indirectas.

CULTURALES: capacidad de la población de adaptarse y aceptar los cambios y ser permeables a la imposición de pautas foráneas y de formas de pensar, actuar y gestionar en torno a la producción de “bienes agropecuarios” en las empresas rurales.

 

La coincidencia sistemática entre los discursos oficiales de los representantes de los gobiernos de la región y las grandes empresas transnacionales resulta un elemento destacable a comienzos del siglo XXI. Estos discursos hacen referencia a la importancia estratégica de las empresas transnacionales y de las inversiones directas extranjeras para desarrollar las regiones marginales o lograr los equilibrios territoriales a escala nacional.

Sin embargo estos principios fundamentalistas son refutados en forma sistemática por los resultados concretos, algunos de los cuales son la consolidación de territorios nacionales disociados, degradados y desarticulados. Asimismo, tal como sostiene Svampa (op.cit) son resistidos por los movimientos sociales, a través de movilizaciones que permiten caracterizar dos grandes grupos que cuestionan el actual régimen de dominación, ya sea a través de movilizaciones del sector público, que promueven la revalorización y reconstrucción de lo público y/o movilizaciones que ponen de relieve las fronteras de la exclusión y que van desde las demandas de infraestructuras y trabajo, hasta la oposición al saqueo de los recursos naturales, la extranjerización de la tierra y la contaminación ambiental. La autora termina reflexionando sobre dos tendencias que se entrecruzan y que marcan por un lado, una ruptura con el modelo neoliberal y por el otro, la tendencia a la reconstrucción de una gobernabilidad neoliberal a partir de la militarización de los territorios, la criminalización de las luchas sociales y la imposición del modelo extractivo exportador.

Una rápida mirada a la realidad sudamericana presenta que la distribución territorial de las empresas transnacionales y las inversiones directas extranjeras son selectivas y consolidan la fragmentación territorial. Y además, que la elección de los territorios para la inversión del capital es coincidente con los escenarios políticos descriptos por Svampa. La distribución de los agronegocios en América del Sur es un ejemplo claro de esta realidad, ya que la localización estratégica de las inversiones y la búsqueda de las mejores condiciones productivas alteran profundamente la matriz productiva de los territorios.

Un conjunto de incertidumbres se abren entonces en los países de la región ante el desarrollo de los rubros productivos que no están destinados a satisfacer la demanda alimentaria de la población nacional, sino que por el contrario se destinan mayormente a la exportación, con impactos ambientales que están disminuyendo los grados de libertad de las sociedades latinoamericanas para construir estilos de desarrollo con bases productivas sustentables y con programas de redistribución de la renta con criterios de inclusión y justicia social. Los movimientos sociales y populares se organizan para resistir, a escala local, la imposición de proyectos e infraestructuras que ponen en evidencia el modelo agro- minero extractivo y de la organización y de las luchas regionales, se han obtenido logros significativos.

El desafío exige duplicar el esfuerzo, ya que primero se debe deslegitimar a la llamada nueva izquierda, demostrando sus permanentes contradicciones y como operan facilitando el escenario e instrumentando las nuevas recetas económicas del neoliberalismo y facilitando la instalación y el lucro del capital trasnacional.

 

BIBLIOGRAFÍA CITADA

  • Achkar, Marcel; Domínguez, Ana. & Pesce, Fernando. (2008). Agronegocios Ltda. REDES- AT, Montevideo.

 

  • Chomsky Noam. (2001). Democracia, mercados y derechos humanos. En: Capitalismo, mundialización, socialismo. Editorial Izquierda Hoy. Montevideo.

 

  • De La Torre, Carlos. (2007) ¿Es el populismo la forma constitutiva de la democracia en Latinoamérica? En: AIBAR, Julio, comp, Vox Populi. En torno al populismo y la democracia en América Latina. FLACSO, México.

 

  • Hobsbwam Eric. (1995). Historia del siglo XX. Ediciones Crítica Grijalbo. Barcelona.

 

  • MOREIRA, Carlos; Diego Raus & Gómez Leyton, Juan Carlos. (2008). La nueva política en América Latina. Rupturas y continuidades. Ediciones TRILCE, Montevideo.

 

  • Ramonet Ignacio. (1997). Regímenes globalitarios. En: Le Monde Diplomatique, Enero. Paris.

 

  • Svampa, Maristella, en prensa. Movimientos sociales y nuevo escenario regional: las inflexiones del paradigma neoliberal en América Latina. En: Cuadernos del CISH. Socio histórico, no.19/20.

 

  • Vilas, Carlos. (1998). La izquierda latinoamericana y el surgimiento de regímenes nacional-populares. En: Nueva Sociedad, no. 197.

 

  • Vilas, Carlos. (2008). La revalorización del Estado después del Consenso de Washington. ¿Hacia atrás o hacia adelante?”.

En: Chaparro Alfredo, Galindo Carolina y Sallenave Ana María, ed., Estado, democracia y populismo en América Latina, Buenos Aires, CLACSO.

 

  • Williamson John. (1990). Latin America adjustment: How much has happened? Peterson Institute for International Economies. Washington.

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