Ideología Anarquista – MALATESTA – BAKUNIN

PRÓLOGO

Hay temas que se reiteran en el tiempo. Aparecen y desaparecen de la escena de acuerdo a cómo operan determinados contextos socio-políticos. Por ejemplo, la problemática de la libertad, de aquellas formas de organización social que no la anulan, cómo el desarrollo de éstas asegura determinadas formas organizativas; la problemática del poder; el papel de la ciencia y la voluntad humana en las transformaciones sociales; la incidencia efectiva de los proyectos intencionales que apuntan al cambio de las estructuras fundamentales; el individuo y lo colectivo; el papel de la Organización política y de los acontecimientos populares; las formas de reproducción del sistema; las posibilidades o espacios reales que existen para los cambios; teoría y práctica política.

 

Este conjunto de temas ha sido objeto de debate durante mucho tiempo, es un viejo debate entre las corrientes socialistas: libertarias y autoritarias. Los que eligieron, de una u otra forma, el Estado como medio idóneo para el cambio y los que sostuvieron la necesidad de la creación de una estrategia distinta y de desarrollar nuevas prácticas, valores e instituciones en relación con los cambios propuestos.

A fines y principios del siglo pasado hubo dos teóricos que participaron activamente en este debate, por vía de la práctica social y de la polémica de ideas: Miguel Bakunin y Enrique Malatesta. Son suyos algunos conceptos sobre temas de importancia, que mantienen aún su vigencia, los que hoy encontrarán en este folleto que entrega Editorial “Recortes”.

Tenemos hoy que la vieja polémica del campo socialista se refresca y actualiza, desde fuera otros con aviesas intenciones también intervienen. La caída del llamado socialismo real y el papel que han jugado las socialdemocracias ponen en tela de juicio, cuando no descartan, muchos paradigmas fundamentales sobre los que descansaban esos proyectos.

Abundan las voces que provienen de los partidarios del sistema capitalista diciendo que el socialismo es una idea absurda y del pasado, que la única posibilidad histórica es el sistema existente, en el mejor de los casos mejorándolo.

No son pocos los que definidos como izquierda aceptan lo fundamental de esta tesis: el horizonte de acción está dentro del capitalismo, mejorémoslo lo que sea posible, no hay otra cosa. Las concepciones de ruptura se descartan y se abraza un episteme evolucionista de tipo darwiniano. Algo así como la historia siendo sinónimo de “progreso”, como que ella por arte de magia trae en su seno un ascenso continuado de la mejoría social. Esto transcurre, justamente, en un período en que a nivel del conocimiento se afirman los conceptos de ruptura y discontinuidad.

Se regresa, como si nada, y por momentos a nombre de la modernidad, a teorías cuyo sostén conceptual puede buscarse más bien en las creencias de principios de siglo. Para renovarse regresan al pasado, a lo que la historia ya saldó. Están también, es obligatorio decirlo, los que con honestas y legítimas preocupaciones tratan una puesta al día de teorías y doctrinas para que la acción resulte más fecunda.

Lo cierto es que el debate, la reflexión sobre la experiencia vivida en el campo social, especialmente lo referido al socialismo y su propuesta de nueva civilización superando el ordenamiento capitalista, no empieza de cero, de ninguna manera. Junto a dogmas que tuvieron más de religión que de ciencia, ante “leyes” que la historia propinó un irreverente cachetazo, existen aportes, estudios, experiencias, que arrojan zonas de luz y que tienen rigor suficiente para ser presentados como referentes y producciones válidas. Hay una rica cantera de ideas, experimentaciones, propuestas, dentro de la cultura socialista que mucho nos sigue diciendo en cuanto a ubicar estructuras de dominación, opresión y explotación y acerca de formas de ruptura liberalizadora así como formas de organización en libertad con auténtica participación de la gente.

No es poco el aporte que el socialismo ha volcado acerca del carácter de las estructuras fundamentales del sistema capitalista, su reproducción, los símbolos de fantasía que aseguran su permanencia.

Podemos observar hoy síntomas y evidencias que nos hablan de confusión, de abandono de utopías, de debilitamiento ideológico o de regresiones desesperadas.

A lo sumo, el futuro se transforma realmente después de la caída del llamado socialismo real, la actitud de esa “inteligencia” diseminada en el cuerpo social ha contribuido a crear un imaginario social atado al momento y con menos esperanzas en un futuro radicalmente distinto.

Lo curioso es que todo esto ocurre al tiempo que el sistema capitalista, hoy en su versión conservadora neoliberal, muestra como nunca su fiereza, su bestial inhumanidad, sembrando más pobreza  y miseria general en las grandes multitudes y más riqueza y toda clase de privilegios para unos pocos. Todos esos grandes adelantos científicos que vemos o nos informan a diario han venido de la mano de este cruel y mezquino cuadro.

Pero para los pueblos, pese a tanta claudicación y desarme moral-político, no ha terminado la historia. En diferentes lugares, de distinto modo, la pelea está presente. Muchas son luchas de nuevo signo.                                                  Otras son los eternos reclamos de justicia y anhelos de una vida mejor hoy realizados en este nuevo contexto histórico. Luchas que muchas veces buscan con ansias perspectivas teórico-doctrinarias que permitan su proyección firme y clara, que reduzcan los campos de incertidumbre. El socialismo tendrá que seguir siendo el faro de las luchas del presente.

El socialismo ha sido una significación que guarda relación directa con hechos y acontecimientos de luchas populares por justicia y condiciones de igualdad y libertad. El socialismo es una producción histórica vinculada al mundo de la pobreza y contiene las esperanzas de un mundo justo y libre. Hay quienes plantean que el nombre de socialismo se ha “quemado” que tal vez convenga en esta nueva etapa buscar otro nombre para aspiraciones y proyectos tendientes a un mundo mejor.

No se produce de un día para otro una concepción general, un múltiple y rico universo, como el socialista. Es un complejo producto histórico regado por infinitos combates  y sueños. Con sus errores, y horrores a su nombre, el  socialismo sigue siendo la herramienta de liberación para  los pobres del mundo.

El debate de ideas, la reflexión, el estudio de las nuevas problemáticas, siempre ha jugado un papel decisivo en el terreno de las formulaciones y propuestas elaboradas para la acción social. Demás está decir como mucha acción social precedió a las elaboraciones.

Pero como refiere Foucault sobre la materialidad de la idea, podríamos decir en cierto sentido que de acuerdo a como se piensen algunos temas serán determinadas prácticas social-políticas.

Un reclamo de derecho a la vida y al humano placer puede verse transformado en un “hacé la tuya”, hoy, sacá el provecho que puedas y que cada cual se arregle.

Repudiando hipócritas dobles morales, reivindicando una vida natural, más acorde con el sentir, más libre, se pueden ver confusiones que llevan al rechazo de valores humanos y sociales de auténtica legitimidad. El reclamo para su persona y su cuerpo puede derivar en feroz individualismo que resulta de idéntica calidad al monstruoso individualismo burgués.

El rechazo a formas organizativas jerárquicas y de  disciplina verticalista puede llegar a expresarse en rechazo a la organización en sí, a la responsabilidad y la autodisciplina. Hay mucho de buen contenido en estas nuevas manifestaciones culturales que han y están emergiendo, pero hoy por hoy gran parte de  sus manifestaciones se presentan mezcladas y distorsionadas.

Si se articulan ideas autoritarias en relación a la propuesta socialista las formas de organización social que se proponen para el presente y la reconstrucción futura casi que “están cantadas”. Si se piensa que el espacio de fantasía que ofrece el sistema, parlamento, elecciones, etc., es  real, las prácticas que se realizarán también “están cantadas”. Si la “firmeza” de las posturas descansan en el dogmatismo, suficiencia e intolerancia ¿entonces? se descuentan los comportamientos que originará. Porque le damos a esto la importancia que corresponde, es que hoy volcamos los aportes de estos dos grandes teóricos. Lejos de nosotros la idea que todo se soluciona con un regreso, más o menos religioso, a “las fuentes”. Estos teóricos, como tantos otros, dicen cosas valiosas, sugerentes, dan marcos referenciales, restituyen vigor, pero al mismo tiempo pertenecen al episteme de su época. Recogiendo aportes, líneas de trabajo, intenciones, los problemas de nuestro tiempo, mal o bien, tendremos que resolverlos nosotros.

Pero, eso sí, por momentos podemos observar hasta con asombro, como temas que hoy son preocupación central ya estuvieron planteados con gran lucidez mucho tiempo atrás.

Temas tales como: ¿es posible llegar a un socialismo participativo a través de concepciones y estrategias autoritarias y formas jerárquicas de organización; el partido, la acción política no tiene un campo específico para su labor; no resulta negativo reducir el movimiento popular a la voz de mando del partido; el vanguardismo, de partidos y de grupos, no articula desde el vamos una acción social debilitante y deformadora; tiene pertinencia hacer proyectos o estrategias sin tener adecuadamente en cuenta tiempos y factores intervinientes; lo colectivo no debe respetar en todo momento los cuerpos humanos que lo componen; procesar cambios profundos en relación a lo existente no implica simultáneamente creación de métodos y formas en correspondencia con el propósito; no hay que articular la forma de acción política de manera tal que respete la especificidad y autonomía de la acción social popular; durante el proceso de cambio y después de él, no hay necesariamente una labor de creación de nuevas formas para no caer en la reproducción de lo anterior sin saberlo o creyendo que se está haciendo algo distinto?.

También que muchos de los que ayer hablaban de certidumbres, de ciencia acabada, hoy no quieren rescatar nada y nos remiten a vacíos.

Tenemos así una realidad, no un fantasma, que recorre el mundo de la acción  social-política: movimientos políticos que hablan de cambio reproduciendo fundamentalmente lo viejo; gobiernos llamados socialistas organizando paralelos militares como el caso de España; izquierdas renovadoras que redescubren el reformismo más inoperante; tesis, «teorías», doctrinas, hoy con nuevo ropaje, que nos remiten a las prácticas de siempre, a nadar en las descompuestas aguas existentes.

El  «no  se puede» en teoría y práctica social está al orden del día. Más  que nunca se habla del arte de lo posible, formulación que contiene especialmente una semántica despreciativa hacia proyectos, formulaciones o búsquedas encaminados a procesar cambios de verdad.

En este sentido son claras estas palabras de Malatesta: “La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales; la revolución es la destrucción de los privilegios y de los monopolios; es un nuevo espíritu de justicia, de fraternidad, de libertad, que debe renovar toda la vida social, elevar el nivel de moral y las condiciones materiales de las masas”. Corren  tiempos en que elementos de una nueva cultura se expresan en diferentes campos, especialmente en las nuevas generaciones. Hay en estos segmentos culturales diferenciados un rechazo creciente a formas autoritarias, a represiones al cuerpo, a la doble moral, a los hipócritas comportamientos formales, a reclamar espacios de participación efectiva.

Estos cambios culturales han ido llegando en un  marco que los condiciona, confunde y distorsiona. Muchas de las actitudes positivas se encuentran gran parte de las veces mezcladas con elementos de signo negativo. Resistencias a esa anulación de la persona en aras de “abstractos” y manipuladores colectivos se transforman a veces en comportamientos de descompromiso social  y de rechazo a auténticas formas de trabajo colectivo.

Hay circunstancias en que algunas reflexiones de Malatesta parecen hechas para el presente: “el error fundamental de los anarquistas adversarios de la organización consiste en creer que no puede haber organización sin autoridad… la organización, es decir, la asociación con un  fin determinado y con las formas y medios necesarios para ese fin, resulta algo imprescindible para la vida social… El hombre no vive en sociedad porque así lo decidió sino porque así lo exige su naturaleza física, psíquica y espiritual.

La sociedad es, pues, en ese sentido anterior al individuo… He aquí por qué sociedad y, por tanto, organización no es simplemente sinónimo de autoridad”. El socialismo libertario que expresan estos dos teóricos y fuertes militantes revolucionarios sigue teniendo mucho que decir en este debate de ideas socialistas.

Muchas de sus ideas centrales, algunas veces sin adecuada sistematización, están en el  escenario. Junto a esas ideas las prácticas sociales y políticas que de ellas se derivan.

Buena parte de las veces algunos de estos conceptos fundamentales son enunciados formalmente de manera distinta, otras aparecen como nuevas interrogantes planteadas desde filas de otras corrientes socialistas sin mención a  su existencia anterior. De todas maneras están ahí y los libertarios tienen sobradas razones para su participación activa.

Ese acento puesto por el anarquismo en la capacidad realizadora de los pueblos y la voluntad humana es hoy más necesario que nunca. No es la ciencia ni la “historia” en sí las que traerán los cambios que la humanidad y los pobres del mundo, hoy tal vez más pobres que nunca, necesitan.

La acción humana, la acción de los pueblos, con sus aspiraciones de justicia, sus anhelos de vida digna y libre, siguen siendo, como en todos los tiempos, los portadores de la esperanza de transformación.

Poniendo a buen servicio la técnica, la ciencia, las teorías más actualizadas y fecundas, las organizaciones de combate, políticas y sociales con  sus aspiraciones éticas y firme voluntad tendrán  que hacer el nuevo surco de este tiempo.

La época es difícil para los intereses de los  de abajo, para procesar los cambios que se precisan, sería de necio negarlo. Pero que no canten loas prematuras los enemigos y los claudicantes. No habrá fin de la resistencia y la esperanza.

Siempre que llovió, paró.

 

 

 

 

Malatesta.

 

Biografía.

 

La vida de Malatesta se entronca con los orígenes del anarquismo italiano. En 1872 se celebra el Congreso Internacional Socialista Antiautoritario, allí Malatesta (que abrazó las ideas en 1871, año de la Comuna de París) conoce a Bakunin. Las relaciones entre ambos fueron estrechas siendo en algunos casos su secretario. Participa en la Alianza (sociedad secreta internacional fundada por Bakunin).

Luego empieza a participar activamente en movimientos insurreccionales siendo preso en varias oportunidades. En 1889 funda “La Associazione” con intención de fundar un partido internacional anarquista socialista y revolucionario. En ocasión de celebrarse elecciones en Italia en 1890 publica un manifiesto recomendando la abstención.

En 1897 funda un nuevo periódico “L’ Agitazione” criticando distintos aspectos de la sociedad italiana (economía, leyes sociales, tendencias reformistas del movimiento obrero). Sufre embates de la censura y de la policía, es exiliado en Londres donde sigue manteniendo contacto con Italia y participa como delegado en un Congreso Internacional Anarquista.

Malatesta funda en 1913 “Volontá” con carácter revolucionario y de laboratorio de ideas. Aparecieron artículos sobre socialismo, parlamentarismo, sindicalismo, insurrección y organización anarquista. Por la época estalló una sublevación popular salvajemente reprimida en Ancona, Italia, en la que Malatesta participó activamente.

Durante la guerra, exiliado, mantiene una clara posición antimilitarista. En 1919 funda la “Unión Anarquista Italiana” y un nuevo diario “Humanidad nueva”. Sufre persecuciones y es encarcelado nuevamente en 1921. Al salir en libertad vuelve al frente del periódico.  En este período, en Italia, el fascismo se va abriendo camino intentando hacer un cerco en torno a Malatesta. A pesar de estar severamente custodiado, prácticamente preso en su domicilio, mantiene su labor de resistencia y entre 1921-1926 publica una revista “Pensamiento y voluntad” y manda una serie de trabajos al extranjero. Se mantiene pendiente de los sucesos de España y escribe a su amigo Fabri en 1931: “Tengo fiebre por las cosas de España, me parece que la situación presenta grandes posibilidades, quisiera ir allá, me enfurece estar encadenado”.

Malatesta muere en 1932. Conjugó pensamiento y acción, siendo uno de los pensadores que más insistió en la mención de una organización política anarquista e internacionalista.

Realizó paralelamente una profunda labor agitativa y periodística siendo un discípulo directo de Bakunin.

 

 

La Organización Anarquista.

“Una aversión inconsciente, por lo demás, se le encuentra incluso en medio de no pocos que se profesan partidarios de la organización, pero la aceptan sólo como una necesidad de la lucha con el preconcepto de hacer con ello una forzada transacción con el principio anarquista, y son llevados o a darle poca importancia o a descuidarla, o bien a aceptarla tal como es la sociedad actual, con sus defectos autoritarios de casi siempre.

Hay anarquistas que, aun admitiendo que los hombres deben organizarse para la defensa de sus ideas y de sus intereses, ven siempre en la organización una autoridad o un peligro de autoridad y por eso la aceptan de mala gana… y esperan que vendrá un día en que, pudiendo y queriendo cada cual obrar por sí mismo, no haya necesidad de organización. Nosotros creemos, en cambio, que la organización no es una necesidad transitoria, una cuestión de táctica o de oportunidad, sino que, en cambio, es una necesidad inherente a la sociedad humana, y debe ser considerada por nosotros como una cuestión de principio. Y creemos que, lejos de haber contradicción entre la idea anarquista y la idea de organización, la anarquía no puede concebirse sino como la organización libre, hecha  por los interesados mismos, de todos los intereses comunes.

La necesidad de la organización en la vida social, y casi diría la sinonimia entre organización y sociedad, es tan evidente que uno se resiste a creer cómo se le ha podido negar. Sin embargo, el fenómeno tiene su explicación en la función específica y característica del movimiento anarquista de oposición  radical a la organización social actual, y en el hecho que los hombres y los partidos están sujetos a dejarse absorber por la cuestión que más directamente les afecta, olvidando todas las cuestiones conexas; a mirar más a la forma que a la sustancia; en fin, a ver las cosas por un solo lado y a perder así la noción de la realidad.

El movimiento anarquista comenzó como reacción contra el espíritu de autoridad, dominante en la sociedad civilizada, y además en todos los partidos y en todas las organizaciones obreras, y se ha ido engrosando simultáneamente con todas las revueltas promovidas contra todas las tendencias autoritarias y centralizadoras. Era natural, por consiguiente, que muchos anarquistas estuviesen como hipnotizados por esta lucha contra la autoridad y que, creyendo, por la influencia de la educación autoritaria recibida, que la autoridad es el alma de la organización social, para combatir aquéella, combatiesen y negasen ésta. Y la hipnotización llegó al punto de hacer sostener cosas verdaderamente increíbles.

Se combatió toda especie de cooperación y de entente, considerando que la asociación era la antítesis de la anarquía; se sostuvo que, sin acuerdos, sin obligaciones recíprocas, haciendo cada cual lo que le pasara por la cabeza sin informarse siquiera de lo que hace el otro, todo habría armonizado espontáneamente; que anarquía significa que cada hombre debe bastarse a sí mismo y hacer por sí todo lo que es preciso sin intercambio y sin trabajo asociado…

Ahora bien, que la organización, es decir, la asociación por un objetivo determinado y con las formas y los medios necesarios para conseguir aquel fin, es algo necesario a la vida social, nos parece evidente. El hombre aislado no puede vivir, ni siquiera la vida de la bestia: es impotente… Habiendo por eso de unirse con los otros hombres, hallándose también unido a consecuencia de la evolución anterior de la especie, debe, o bien sufrir la voluntad de los otros, (ser esclavo) o imponer la voluntad propia a los demás (ser una autoridad), o vivir con los otros en acuerdo fraterno en vista del mayor bien de todos (ser un asociado).

Nadie puede eximirse de esta necesidad; y los más excesivos antiorganizadores no sólo sufren la organización general de la sociedad en que viven, sino también en los actos voluntarios de su vida, incluso en las revueltas contra la organización, se unen, se dividen la tarea, se organizan con aquellos con quienes van de acuerdo y utilizan los medios que la sociedad pone a su disposición…

Anarquía significa sociedad organizada sin autoridad, entendiéndose por autoridad la facultad de imponer la propia voluntad y no ya el hecho inevitable y benéfico que quien mejor entiende y sabe hacer una cosa consigue hacer aceptar más fácilmente su opinión, y sirve de guía, en aquella cosa dada, a los menos capaces que él. Según nosotros, la autoridad no sólo no es necesaria a la organización social, sino que,  lejos de beneficiarle, vive sobre ella como parásita, obstruye su evolución y dirige sus ventajas en provecho especial de una dada clase que explota y oprime a las otras… Creemos así y por eso somos anarquistas, pues si creyésemos que no puede haber organización sin autoridad, seríamos autoritarios, porque preferiríamos aún la autoridad que obstruye y ensombrece la vida, a la desorganización que la hace imposible”.

Todo esto por lo que se refiere a la organización en general en la sociedad y a la idea de una futura organización social anarquista. Pero estos conceptos se aplican también al caso específico de la organización anarquista, “política” o de “partido”, (como ha sido llamada a veces también por Malatesta) en la lucha y en la propaganda en el seno de la sociedad actual y contra ella. Pero es preciso advertir que Malatesta daba a estas palabras, “política” y “partido”, un sentido que no ha de confundirse con el que les dan los politicones y los autoritarios.

“Política”, según él, es toda actividad que tiene por objeto particularmente los organismos políticos, y sobre todo el Estado, sea para negarlos o combatirlos, la lucha contra el Gobierno, la defensa de la libertad, etc. Por ejemplo, se llaman hechos políticos también la insurrección, los atentados contra los jefes de Gobierno, y así sucesivamente; y la palabra es adoptada, más que otra cosa, para distinguir ciertos hechos de otros de carácter económico, religioso o científico, etc. “Partido” es, simplemente, el conjunto de todos aquellos que combaten por un objetivo político-social dado, con los mismos criterios y acuerdos, independientemente de las  formas específicas de organización, y también de su existencia o no.

Pero en sustancia, sus ideas sobre el argumento no variaron.

“Admitid posible la existencia de una colectividad organizada sin autoridad, es decir, sin coacción, -y para los anarquistas es necesario admitirla, porque de otro modo la anarquía no tendría sentido-, también la organización anarquista nos parece “útil y necesaria”. Si partido significa el conjunto de individuos que tienen un objetivo común y se esfuerzan por alcanzar ese objetivo, es natural que se entiendan, que unan sus fuerzas, se dividan el trabajo y tomen todas las medidas estimadas aptas para alcanzar aquel objetivo. Permanecer aislados, obrando o queriendo obrar cada cual por su cuenta sin entenderse con otros, sin prepararse, sin unir en un haz poderoso las débiles fuerzas de los individuos, significa condenarse a la impotencia, malgastar la propia energía en pequeños actos sin eficacia y perder bien pronto la fe en la meta y caer en la completa inacción.

Algunos anarquistas suelen decir que no son un partido y que no tienen programa. Tal lenguaje sería comprensible si se tratase de estudiosos que buscan la verdad sin preocuparse de las aplicaciones prácticas…; ellos (los estudiosos) quieren conocer, no quieren hacer algo determinado. Pero anarquía y socialismo no son ciencias: son propósitos, proyectos que anarquistas y socialistas quieren poner en práctica y que por eso tienen necesidad de ser formulados en programas determinados… Nosotros entendemos por partido anarquista el conjunto de aquellos que quieren concurrir a realizar la anarquía, y que por eso tienen necesidad de fijarse un objetivo a alcanzar y un camino a recorrer… Por consiguiente, los anarquistas  son un partido y tienen un programa, aún aquellos a quienes estas palabras desagraden.

Cuando una colectividad tiene una necesidad y sus miembros no saben  organizarse espontáneamente por sí mismos para satisfacerla, surge alguno, una autoridad, que da satisfacción a aquella necesidad sirviéndose de las fuerzas de todos y dirigiéndolas a su voluntad… Ved lo que ha ocurrido entre nosotros: cuanto menos organizados hemos estado mas nos hemos encontrado a merced de algún individuo… La organización, lejos de creerle a la autoridad, es el único remedio contra ella y el único medio para que cada uno de nosotros se habitue a tomar parte activa y consciente en el trabajo colectivo, y cese de ser instrumento pasivo en manos de los jefes… Una organización, se dice, supone la obligación de coordinar la propia acción con la de los otros; por tanto, viola la libertad, traba la iniciativa. A nosotros nos parece que lo que verdaderamente quita la libertad y hace imposible la iniciativa, es el aislamiento, porque hace impotentes. La libertad no es el derecho abstracto, sino la posibilidad de hacer algo: esto es verdad entre nosotros como en la sociedad en general.

Es en la cooperación de los otros hombres donde el hombre encuentra los medios para desarrollar su actividad, su potencia de iniciativa.

En cuanto a las formas de organización anarquista, no puede menos que tomar las que las circunstancias aconsejan e imponen.

Pueden ser “diversos los criterios  con que se formarán los grupos de propaganda y los de acción; habrá grupos aislados, a los cuales la naturaleza de los hechos que llevan a cabo no permite comunicar sus secretos sino a personas segurísimas y que pueden realmente concurrir al éxito de aquellos hechos; como habrá federaciones de grupos que tendrán existencia pública y sacarán fuerza y eficacia de su publicidad.

Habrá grupos permanentes y grupos transitorios, que se disuelven apenas cumplido el acto por el cual se formaron “agrupaciones modificables según la modificación de las ideas y de los intereses: agrupaciones minúsculas cuando se trata de intereses transitorios; pero tanto más vastas y duraderas cuanto más los  objetivos a conseguir son comunes a gran número de personas y requieren el concurso de muchos y son de carácter permanente…”.

Malatesta daba mucha importancia a la organización “vasta y duradera”, con criterios orgánicos y formas determinadas, para la propaganda y la agitación pública. La concebía según la vieja fórmula del individuo libre en el grupo, del grupo libre en la federación, de la federación libre en la Internacional, como se decía desde el tiempo de Bakunin.

El individuo no es obligado  a  ejecutar los acuerdos que no aprobaba, ni la minoría es obligada a someterse a la mayoría, a menos que no crea deber uniformarse a ella por razones superiores por ella misma reconocidas.

Los congresos, utilísimos siempre, especialmente si son hechos a menudo en lugares diversos, no hacen la ley: son los grupos los que deben juzgar si han de ejecutar o no las decisiones.

Pero en todo caso, siempre adhesión voluntaria, y no obligada. Y en nombre de esta concepción libertaria de la organización, más de una vez se ha opuesto Malatesta no sólo a los adversarios de la organización, sino también a aquellos partidarios de ella que por exceso de celo, e incluso sin darse cuenta de ello, han propuesto en alguna ocasión métodos e ideas de organización en donde descubría defectos, errores o gérmenes de autoritarismo.

Lo importante, para que una organización anarquista sea lo más anarquista posible, es que todos sus componentes participen en su actividad directamente, y que la organización sea activa y responda a una necesidad real.

“La experiencia nos enseña que las organizaciones que se hacen por iniciativa de pocos y sin que la necesidad sentida por muchos la imponga, con la esperanza que luego se acrecentarán y encontrarán la labor a realizar, o permanecen estériles o mueren, o bien confunden el medio con el fin, se convierten en fin de sí mismas y consumen sus fuerzas en inútiles formalidades y llegan a ser un obstáculo en lugar de una ayuda al movimiento”.

“Deseamos que los grupos anarquistas se multipliquen y se ensanchen. Hágase una federación, háganse dos, háganse cien: lo importante es que cada uno halle el ambiente que le conviene, que cada uno pueda trabajar según sus ideas y su temperamento, y halle  en la asociación no un límite a su libertad, sino el modo de hacer más eficaz su actuación, más verdadera su libertad… Libertad del individuo en el grupo y del grupo en la federación…, sí; pero como las palabras son elásticas, y las fórmulas verbales son siempre más o menos equívocas, es bueno explicarse.  Si alguien se pone en contradicción con las ideas profesadas, si reclama el derecho de faltar a los compromisos contraídos, si, por ejemplo, se dice abstencionista y se vende a un candidato; si hace de espía, etc., etc., entonces la sola libertad que podemos reconocerle es la de… marcharse. En un cierto sentido debemos ser más disciplinados que los otros, porque nuestra disciplina no es obediencia a las minorías, sino respeto voluntario a las convicciones afirmadas, y coherencia lógica y moral con nosotros mismos, cuanto más compañeros hay desorganizados y aislados, más prepondera la influencia del orador y del periodista, y no hallando resistencia y control eficaz en la colectividad puede degenerar en autoridad efectiva y nefasta. Después de todo la base de todo es siempre la conciencia del individuo, de cada individuo; y esta conciencia tanto más se desarrolla y se eleva cuanto más son los contactos, las discusiones, las cosas hechas en común”.

 

 

La Organización Política Anarquista.

 

1) Su programa y aspectos tácticos para el trabajo en el medio rural.

La Organización, que no es más que la práctica de la cooperación y de la solidaridad, es condición natural, necesaria para la vida social: es un hecho ineludible que se impone a todos, tanto en la sociedad humana en general, como en cualquier grupo de personas que desean alcanzar un fin común.

Al querer y no poder el hombre  vivir aislado, diría incluso que al no poder convertirse realmente en un hombre y satisfacer sus necesidades materiales y morales fuera de la sociedad y sin la cooperación de sus semejantes, ocurre fatalmente que aquellos que no disponen de los medios, o la conciencia lo bastante desarrollada para organizarse libremente con los que comparten intereses y sentimientos, se someten a la organización creada por otros individuos, generalmente constituidos en clase o grupo dirigente, con el fin de explotar en su beneficio el trabajo de los demás. Y la milenaria opresión de las masas por parte de un reducido grupo de privilegiados ha sido siempre consecuencia de la incapacidad de la mayor parte de individuos para ponerse de acuerdo, para organizarse, para producir con los demás trabajadores  para el disfrute y para la eventual defensa contra el que quisiera explotarlos y oprimirlos.

Hay entre los que reivindican para sí, con distintos adjetivos y sin adjetivos, la designación de anarquistas a dos grupos. Los partidarios y los adversarios de la organización.

Y, ante todo distingamos ya que el planteamiento conlleva un triple aspecto la organización en general como principio y condición de vida social, hoy y en la sociedad futura; la organización del partido anarquista, la organización de las fuerzas populares y en especial, la de las masas obreras para la resistencia al gobierno y al capitalismo.

 

2) La práctica política como fuerza consciente de cambio.

La anarquía es para Malatesta el objetivo práctico que los anarquistas se proponen alcanzar con las propias fuerzas, con la ayuda de cuantos están de acuerdo en todo o en parte con ellos ejercida sobre las masas y el anarquismo es el complejo de los métodos y movimientos de pensamiento y de acción determinados por tal voluntad de realización.

La anarquía es realizable sólo en tanto y en la medida que los hombres quieren realizarla y la revolución será realizadora de un progreso en sentido anarquista  solo en tanto y en la medida que el anarquismo, es decir una consciente voluntad anarquista, obra en ella como fuerza de propulsión y esfuerzo de realización.

“La existencia de una voluntad capaz de producir efectos nuevos, independientes de las leyes mecánicas de la naturaleza es una presuposición necesaria para quien sostiene la necesidad de reformar la sociedad”. Para producir efectos anarquistas es necesario por lo tanto una voluntad anarquista, esa voluntad tiende a la propaganda, que con la difusión de sus ideas y el ejemplo de los hechos lo determina convicciones y sentimientos anárquicos en un radio  cada vez más  vasto. Para que un consorcio humano cualquiera, pequeño o grande, pueda vivir anárquicamente, es necesaria la intervención de la voluntad organizadora  de sus componentes que establezca precisamente  sobre  bases de libertad, todas aquellas relaciones sociales que hoy son organizadas a fuerza de autoridad. Para tal fin no es suficiente la sola destrucción de los organismos autoritarios, es preciso crear organismos nuevos, sin los cuales toda la vida social sería imposible, pero crearlos según las propias interpretaciones de libertad.

Es grave error el creer que esa creación pueda seguir a la destrucción de los organismos malos sólo como consecuencia de tal destrucción y como fruto automático y espontáneo de una  pretendida ley de armonía  de la naturaleza. Tanto para la creación, como para la destrucción  es indispensable la intervención  de la voluntad humana.

“Aún destruido el Estado y la propiedad individual, la armonía  no nace espontáneamente como si la naturaleza se ocupase del bien y del mal de los hombres, sino que es preciso que los hombres mismos la creen”.

“La armonía entre los hombres no es la obra espontánea  de la naturaleza, se debe conseguir y mantener por la obra consciente y querida de los hombres, es decir, que es un hecho contingente  que puede ser o no ser, según que los hombres regulen de un modo u otro sus relaciones, no es un hecho necesario -una ley- independiente de la voluntad humana.

Nosotros decimos que es preciso hacer la revolución, que queremos hacer la revolución. Malatesta observaba que aplicando según la lógica, el principio determinista a las relaciones humanas, se llega “a negar la voluntad y hacer aparecer risible todo esfuerzo por un objetivo cualquiera”, lo cual “repugna a nuestros sentimientos”. Intelecto y sentimientos son partes constituyentes de nuestro yo.

“No se es anarquista, no se es socialista, no se es hombre que se dispone a un fin cualquiera, sino con esa presunción, consciente o no, confesada o no, de la eficacia de la voluntad humana. Ciertamente, esa voluntad no es omnipotente, puesto que está condicionada por las leyes naturales; pero se vuelve tanto más poderosa cuanto más se penetra en el descubrimiento de dichas leyes, cuyo conocimiento, mientras parece restringir su poder, le da la posibilidad de realizar sus deseos, le da el poder real. Y como no hay un hombre solo en el mundo… la voluntad de cada uno es más o menos eficaz según que las voluntades de los otros secunden o contrasten su voluntad…”. Por tanto, “…es misión de las ciencias sociales -y solamente cumpliendo esa misión son verdaderas ciencias- la de descubrir, determinar cuales son los hechos necesarios, las leyes fatales que resultan de la convivencia de los hombres en las diversas circunstancias en que pueden hallarse e impedir así los esfuerzos vanos y hacer que las voluntades de los diversos seres humanos, en lugar de paralizarse mutuamente concurran todas a un objetivo común, útil a todos”.

La ciencia es útil e indispensable, en el terreno de la lucha social   -según Malatesta- , “para establecer los límites donde acaba la necesidad y comienza la libertad”; pero “para que los hombres tengan fe o al menos la esperanza de poder hacer obra útil, es preciso admitir una fuerza creadora, independiente del mundo físico y de las leyes mecánicas y esta fuerza  es la que llamamos voluntad”. Los materialistas, deterministas y mecanicistas niegan todo eso “piensan que todo es sometido a la misma ley mecánica, que todo está predeterminado por los antecedentes físico-mecánicos”.

Pero entonces, a pesar de todos los esfuerzos pseudo-lógicos de los deterministas para conciliar el sistema con la vida y con el sentimiento moral, no queda puesto, ni pequeño ni grande, ni condicionado ni incondicionado, para la voluntad y para la libertad.

En tal concepción -se preguntaba Malatesta-, ¿qué significado pueden tener las palabras voluntad, libertad, responsabilidad?, si no se puede modificar el curso predestinado de los acontecimientos humanos.

El anarquismo carecería de su función principal de propulsor del movimiento social y de la revolución y se privaría a la lucha anarquista de la principal razón de ser, de su sentimiento de revuelta contra los opresores.

A consecuencia de esta valoración, Malatesta se oponía a toda concepción fatalista, optimista o pesimista, del devenir social. Rechazaba el fatalismo marxista según el cual la revolución sería consecuencia inevitable de la “miseria creciente” y de la “concentración capitalista”, o según la cual la revolución no se prepara, sino que acontece o “llega”.

No hay ley natural que obligue la evolución en un sentido progresivo en lugar del regresivo: en la naturaleza hay progresos y regresos. En cuanto a las grandes masas, tienden en general a adaptarse al ambiente y al hecho cumplido; dejadas por tanto a su tendencia espontánea, son más bien una fuerza estática, que puede llegar a ser revolucionaria sólo en circunstancias excepcionales y según el ímpetu que reciban de la voluntad consciente de minorías activas.

“Yo creo que nuestra revolución no se puede hacer sin las masas, pero es preciso comenzar por tomar las masas tal cual son”. Se ha visto a las masas aplaudir frenéticamente a los revolucionarios y dispuestas a lanzarse a la contienda con éstos, y luego, seis meses más tarde cambiadas las circunstancias, dejarse arrastrar por una oleada reaccionaria tras los peores enemigos de la libertad o bien sufrir pasivamente las peores prepotencias contrarrevolucionarias.

“Las muchedumbres  son móviles”, pero si en cierto momento nos abandonan “las volveremos a encontrar cuando las circunstancias nos sean precisas”. Lo importante es que haya una voluntad revolucionaria en las minorías más capaces de reaccionar y revelarse con el propio esfuerzo contra el ambiente. “Lo importante es formar núcleos, lo más numerosos que se pueda, de acuerdo, pero de gente consciente, segura y abnegada, que en su hora sepan mover a las muchedumbres”. El éxito revolucionario de estas minorías depende, además de la fuerza numérica que hayan sabido concitar, también y tal vez más de la conciencia y fuerza de voluntad de que están animadas: elementos indispensables a las minorías para levantar a su alrededor a las mayorías populares.

Todo esto no significa que también las masas, tal como son, no sean susceptibles de una cierta preparación  y que esta deba abandonarse. ¡Al contrario! Sin ella, las minorías no tendrán nunca una influencia suficiente para mover a las grandes masas en las mejores ocasiones.

Es preciso, por tanto, en tiempos normales atender “al trabajo largo y paciente de preparación y organización popular” y no caer en la “ilusión de la revolución a breve plazo, factible sólo por iniciativa de pocos, sin suficiente preparación en las masas”. A esa preparación, en tanto que es posible conseguirla en un ambiente adverso, tienden entre otras la propaganda, la agitación y la organización entre las masas, que no deben ser descuidadas nunca.

 

3) Programa orientador.  Acción directa a todos los niveles.

El programa anarquista, sea en las finalidades como en la táctica general de la lucha, es para Malatesta, el programa comunista-anarquista-revolucionario, que desde hace cincuenta años fue sostenido en Italia en el seno de la Primera Internacional.

Los anarquistas combaten y trabajan para preparar una posible realización de la sociedad anarquista, y tienen por tanto, un programa propio de organización social futura, concebida también ella de una manera realista, no en vista de un hipotético hombre perfecto que ha de venir sino en base a posibilidades ya existentes y con los hombres tales y como son ahora, con todos sus defectos y deficiencias naturales, pero la realización anarquista se inicia desde ahora en el trabajo y en la batalla actuales.

Debemos tratar de que el pueblo, en su totalidad o en sus varias fracciones, pretenda, imponga, tome por sí todas las mejoras, todas las libertades que desea, a medida que llegue a desearlas y tenga fuerzas para imponerlas. Propagando siempre enteramente nuestro programa y luchando siempre por su realización integral, debemos impulsar al pueblo a pretender e imponer cada vez más, hasta que haya alcanzado la emancipación completa. De aquí la necesidad de lucha económica y de la lucha política. La primera debe tender, a través de la acción directa obrera, a la expropiación de los medios de producción y de todas las riquezas sociales para ponerlas a disposición de todos. La conquista de mejoras inmediatas no debe ser descuidada, pero sin perder de vista que no puede alcanzar, en el cuadro de la sociedad actual, más que hasta un cierto límite con sentido por el beneficio de los amos, más allá del cual la fuerza obrera choca con la de los patronos y por tanto con el gobierno que es su órgano político y armado de defensa. Entonces la lucha económica se vuelve política, es decir lucha contra el gobierno, acción libertaria de rebelión, porque él mismo es un órgano de un privilegio y creador de privilegios.

La lucha política, por tanto, según los anarquistas, mientras es el medio inmediato de defensa y de conquista en el ambiente actual de todas las libertades parciales posibles contra todo gobierno que tiende por su naturaleza a limitarlas y a suprimirlas, debe ser dirigida a abolir completamente toda especie de gobierno procurando desde hoy disminuir su poder lo más posible, mediante la lucha directa y la agitación en la calle, quedando fuera y contra él, fuera y contra todas sus funciones autoritarias y legislativas, sean generales o locales.

Concebida así la lucha contra el gobierno, se resuelve en último análisis en lucha física, material, armada. La insurrección armada, proletaria y popular, se vuelve, por tanto, tarde o temprano, una necesidad imprescindible para la que hay que prepararse moral y materialmente. Y el éxito de ella dependerá también de la propaganda y de la energía que los anarquistas sabrán desarrollar.

Nos queda por hablar de la organización de las masas obreras para la resistencia al gobierno y a los patronos… Los trabajadores no podrán jamás emanciparse mientras no encuentren en la unión la fuerza moral, la fuerza económica y la fuerza física necesarias para desmantelar la fuerza organizada de los opresores.

Hubo anarquistas, y los hay aún por cierto, que aun reconociendo… la necesidad de organizarse hoy para la propaganda y la acción, se mostraron hostiles a todas las organizaciones que no tenía por objetivo directo el anarquismo y no seguían los métodos anarquistas… Les parecía a aquellos compañeros que todas las fuerzas organizadas para un objetivo por muy radicalmente revolucionario que fuera, eran fuerzas sustraídas a la revolución. A nosotros, en cambio, nos parece, y la experiencia nos ha dado de sobra la razón que aquel método suyo condenaría al movimiento anarquista a una perpetua esterilidad.

Para hacer propaganda hay que estar en medio de la gente, y es en las asociaciones obreras donde el obrero encuentra a sus compañeros y en particular aquellos que están más dispuestos a comprender y aceptar nuestras ideas. Pero, aun cuando se pudiera hacer toda la propaganda que se quisiese fuera de las asociaciones, ésta no podría sensibilizar la masa obrera. Con excepción de un número reducido de individuos, más instruidos y capaces de una reflexión abstracta y de entusiasmos teóricos, el obrero no puede llegar de golpe al anarquismo. Para convertirse en un anarquista de verdad, y no sólo de nombre, tiene que empezar a sentir la solidaridad que lo une a sus compañeros, aprender a cooperar con los demás en defensa de intereses comunes y a luchar contra los patronos, comprender que patronos y gobiernos son parásitos inútiles y que los trabajadores podrían llevar por sí solos la empresa social. Sólo una vez que haya comprendido eso será anarquista, incluso sino lleva el nombre.

Por otra parte, favorecer las organizaciones populares de todo tipo es consecuencia lógica de nuestras ideas fundamentales y por eso debería ser parte integrante de nuestro programa.

A un partido autoritario, que mira a apoderarse del poder para imponer las propias ideas, le interesa que el pueblo siga siendo una masa amorfa, incapaz de arreglárselas por sí sola y por lo tanto que siga siendo siempre fácil de dominar. Por consiguiente, lógicamente no debe desear más que aquel poco de organización, y del tipo que le interesa, para alcanzar el poder: organización electoral, si espera alcanzarlo por medios legales; organización militar si cuenta, en cambio, con una acción violenta.

Pero nosotros, los anarquistas, queremos emancipar al pueblo; queremos que el pueblo se emancipe. No creemos en el bien hecho desde arriba e impuesto por la fuerza; queremos que el nuevo modo de vida social surja de las vísceras del  pueblo y equivalga al grado  de desarrollo alcanzado por los hombres y pueda progresar a medida que los hombres progresan. A nosotros nos importa, pues, que todos los intereses y todas las opiniones encuentren en una organización consciente la posibilidad de hacerse valer y de influir sobre la vida colectiva en proporción a su importancia.

Nos hemos asignado el deber de luchar contra la presente organización social y de abatir los obstáculos que se oponen al advenimiento de una nueva sociedad en la que libertad y bienestar estén garantizados para todos. Para alcanzar este objetivo, nos unimos en partido y procuramos ser lo más numerosos y más fuertes posible. Pero si sólo estuviera organizado nuestro partido; si los trabajadores permanecieran aislados como tantas unidades indiferentes unas de otras y unidos sólo por una cadena en común; si nosotros mismos, además de estar organizados en partido en cuanto anarquistas, no estuviéramos organizados con los trabajadores en cuanto trabajadores, no podríamos conseguir nada, o en el mejor de los casos no podríamos imponernos… y entonces ya no habría triunfo del anarquismo  sino un triunfo nuestro. Por mucho que nos llamáramos anarquistas, en realidad no seríamos más que simples gobernantes y seríamos impotentes para el bien como lo son todos los gobernantes.

Ahora bien, es cierto que la Anarquía  no puede ser el efecto repetido de un milagro y no puede acontecer en contradicción con la ley general, axiomática de la evolución, de que nada ocurre sin causa suficiente, que nada se puede hacer sin tener la fuerza para hacerlo…

No se trata, por lo tanto, de hacer la anarquía hoy, o mañana, o dentro de diez siglos, sino de avanzar hacia la anarquía hoy, mañana, siempre.

“…Todo golpe dado a las instituciones de la propiedad y del gobierno, toda elevación de la conciencia popular, toda igualación de condiciones, toda mentira desenmascarada, toda parte de la actividad humana sustraída al control de la autoridad, todo aumento del espíritu de solidaridad y de iniciativa es un paso hacia la anarquía… Todo debilitamiento de la autoridad, todo aumento de libertad será un progreso hacia la anarquía, siempre que sea conquistado y no mendigado, siempre que sirva para darnos mayor aliento en la lucha…”.

Es decir, a condición de “no confundir los progresos verdaderos con las hipócritas reformas que, con el pretexto de los mejoramientos inmediatos, tienden a distraer al pueblo de la lucha contra la autoridad y contra el capitalismo, a paralizar su acción y a hacerles esperar que se puede obtener algo de la bondad de los amos y de los gobiernos…”. A condición “siempre de que nos recordemos bien que la disminución de los males producidos por el gobierno consiste en la disminución de sus atribuciones y de su fuerza, y no ya en aumentar el número de los gobernantes y en hacerlos elegir por los propios gobernados”.

 

4) Algunos elementos para la tarea en el medio obrero y popular.

Malatesta propició la práctica asociativa de la “acción directa”, de la “huelga general” y la de los compañeros a permanecer en medio de la clase trabajadora, para “impulsar a los obreros a atender por sí mismos a sus intereses, alejándolos de la política y convenciéndoles de que no pueden emanciparse más que con la expropiación y la abolición del poder político… Nosotros no nos contentamos con el disfrute aristocrático que da el conocer o creer que se conoce la verdad.

Queremos la revolución hecha por el pueblo y para el pueblo…” y por tanto, “dentro de lo que hoy es posible, queremos conquistar las masas para nuestras ideas y por eso debemos permanecer siempre entre las masas, luchar y sufrir con ellas y por ellas… entrar en las asociaciones obreras y crear éstas donde no las haya… Organizarnos en nuestros grupos para coordinar nuestras fuerzas y entendernos para hacer más eficaces nuestros esfuerzos… Pero fuera de nuestros grupos tratar de penetrar en todas partes y servirnos de todos los medios para organizar las masas, educarlas en la revuelta… y en la resistencia contra el capital y el gobierno… Creemos que el acuerdo, la asociación, la organización son la ley de la vida y el secreto de la fuerza hoy como después de la revolución.

Vayamos al pueblo, éste es el único camino de salvación. Entremos en todas las asociaciones de trabajadores, fundemos las más que podamos, suscitemos federaciones cada vez más vastas, sostengamos y organicemos huelgas, propaguemos en todas partes y con  todos los medios el espíritu de resistencia y de lucha… Como anarquistas debemos organizarnos entre nosotros, entre gente perfectamente convencida y concorde, y en torno a nosotros debemos organizar, en asociaciones amplias, abiertas, a la mayor cantidad posible de trabajadores, aceptándoles como son y esforzándonos por hacerles progresar lo más que se pueda. Como trabajadores, debemos estar siempre y en todas partes con nuestros compañeros de trabajo y de miseria”.

La huelga y, más todavía, la preparación de la huelga, hermanan a los obreros entre sí, los habitúan a reflexionar sobre su situación, les hacen comprender la causa de las miserias sociales y mientras los unen para mejoramiento inmediato, los preparan para la futura emancipación. Pero no hay que creer que con las huelgas se puede resolver la cuestión social, ni siquiera mejorar en modo serio y estable la condición de todos los trabajadores… Por eso las ligas de resistencia, al combatir la batalla cotidiana de la resistencia obrera, deben tender a algo más alto y más general: la transformación del sistema de propiedad y de producción.

No pretendemos imponer nuestro programa a las masas todavía no convencidas, y menos aún queremos darnos una apariencia de fuerza haciendo votar por los obreros, mediante sorpresas y maniobras más o menos hábiles, declaraciones de principios que los obreros no aceptan todavía … Nos basta que los obreros aprendan a obrar por sí mismos, que reconozcan el antagonismo que hay entre ellos y los patrono , y que busquen en la unión y en la resistencia bajo todas las formas, el medio de salir del estado de degradación y de la miseria en que se encuentran. El socialismo y la anarquía conscientes irán a la par, a medida que el conflicto se ensancha y se profundiza y que se va haciendo evidente para todos la necesidad de remedios radicales y orgánicos.

Algún amigo nuestro hallará que estos (sabotaje, boicot, etc. aprobados en el congreso de Tolouse) son medios pequeños… ¡Cuestión de retórica de que no estamos enteramente desembarazados!. Hemos crecido, como individuos y como partido, bajo la influencia de la admiración y del deseo de las formas clásicas tradicionales de la revolución: barricadas, bandas armadas, fusiles, etc. Y somos de opinión que esas formas son óptimas, cuando no tienen el inconveniente de no poder ser puestas en práctica y de permanecer más o menos un deseo.

Decimos más: esta educación nuestra y este nuestro deseo, serán muy útiles el día de la crisis resolutiva, y sería error y culpa dejarlas caer en descrédito y en olvido. Pero pensamos también que al menospreciar los pequeños medios, cuando no se pueden emplear los grandes y permaneciendo en la inercia con la excusa de querer hacer sólo grandes cosas, se acaba por volverse impotentes e incapaces de hacer lo mucho y lo poco.

Y vayan las cosas como quiera que sea, continuar siempre luchando, sin un instante de interrupción, contra los propietarios y contra los gobernantes, teniendo siempre por delante la emancipación completa, económica, política y moral.

 

Anarquismo y Ciencia.

El anarquismo es una aspiración humana, que no se funda sobre ninguna necesidad natural, verdadera o supuesta, y que podrá realizarse según la voluntad humana. Aprovecha los medios que la ciencia proporciona al  hombre en la lucha contra la naturaleza y contra las voluntades contrastantes; puede sacar provecho de los progresos del pensamiento filosófico cuando éstos sirvan para enseñar a los hombres a razonar mejor y ha distinguir con más precisión lo real de lo fantástico; pero no se le puede confundir, sin caer en el absurdo, ni con la ciencia ni con ningún sistema filosófico.

Yo soy anarquista porque  me  parece que  el anarquismo responde mejor que cualquier otro modo de convivencia social a mi deseo del bien de todos, a mi aspiración hacia una sociedad que concilie la libertad de todos con la cooperación y el amor entre  los hombres, y no ya porque se trate de una verdad científica y de una ley natural.

Me basta que no contradiga ninguna ley conocida de la naturaleza para considerarla posible y luchar por conquistar la voluntad necesaria para su realización.

Se puede ser anarquista cualquiera sea el sistema filosófico que se prefiera.

Hay anarquistas materialistas, y también existen otros que, como yo, sin ningún prejuicio sobre los posibles desarrollos futuros del intelecto humano, prefieren declararse simplemente ignorantes.

El cientificismo que yo rechazo y que, provocado y alimentado por el entusiasmo que siguió a los descubrimientos verdaderamente maravillosos que se realizaron en aquella época en el campo de la físico-química y de la historia natural, dominó los espíritus en la segunda mitad del siglo pasado, es la creencia en que la ciencia lo sea todo y todo lo pueda, es el aceptar como verdades definitivas, como dogmas, todos los descubrimientos parciales; es el confundir la Ciencia con la Moral, la Fuerza en el sentido mecánico de la palabra, que es una entidad definible y mensurable, con las fuerzas morales, la Naturaleza con el Pensamiento, la Ley natural con la Voluntad. Tal actitud conduce, lógicamente, al fatalismo, es decir, a la negación de la voluntad y de la libertad.

La ciencia es la recolección y la sistematización de lo que se sabe o se cree saber: enuncia el hecho y trata de descubrir la ley de éste, es decir, las condiciones en las cuales el hecho ocurre y se repite necesariamente.

La ciencia satisface ciertas necesidades intelectuales y es, al mismo tiempo, eficacísimo instrumento de poder. Mientras indica en las leyes naturales el límite al arbitrio humano, hace aumentar la libertad efectiva del hombre al proporcionarle la manera de usufructuar esas leyes en ventaja propia.

La ciencia es igual para todos y sirve indiferentemente para el bien y para el mal, para la liberación y para la opresión.

La filosofía puede ser una explicación hipotética de lo que se sabe, o un intento de adivinar lo que no se sabe. Plantea los problemas que escapan, por lo menos hasta ahora, a la competencia de la ciencia e imagina soluciones que por no ser susceptibles de prueba, en el estado actual de los conocimientos, varían y se contradicen de filósofo a filósofo.

Cuando no se transforma en un juego de palabras es un fenómeno de ilusionismo; puede servir de estímulo y de guía para la ciencia, pero no es la ciencia.

Por lo tanto, no somos anarquistas porque la ciencia nos diga que lo seamos; lo somos, en cambio, por otras razones, porque queremos que todos puedan gozar de las ventajas y las alegrías que la ciencia procura.

En todo caso me complazco en haber podido escapar ha la misma de la época, y por lo tanto a todo dogmatismo y pretensión de poseer la verdad social absoluta.

En la ciencia, las teorías siempre hipotéticas y provisorias, constituyen un medio cómodo para vincular y reagrupar los hechos conocidos, y un instrumento útil para la investigación, el descubrimiento y la interpretación de los hechos nuevos: pero no son la verdad.

El cientificismo (no digo  la ciencia) que prevaleció en la segunda mitad del siglo XIX, produjo la tendencia a considerar como verdades científicas, es decir, como leyes naturales, y por lo tanto necesarias y fatales, lo que sólo era el concepto, correspondiente a los diversos intereses y a las diversas aspiraciones que cada uno tenía de la justicia, del progreso, etc., de lo  cual nació “el socialismo científico” y también “el anarquismo científico”, que aunque profesados por nuestros mayores, a mí siempre me parecieron concepciones barrocas, que confundían  cosas y conceptos distintos por su naturaleza misma.

Yo no creo en la  infalibilidad de la ciencia ni en su capacidad de explicarlo todo, ni en su misión de regular la conducta de los hombres, como no creo en la infalibilidad del Papa, en la moral revelada, en el origen divino de las Sagradas Escrituras.

Yo sólo creo en las cosas que pueden probarse; pero sé muy bien que las pruebas son algo relativo y pueden superarse y anularse continuamente mediante otros hechos probados, cosa que en verdad suele ocurrir, y creo, por  lo tanto, que la duda debe ser la posición mental de  quien  aspire a aproximarse cada vez más a la verdad, o, por lo menos, a esa porción de verdad que es posible alcanzar.

A la voluntad  de creer, que no puede ser más que la voluntad de anular la propia razón, opongo la voluntad de saber, que deja abierto ante nosotros el campo ilimitado de la investigación y el descubrimiento. Pero, como ya he dicho, sólo admito lo que puede probarse de modo de satisfacer a mi razón, y sólo lo admito provisoriamente, relativamente, siempre en espera de nuevas verdades, más verdaderas que las adquiridas hasta ahora.

También yo digo a  veces que es necesaria la fe, que en la lucha por el bien se requieren hombres de fe segura que se mantengan firmes en la borrasca como una torre cuya  cima nunca oscila con el soplo de los vientos. Y existe, incluso, un diario anarquista que, inspirándose evidentemente en esa necesidad, se titula Fede!. Pero se trata en este caso de otro significado de la palabra. En este contexto, “fe” significa voluntad firme y fuerte esperanza y no tiene nada en común con la creencia ciega en cosas que parecen incomprensibles o absurdas.

Para que los hombres tengan fe, o por lo menos esperanza de poder hacer una tarea útil, es necesario admitir una fuerza creadora.

Pero ¿cómo concilio esta  incredulidad en la religión y esta duda, que llamaría sistemática, respecto de los resultados definitivos de la ciencia, con  una norma moral y con la firme voluntad  y la fuerte esperanza de realizar mi ideal de libertad, de justicia, de fraternidad humana?. Es que yo no pongo la ciencia donde la ciencia no tiene nada que hacer. La misión de la ciencia es descubrir y formular las condiciones en las cuales el hecho necesariamente se produce y se repite: es decir, decir lo que es y lo que necesariamente debe ser, y no lo que los hombres desean y quieren. La ciencia se detiene  donde termina la fatalidad y comienza la libertad.  Sirve  al  hombre porque le impide perderse en quimeras imposibles, y a la vez le proporciona los medios para ampliar el tiempo que corresponde a la libre voluntad: capacidad de querer que distingue a  los hombres, y quizás en grados diversos a todos los animales,  de las cosas inertes y de las  fuerzas inconscientes.

En esta facultad de querer es donde hay que buscar las fuentes de  la moral, las reglas de la conducta.

Yo protesto contra la calificación de dogmático, porque pese a estar firme y decidido en lo que quiero, siempre siento dudas en lo que sé, y pienso que, pese a todos los esfuerzos realizados para comprender y explicar el Universo, no se ha llegado hasta ahora, no digamos a la certeza, sino ni  siquiera a una probabilidad de ella; y no sé si la inteligencia  humana podrá llegar alguna vez.

Mentalidad científica es la que no se engaña nunca creyendo haber encontrado la verdad absoluta y se contenta con acercarse a ella  fatigosamente, descubriendo verdades parciales, que considera siempre como provisorias y revisables.

El científico, tal como debería ser  en mi opinión, es el que examina los hechos y extrae las consecuencias lógicas de éstos, cualesquiera que sean, en oposición con aquellos que para lograr esa confirmación eligen inconscientemente los que les convienen, pasando por alto los otros y forzando y desfigurando a veces la realidad para constreñirla y hacerla entrar en los moldes de sus concepciones.

El hombre de ciencia emplea hipótesis de trabajo, es decir, formula suposiciones que le sirven de guía y de estímulo en sus investigaciones, pero no es víctima de sus fantasmas tomando sus suposiciones por verdades demostradas, a fuerza de servirse de ellas, y generalizando y elevando a la categoría de ley, con inducción arbitraria, todo hecho particular que convenga a su tesis.

Al contrario, sabemos qué cosa  hermosa, grande,  poderosa  y útil es la ciencia; sabemos en qué medida sirve a la emancipación del pensamiento y al triunfo del hombre en la lucha contra las fuerzas adversas de la naturaleza: Y querríamos por ello que nosotros mismos y todos nuestros compañeros tuviéramos la posibilidad de hacernos de la ciencia una idea sintética y de profundizarla por lo menos en una de sus innumerables ramas.

En nuestro programa está escrito no sólo pan para todos, sino también ciencia para todos. Pero nos parece que para hablar útilmente de ciencia sería necesario formarse primero un concepto claro de sus finalidades y función. Conocemos los hechos, pero no la razón de éstos, y por más que nos esforcemos, llegamos siempre a un efecto sin causa, a una causa primera, y si para explicarnos  los hechos tenemos necesidad de causas primeras siempre presentes y siempre activas, aceptaremos su existencia como una hipótesis necesaria, o por lo menos cómoda.

En conclusión, lo que sostengo es que la existencia de una voluntad capaz de  producir efectos nuevos, independientes  de  las leyes mecánicas de la naturaleza, es presupuesto necesario para quien sostenga la  necesidad de reformar la sociedad.

Es lamentablemente cierto que los intereses, las pasiones, los gustos de los hombres, no son naturalmente armónicos y que, como éstos deben  vivir juntos en sociedad, es necesario que cada  uno trate de adaptarse y conciliar sus deseos con los de los demás y llegar a una manera posible de satisfacerse a sí mismo y a los otros. Esto significa limitación de la libertad, y demuestra que la libertad, entendida en sentido absoluto, no podría resolver la cuestión sin una voluntaria y feliz convivencia social.

La cuestión sólo puede resolverse mediante la solidaridad, la hermandad, el amor, que hacen que el sacrificio de los deseos inconciliables con los  de los demás se haga voluntariamente y con placer.

Reclamamos  simplemente lo que se podría llamar  la libertad social, es decir, la libertad igual para todos, una igualdad de condiciones  que permita a todos los hombres realizar su propia voluntad como el único límite impuesto por las ineluctables necesidades naturales y por la igual libertad de los demás.

La evolución humana marcha en el mismo sentido en que la impulsa la voluntad de los hombres y no hay ningún derecho natural que deba fatalmente llevar a la libertad más bien que a la división de la sociedad en dos castas  permanentes, casi diré  en dos razas, la de los dominadores y la de los dominados.

Cómo la burguesía  va remediando aquellas tendencias  naturales de que ciertos socialistas esperaban su muerte en breve plazo.

Acerca de los conceptos revolución,
violencia y libertad.

 

Hay, y ha habido siempre en todas las luchas político-sociales, dos clases de personas que embotan y aletargan las fuerzas.

Existen los que encuentran que nunca se ha llegado a una madurez suficiente, que se pretende demasiado, que hay que esperar y contentarse con avanzar poco a poco, a fuerza de pequeñas  e insignificantes reformas… que se obtienen y se pierden periódicamente sin resolver nunca nada.

Y están los que simulan desprecio por las cosas pequeñas, y piden que nadie se mueva sino para obtener el todo y que, al  proponer cosas quizás bellísimas pero imposibles de realizar por falta de fuerzas, impiden, o tratan de impedir, que se haga por lo menos lo poco que se puede hacer.

Para nosotros la importancia mayor no reside en lo que se consigue, pues el conseguir todo lo que queremos, es decir, la anarquía aceptada y practicada por todos, no es cosa de un día ni un simple acto insurreccional. Lo importante es el método con el cual se consigue lo poco o lo mucho.

Si para obtener un mejoramiento en la situación se renuncia al propio programa integral  y se cesa de propagarlo y de combatir por él, y se induce a las masas a confiar en las leyes y en la buena voluntad de  los gobernantes, más bien que en su acción directa, si se sofoca el espíritu revolucionario, si se cesa de provocar el descontento y la resistencia, entonces todas las ventajas resultarán engañosas y efímeras y en todos los casos cerrarán los caminos del porvenir.

Pero si en cambio no se olvida el propósito final que uno persigue, si se suscitan las fuerzas populares, si se provoca la acción directa y la insurrección, aunque se consiga poco por el momento se habrá dado siempre un paso adelante en la preparación moral de las masas y en la realización de condiciones objetivas más favorables. Lo óptimo, dice el proverbio, es enemigo de lo bueno: hágase como se pueda, si no se puede hacer como se querría, pero hágase algo. Otra dañina afirmación, que en muchas personas es sincera pero en otras constituye una excusa, es la de que el ambiente social actual no permite una actitud moral, y, por consiguiente, es inútil realizar esfuerzos que no pueden lograr éxito y es mejor extraer lo más que se pueda para sí mismo de las circunstancias presentes, sin preocuparse por los demás, salvo de cambiar de vida cuando cambie la organización social. Por cierto todo anarquista, todo socialista comprende las fatalidades económicas que hoy limitan al hombre, y todo buen observador ve que es impotente la rebelión personal contra la fuerza prepotente del ambiente social. Pero es igualmente cierto que sin la rebelión del individuo, que se asocia con los otros individuos rebeldes para resistir al ambiente y tratar de transformarlo, este ambiente no cambiaría nunca.

Todos nosotros, sin excepción, nos vemos obligados a vivir más o menos en contradicción con nuestros ideales, pero somos socialistas y anarquistas porque sufrimos esta contradicción, y en la medida en que la sufrimos y tratamos de reducirla al mínimo posible. El día en que llegásemos a adaptarnos al ambiente, se nos pasaría naturalmente el deseo de transformarlo y nos convertiríamos en simples burgueses: burgueses quizás sin dinero, pero no por ello menos burgueses en los actos y en las intenciones.

 

Vías y medios.

Hemos expuesto en líneas generales cuál es el fin que queremos alcanzar, cuál es el ideal por el que luchamos.

Pero no basta desear una cosa: si se quiere obtenerla de verdad hay que emplear los medios adecuados para conseguirla. Y estos medios no son arbitrarios, sino que derivan necesariamente del fin al que se apunta y de las circunstancias en que se lucha, ya que engañándose respecto de la elección de los medios no se llegaría al fin propuesto sino a otro, quizás opuesto, que sería consecuencia natural y necesaria de los medios empleados. Quien se pone en camino y equivoca la ruta no va adonde quiere sino adonde lo lleva la ruta que recorre.  Por lo tanto, es necesario explicar cuáles son los medios que a nuestro parecer conducen al fin que nos hemos fijado, y que nosotros tratamos de emplear.

Nuestro ideal no es del tipo cuya consecución dependa del individuo considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer relaciones de amor y solidaridad entre los hombres, de conseguir la plenitud de desarrollo material, moral e intelectual no para un individuo solo, no para los miembros de una determinada clase  o partido, sino para todos los seres humanos, y esto no es cosa que se pueda imponer con la fuerza sino que debe surgir de la conciencia iluminada de cada uno y realizarse mediante el libre consentimiento de todos.

Libertad entonces  para todos de propagar y experimentar las propias ideas sin otro límite que el que resulta naturalmente de la igual libertad de todos. Pero ha esto se oponen -y se oponen con fuerza brutal- quienes se benefician con los actuales privilegios y dominan y regulan toda la vida social actual.

Esos tienen en su mano todos los medios de producción, y por ende suprimen no sólo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no sólo el derecho de los trabajadores ha vivir libremente de su propio trabajo, sino también el derecho mismo a la existencia, y obligan a quien no es propietario a dejarse explotar y oprimir si no quiere morir de hambre.

Ellos tienen policías, jueces, ejércitos creados a propósito para defender sus privilegios, y persiguen, encarcelan, masacran a los que quieren abolir esos privilegios y  reclaman medios de vida y la libertad para todos.

Celosos de sus intereses presentes e inmediatos, corrompidos por el espíritu de dominación temerosos del porvenir, ellos, los privilegiados, son incapaces en general de un impulso generoso, y también lo son de una concepción más amplia de sus intereses. Y sería locura esperar que renuncien voluntariamente a la propiedad y al  poder y se adapten a ser iguales a aquellos a los que hoy tienen sometidos. Dejando de lado la experiencia  histórica -la cual demuestra que nunca una clase privilegiada se ha desposeído, en todo o en parte, de sus privilegios, y nunca un gobierno ha abandonado el poder si no se lo obligó a ello con la fuerza o con el temor de la fuerza-, bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera que la burguesía y los gobiernos se proponen emplear la fuerza material para defenderse, no sólo contra la expropiación total, sino también contra las más pequeñas pretensiones populares, y están siempre listos para las más atroces persecuciones y las más sanguinarias masacres.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro camino que oponer la fuerza a la fuerza.

Resulta de cuanto hemos dicho que debemos trabajar para despertar en los oprimidos el deseo vivo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tienen la fuerza necesaria para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias  para vencer a las fuerzas enemigas y organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente, debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se produzcan o creándolas nosotros mismos, hacer la revolución social abatiendo con la fuerza al gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, poniendo en común los medios de vida y de producción e impidiendo que nuevos gobiernos vengan a imponer su voluntad y a obstaculizar la reorganización social realizada directamente por los trabajadores.

Todo esto, sin embargo, es menos simple de lo que podría parecer a primera vista.

Pienso que un régimen nacido de la violencia y que se sostiene con la violencia sólo puede ser abatido por una violencia correspondiente y proporcionada, y que por ello es una tontería o un engaño confiar en la legalidad que los opresores mismos forjan para su propia defensa. Pero pienso que para nosotros, que tenemos como fin la paz entre los hombres, la justicia y la libertad de todos, la violencia es una  dura necesidad que debe cesar, conseguida la liberación, donde cesa la necesidad de la defensa y de la seguridad, bajo pena de que se transforme en un delito contra la humanidad y lleve a nuevas opresiones y nuevas injusticias.

Estamos por principio contra la violencia y por ello querríamos que la lucha social, mientras ocurre, se humanizara lo más posible.

Pero esto no significa en absoluto que queramos que esa  lucha sea menos enérgica y menos radical, pues consideramos más bien que las medidas a medias llegan en fin de cuentas a prolongar indefinidamente la lucha, volverla estéril y a producir, en suma, una cantidad mayor de esa violencia que se querría evitar.

Tampoco significa que limitemos el derecho de defensa a la resistencia contra el atentado material e inminente.

Para nosotros el oprimido se encuentra  siempre en estado de legítima defensa y tiene siempre el pleno derecho de rebelarse sin esperar que comiencen a descargar las armas sobre él; y sabemos muy bien que a menudo el ataque es el mejor medio de defensa.

La violencia es desgraciadamente necesaria para resistir a la violencia adversaria, y debemos predicarla  y prepararla si no queremos que la actual condición de esclavitud larvada, en que se encuentra la gran mayoría de la humanidad, perdure y empeore. Pero contiene en sí el peligro de transformar la revolución en una batalla  brutal no iluminada por el ideal y sin posibilidad de resultados benéficos; y por ello es necesario insistir en los fines morales del movimiento y en la necesidad, en el deber de contener la violencia dentro de los límites de la estricta necesidad.

No decimos que la violencia es buena  cuando la empleamos nosotros y mala cuando la emplean los demás contra nosotros.

Decimos que la violencia es justificable, es buena, es “moral”, constituye un deber cuando se la emplea  para la defensa  de sí mismo y de los otros contra las pretensiones de los violentos; y es mala, es “inmoral” si sirve para violentar la libertad de otro. Puede haber conflicto abierto o latente,  pero conflicto hay siempre, puesto que el gobierno no se  detiene ante el descontento y la resistencia popular sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley, o la protesta es débil y platónica, el gobierno se beneficia de ello sin preocuparse por las necesidades populares; cuando la protesta se vuelve enérgica, insistente,  amenazadora, el gobierno, según sea más o menos iluminado, cede o reprime.

Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno cede el pueblo adquiere fe en sí mismo y pretende cada vez más, hasta que la incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto violento.

Es necesario entonces prepararse  moral y materialmente  para que al estallar la lucha violenta el pueblo obtenga la victoria.

Esta revolución debe ser necesariamente violenta, aunque la violencia sea por sí misma un mal. Debe ser violenta porque sería una locura esperar que los  privilegiados reconocieran el daño y la injusticia que implican sus privilegios y se decidieran a renunciar voluntariamente a ellos. Debe ser violenta porque la transitoria violencia revolucionaria  es el único medio para poner fin a la mayor y perpetua violencia que mantiene en la esclavitud a la gran masa de los hombres.

La burguesía no se dejará expropiar de buen grado y habrá que apelar siempre al golpe de fuerza, a la violación del orden legal con medios ilegales.

También nosotros sentimos amargura por esta necesidad de la lucha violenta. Nosotros, que predicamos el amor y combatimos para llegar a un estado social en el cual la concordia y el amor sean posibles entre los hombres, sufrimos más que nadie por la necesidad en que nos encontramos de defendernos con la violencia contra la violencia de las clases dominantes.

Pero renunciar a la violencia liberadora cuando ésta constituye el único medio que puede poner fin a los prolongados sufrimientos de la gran masa de los hombres y a las monstruosas carnicerías que enlutan a la humanidad, sería hacernos responsables de los odios que lamentamos y de los males que derivan del odio.

La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales; la revolución es la destrucción de los privilegios y de los monopolios; es un nuevo espíritu de justicia, de fraternidad, de libertad, que debe renovar toda la vida social, elevar el nivel moral y las condiciones materiales de las masas llamándolas a proveer con su trabajo directo y consciente a la determinación de sus propios destinos.

Revolución es la organización de todos los servicios públicos hecha por quienes trabajan en ellos en interés propio y del público; revolución es la destrucción de todos los vínculos coactivos, es la autonomía de los grupos, de las comunas, de las regiones; revolución es la federación libre constituida bajo el impulso de la fraternidad, de los intereses individuales y colectivos, de las necesidades de la producción y de la defensa; revolución es la constitución de libres agrupamientos correspondientes a las ideas, a los deseos, las necesidades, los gustos de toda especie existentes en la población; revolución es el formarse y desintegrarse de mil cuerpos representativos, barriales, comunales, regionales, nacionales, que sin tener ningún poder legislativo sirvan para hacer conocer y para armonizar los deseos y los intereses de la gente cercana y lejana y actúen mediante las informaciones, los consejos y el ejemplo.

Y porque el ambiente actual, que constriñe a las masas a la abyección, se sostiene con la violencia, nosotros invocamos y preparamos la violencia. Y esto porque somos revolucionarios, y no porque “somos desesperados, sedientos de venganza y de odio”.

Somos revolucionarios porque creemos que sólo la revolución, la revolución violenta, puede  resolver la cuestión social. Creemos además que la revolución es un acto de voluntad, de individuos y de masas; que tiene necesidad, para producirse, de que existan ciertas condiciones objetivas, pero no ocurre necesariamente y de una manera fatal por la sola acción de los factores económicos y políticos. Las insurrecciones serán necesarias mientras existan poderes que obliguen con la fuerza material a las masas a la obediencia, y es probable, lamentablemente, que se deba hacer unas cuantas insurrecciones antes de que se conquiste ese mínimo de condiciones indispensables para que sea posible la evolución libre y pacífica y la humanidad pueda caminar sin luchas cruentas e inútiles sufrimientos hacia sus altos destinos.

Por revolución no entendemos sólo el episodio insurreccional, que es por cierto indispensable, a menos que, cosa poco probable, el régimen caiga en pedazos por sí mismo y sin necesidad de que se lo empuje desde afuera, pero que sería inútil si no fuera seguido por la liberación de todas las fuerzas latentes del pueblo y sirviese solamente para sustituir un estado coactivo por una forma nueva de coacción.

Es necesario distinguir bien el hecho revolucionario que abate en todo lo que puede el viejo régimen y lo sustituye por nuevas instituciones, de los gobiernos que vienen después a detener la revolución y a suprimir en todo lo posible las conquistas revolucionarias.

Nosotros estamos en favor de la libertad,  de la más amplia y completa libertad de pensamiento, de organización y de acción.

Estamos por la libertad de todos, y por lo tanto es obvio, sin que haya necesidad de repetirlo continuamente, que cada uno debe respetar, en el ejercicio de su propia libertad, la igual libertad de los demás; si no, hay opresión por una parte y derecho a la resistencia y la rebelión por la otra.

Pero los comunistas de Estado, igual y peor que todos los otros autoritarios, son incapaces de concebir la libertad y de respetar en todos los seres humanos la dignidad que quieren, o deberían querer, que se respetara en ellos mismos. El carácter esencial del socialismo es que se aplica igualmente a todos los miembros de la sociedad, a todos los seres humanos.

Para esa doctrina nadie debe poder disfrutar del trabajo de otros mediante el acaparamiento de los medios de producción, y nadie debe poder imponer a los de más su propia voluntad mediante el acaparamiento del poder político: explotación económica y dominación política son dos aspectos de un mismo hecho, es decir, de la sujeción del hombre al hombre, y se resuelven siempre uno  en el otro.

Según nosotros, todo lo que está dirigido a destruir la opresión económica y política, todo lo que sirve para elevar el nivel moral e intelectual de los hombres, para darles la conciencia de sus propios derechos y de sus propias fuerzas y para persuadirlos de que defiendan ellos mismos sus propios intereses, todo lo que provoca el odio contra la opresión y suscita el amor entre  los hombres, nos acerca a nuestra finalidad y por lo tanto es un bien, sujeto solamente a un cálculo cuantitativo para obtener con determinadas fuerzas el máximo de efecto útil. Y es por el contrario un mal, porque está en contradicción con nuestra finalidad, todo lo que tienda a conservar el estado actual, todo lo que tienda a sacrificar, contra su voluntad, a un hombre al triunfo de un principio. Deseamos el triunfo de la libertad y del amor.

Pero ¿deberemos por esto renunciar al empleo de los medios violentos?. De ninguna manera. Nuestros  medios son los que las circunstancias nos permiten e imponen.

Por cierto, no querríamos arrancar un cabello a nadie; desearíamos enjugar todas las lágrimas sin hacer verter ninguna. Pero es forzoso luchar en el mundo tal como el mundo es, so pena de no ser más que soñadores estériles.

Vendrá un día -lo creemos firmemente- en el cual será posible hacer el bien de los hombres sin dañarse ni a sí mismo ni a los demás; pero hoy esto es imposible. Aún el más puro y dulce de los mártires, el que se hiciera arrastrar al patíbulo por el triunfo del bien  sin ofrecer resistencia, bendiciendo a sus perseguidores como el cristo de la leyenda, incluso ese haría mal.

Aparte del mal que se haría a sí mismo, que no obstante no es cosa despreciable, haría verter lágrimas a todos los que lo amaran.

Evidentemente la revolución producirá muchas desgracias, muchos sufrimientos; pero aunque produjese cien veces más que los que produce, sería siempre una bendición si se la compara con los dolores que causa hoy la mala constitución de la sociedad.

Bakunin.

En los debates existentes, donde se reveen categorías, donde se incursiona en problemáticas que tienen que ver con el funcionamiento de las estructuras del sistema y nuevas formas de organización social posibles, bastante de lo que este vigoroso pensador ruso planteara tiene mucho aún que decir. Nos parece de interés, a los efectos de tal debate, la incorporación hoy y aquí de algunas de sus reflexiones.

Bakunin temía que la dictadura del proletariado derivara en una dictadura sobre el proletariado y en particular sobre los campesinos. Previo con gran clarividencia los riesgos que entrañaba un estado dictatorial por más que éste se postulara como una mera etapa transitoria. El proceso seguido por la revolución rusa confirmó muchos de sus anticipos.

Bakunin habría de formular el tipo de estructura de la nueva sociedad que sería aceptado por el anarquismo de su tiempo.

Su esquema sería aproximadamente éste. Revolución violenta para derrocar el capitalismo del estado e imponer un régimen socialista basado en la propiedad colectiva de los medios de producción, su administración por la autogestión de los trabajadores, admisión en lo económico del grado de centralización realmente imprescindible. Los organismos básicos de esta autogestión estarían radicados a nivel de la fábrica, del establecimiento agrario y de la circunscripción territorial. Según el mismo criterio el esquema de organización política partiría de núcleos regidos por métodos de democracia directa, allí se designaría a los responsables de trabajos específicos, a los técnicos, a los representantes de la comuna ante las instituciones locales, regionales y nacionales, estos cargos serían desempeñados por los trabajadores una vez terminada su jornada, por funcionarios designados por la comuna y con un tope de remuneración al mismo nivel que un obrero calificado, en cualquiera de los casos la tarea de los representantes estaría controlada por la comuna  sujeta a revocación. Los organismos de la comuna atenderían la instrucción, la sanidad, la vigilancia y demás servicios, evitando, según las formas señaladas, volver a crear la burocracia gobernante del Estado. Se suprimiría igualmente el ejército permanente, la policía y demás cuerpos represivos del estado burgués, que serían sustituidos por el pueblo en armas. Los distintos organismos políticos económicos de cada región o actividad estarían unidos de arriba a abajo por mecanismos federales de coordinación. En esto básicamente radica la estructura de la nueva sociedad

 

Libertad, Autoridad, Estado.

Vemos también en todas partes y siempre que, cuando la masa de los trabajadores se mueve, los liberales burgueses más exaltados se vuelven inmediatamente partidarios tenaces de la omnipotencia del Estado.

Al lado de esta razón práctica, hay otra de naturaleza por completo teórica que obliga igualmente a los liberales más sinceros a volver siempre al culto del Estado. Son y se llaman liberales porque toman la libertad individual por base y por punto de partida de su teoría, y es precisamente porque tienen ese punto de partida o es base que deben llegar, por una fatal consecuencia, al reconocimiento del derecho absoluto del Estado.

La libertad individual no es, según ellos, una creación, un producto histórico de la sociedad. Pretenden que es anterior a toda sociedad, y que todo hombre la trae al nacer, con su alma inmortal, como un don divino. De donde resulta que el hombre es algo, que no es siquiera completamente él mismo, un ser entero y en cierto modo absoluto más que fuera de la sociedad. Siendo libre anteriormente y fuera de la sociedad, forma necesariamente esta última por un acto voluntario y por una especie de contrato, sea instintivo o  tácito, sea reflexivo o formal. En una palabra, en esa teoría no son los individuos los creados por la sociedad, son ellos, al contrario, los que la crean, impulsados por alguna necesidad exterior, tales como el trabajo y la guerra.

Se ve que en esta teoría, que en la sociedad propiamente dicha no existe la sociedad humana natural, el punto de partida real de toda civilización humana, el único ambiente en el que puede nacer realmente y desarrollarse la personalidad y la libertad de los hombres, le es perfectamente desconocida. No reconoce de un lado más que a los individuos, seres existentes por sí mismos y libres de sí mismos, y por otro a esa sociedad convencional, formada arbitrariamente por esos individuos y fundada en un contrato, formal o tácito…

Los individuos humanos… aparecen, en esa teoría, como seres… dotados cada uno de un alma inmortal y de una libertad o de un libre arbitrio inherentes, son, por una parte, seres infinitos, absolutos y como tales complejos en sí mismos, por sí mismos bastándose a sí y no teniendo necesidad de nadie…

Por otra parte, son seres brutalmente materiales, débiles, imperfectos, limitados y absolutamente dependientes de la naturaleza exterior, que los lleva, los envuelve y acaba por arrastrarlos tarde o temprano. Considerados desde el primer punto de vista, tienen tan poca necesidad de la sociedad, que esta última aparece más bien como un impedimento a la plenitud de su ser, a su libertad perfecta.

…Por tanto es evidente que, dotado de un alma inmortal de una infinitud y de una libertad inherentes a esa alma, el hombre es un ser eminentemente antisocial.

Realmente -los hombres- se presentan a nosotros como seres determinados… por la naturaleza exterior, por la configuración del suelo y por todas las condiciones materiales de su existencia; determinadas por las innumerables relaciones políticas, religiosas y sociales, por los hábitos, las costumbres, las leyes, por todo un mundo de prejuicios o de pensamientos elaborados lentamente por los siglos pasados, y que se encuentran al nacer a la vida en sociedad. Partiendo del estado de gorila, el hombre no llega sino dificultosamente a la conciencia de su humanidad y a la realización de su libertad… no se emancipa progresivamente más que en el seno de la sociedad, que es necesariamente anterior al nacimiento de su pensamiento, de su palabra y de su voluntad; y no puede hacerlo más que por los esfuerzos colectivos de todos los miembros pasados y presentes de esa sociedad que es, por consiguiente, la base y el punto de partida natural de su humana existencia. Resulta de ahí que el hombre no realiza su libertad individual o bien su personalidad más que completándose con todos los individuos que lo rodean, y sólo gracias al trabajo y al poder colectivo de la sociedad… la sociedad lejos de aminorarla y de limitarla, crea, al contrario, la libertad de los individuos humanos. Por consiguiente, el hombre debe buscar su libertad, no al principio; sino al fin de la historia.

Muy otro es el punto de vista de los idealistas… La sociedad no se forma pues, más que por una especie de sacrificio de los intereses y de la independencia del alma a las necesidades despreciables del cuerpo. Es una verdadera decadencia y una sumisión del individuo interiormente inmortal y libre, una renuncia, al menos parcial, a su libertad primitiva.

Se conoce la frase sacramental; que expresa esa decadencia y ese sacrificio, ese primer paso fatal hacia el sometimiento humano. El individuo que goza de una libertad completa en el estado natural, es decir antes de que se haya hecho miembro de ninguna sociedad, sacrifica al entrar en esa última, una parte de esa libertad, a fin de que la sociedad le garantice todo lo demás. A quien demanda la explicación de esa frase, se le responde ordinariamente con otra: La libertad de cada individuo no debe tener otros límites que la de todos los demás individuos… esa frase contiene en germen toda la teoría del despotismo. Conforme a la idea fundamental de los idealistas y contrariamente a todos los hechos reales, el individuo humano aparece como un ser absolutamente libre en tanto y sólo en tanto que queda fuera de la sociedad, de donde resulta que esta última (…) es la negación de la libertad. (…) El hombre no se convierte en hombre y no llega, tanto a la conciencia como a la realización de su humanidad, más que en la sociedad y solamente por la acción colectiva de la sociedad entera, no se emancipa del yugo de la naturaleza exterior más que por el trabajo colectivo o social, lo único que es capaz de transformar la superficie terrestre en una morada favorable a los desenvolvimientos de la humanidad; y sin esa emancipación material no puede haber emancipación intelectual y moral para nadie. No puede emanciparse del yugo de su propia naturaleza.

(…) En fin, el hombre aislado no puede tener conciencia de su libertad… La libertad no es, pues, un hecho de aislamiento, sino al contrario, de alianza, pues la libertad de todo individuo no es otra cosa que el reflejo de su humanidad o de su derecho humano en la conciencia de todos los hombres libres, sus hermanos, sus iguales.

No puedo decirme y sentirme libre más que en presencia y ante otros hombres. (…) No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad, es al contrario su condición necesaria y su confirmación. No me hago libre verdaderamente más que por la libertad de los otros, de suerte que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más vasta es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia se vuelve mi libertad (…) no puedo decirme verdaderamente libre más que cuando mi libertad, o lo que quiere decir lo mismo, cuando mi dignidad de hombre, mi derecho humano (!!) reflejados por la conciencia igualmente libre de todos, vuelven a mí confirmados por el asentimiento de todo el mundo.

(…) La libertad es (…) sobre todo eminentemente social, porque no puede ser realizada más que por la sociedad y sólo en la más estrecha  igualdad y solidaridad de cada uno con todos.

El segundo elemento o momento de la libertad es la rebelión del individuo humano contra toda autoridad divina y humana (…) es la rebelión contra la tiranía del fantasma supremo de la teología (…) la rebelión de cada uno contra la tiranía de los hombres, contra la autoridad (…) representada y legalizada por el Estado (…) Las dos grandes instituciones que se imponen a nosotros como establecidas por Dios mismo para la dirección de los hombres: la iglesia y el Estado.(…) La tiranía (ideológico) social, a menudo aplastadora y funesta, no presenta ese carácter de violencia imperativa, de despotismo legalizado y formal (…) No se impone como una ley a la que todo individuo está forzado a someterse bajo pena de incurrir en un castigo jurídico. Su acción es más suave, más insinuante, más imperceptible pero (…) poderosa (…) Domina a los hombres por los hábitos, por las costumbres, por la masa de los sentimientos y de los prejuicios tanto de la vida material como del espíritu (…) y que constituye lo que llamamos la opinión pública. Envuelve al hombre desde su nacimiento, los traspasa, lo penetra, y forma la base misma de su existencia individual, de suerte que cada uno no es en cierto modo más que el cómplice contra sí mismo, más o menos, y muy a menudo sin darse cuenta siquiera.

Para rebelarse contra esa influencia (…) el hombre debe rebelarse al menos en parte contra sí mismo, porque (…) tendencias y aspiraciones materiales, intelectuales y morales (son) el producto de la sociedad (…) El Estado es una institución histórica, transitoria, una forma pasajera de la sociedad, como la iglesia misma de la cual no es sino el hermano menor, pero no tiene el carácter de la sociedad, que es anterior a todos los desenvolvimientos de la humanidad (!!!) constituye la base misma de toda existencia humana. El hombre, al menos desde que dio su primer paso hacia la humanidad (…) un ser que habla y que piensa más o menos, nace en la sociedad (…) no la elige, a contrario, es producto de ella, y está sometido a las leyes (…) que presiden sus desenvolvimientos necesarios, como a todas las otras leyes naturales. La sociedad es anterior y a la vez sobrevive a cada individuo humano, como la naturaleza misma.

Un individuo que quiera poner en tela de juicio la sociedad (…) se colocaría por eso mismo fuera de todas las condiciones de una real existencia, se lanzaría en la nada, en el vacío absoluto, en la abstracción muerta (…). Se puede, pues, preguntar con tan poco derecho si la sociedad es un bien o un mal, como es imposible preguntar si la naturaleza… es un bien o un mal.

(…) No sucede lo mismo con el Estado (…) y las divagaciones teológicas de los hombres. El Estado no es la sociedad, no es más que una de sus formas históricas.

(…) La sociedad no se impone formalmente, oficialmente, autoritariamente, se impone naturalmente.

(…) El individuo humano (…) desde el momento que se forma en las entrañas de la madre, se encuentra (…) particularizado por una multitud de causas y de acciones materiales geográficas, climatológicas, etnográficas, higiénicas (…) económicas (…) y en tanto que las inclinaciones y las aptitudes de los hombres dependen del conjunto de todas esas influencias (…) cada uno nace con una naturaleza o un carácter individual determinado (…) no es éste el lugar de investigar como se han formado las primeras nociones y las primeras ideas, cuya mayoría no eran naturalmente absurdas (…) todo lo que podemos decir con plena certidumbre es que ante todo no han sido creadas aisladas. (…) Este pensamiento, transmitido por la tradición de una generación a otra, y desarrollándose cada vez más por el trabajo intelectual de los siglos, constituye el patrimonio intelectual y moral de una sociedad, de una clase, de una noción.

Cada generación nueva encuentra en su cuna todo un mundo de ideas de imaginaciones y de sentimientos que recibe como una herencia (…). Ese mundo no se presenta al principio al hombre recién nacido bajo su forma ideal, como sistema de representaciones y de ideas como religión, como doctrina; el niño sería incapaz de recibirlo y de concebirlo bajo esa forma, pero se impone a él como sistema de hechos encarnados y realizados en las personas y en todas las cosas que lo rodean, y que habla a sus sentidos por todo lo que oye y lo que ve desde el primer día de su vida (…).

Representaciones e ideas (…) sobre la naturaleza y sobre el hombre, sobre la justicia, sobre los deberes y los derechos de los individuos y de las clases, sobre las conveniencias sociales, sobre la familia, sobre la propiedad, sobre el Estado y muchas otras aún que regulan las relaciones entre los hombres, todas estas ideas que encuentran al nacer, encarnadas en las cosas y en los hombres y que se imprimen en su propio espíritu por la educación y por la instrucción que recibe antes de que haya llegado a la conciencia de sí mismo, las encuentra para humanizar a los hombres. La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: porque hasta el día de hoy él tampoco ha sido humanizado. Y no lo ha sido porque la vida social de la que él es la expresión más fiel se basa, como se sabe, en el culto divino y no en el respeto humano, en la autoridad y no en la libertad, en el privilegio y no en la igualdad, en la explotación y no en la fraternidad de los hombres, en la iniquidad y la mentira y no en la justicia y la verdad. Por consiguiente su acción real, siempre en contradicción con las teorías humanitarias que profesa, ha ejercido de modo constante una influencia funesta y corruptora, no una acción moral. No reprime los vicios y los crímenes; los crea. Su autoridad es, por lo tanto una autoridad divina antihumana, y su influencia es maligna y funesta ¿Deseáis hacerlas bienhechoras y humanas? Haced la revolución social. Haced que todas las necesidades se vuelvan realmente solidarias, que los intereses materiales y sociales de cada cual se conformen en los deberes humanos de cada cual. Y para ello no hay nada más que un medio: destruid todas las instituciones de la desigualdad y estableced la igualdad económica y social de todas, y sobre esta base se levantarán la libertad, la moralidad y la humanidad solidaria de todo el mundo.

 

 

La Organización: su programa, su táctica, su disciplina.

 

Es cierto que hay -en el pueblo- una gran fuerza elemental, una fuerza sin duda superior a la del gobierno y a las de las clases dirigentes tomadas en conjunto; pero una fuerza elemental no es, sin organización un poder real. Sobre esta innegable ventaja de la fuerza organizada respecto de la fuerza elemental del pueblo se basa el poder del Estado.

En consecuencia, el problema no estriba en saber si -el pueblo- puede sublevarse, sino si es capaz de construir una organización que le proporcione los medios de llegar a un fin victorioso. No a una victoria fortuita, sino a un triunfo prolongado, definitivo.

…Solo la revolución universal es lo bastante fuerte para trastornar y romper el poder organizado del Estado, sostenido con todos los recursos de las clases ricas. Pero la revolución universal es la revolución social, es la revolución simultánea del pueblo campesino y del pueblo urbano. Eso es lo que hay que organizar, porque sin una organización preparatoria los elementos más poderosos se vuelven impotentes y nulos.

En los momentos de grandes crisis  políticas o económicas, cuando el instinto de las masas, al rojo, se abre a todas las inspiraciones felices, cuando los rebaños de  hombres esclavos, doblegados, aplastados, pero nunca resignados, se rebelan por fin contra su yugo, aunque se sientan desorientados e impotentes por lo mismo que se hallan completamente desorganizados, diez, veinte o treinta hombres instruidos y bien organizados entre sí, que sepan a dónde van y qué quieren, pueden fácilmente arrastrar a cientos, a doscientos, a trescientos hombres o aún más. Recientemente lo vimos en la Comuna de París. La organización sería, apenas iniciada durante el asedio, no era perfecta ni fuerte, y sin embargo bastó para crear un formidable poder de resistencia.

…Para que la Internacional pueda realmente adquirir ese poder, para que la décima parte del proletariado -organizada por la Asociación- pueda arrastrar las otras nueve décimas partes, es necesario que cada miembro, en cada sección, esté mejor embuido de los principios de la Internacional. Sólo bajo esta condición podrá llenar con eficacia, en tiempo de paz y de calma, la misión de propagandista y apóstol, así como en tiempos de lucha llenará la misión de jefe revolucionario.

…Para que todos los miembros de la Internacional puedan llenar de manera consciente su doble deber de propagandistas y jefes naturales de las masas en la Revolución, es necesario que cada uno de ellos esté embuido, tanto como sea posible de esa ciencia, de esa filosofía, y de esa política.

…Nunca se debe renunciar al programa revolucionario claramente establecido, ni por lo que atañe a su forma, ni por lo que atañe a su sustancia.

Las reticencias, las verdades a medias, los pensamientos castrados y las complacientes atenuaciones y concesiones de una diplomacia cobarde no son los elementos con que se forman las grandes cosas; éstas sólo se forman con corazones enhiestos, con espíritu justo y firme, con una finalidad claramente determinada y con una gran valentía.

…Sabemos … que en política no hay práctica honesta y útil posible sin una teoría y una finalidad claramente determinadas.

No cabe duda de que el número de nuestros adherentes será mayor si evitamos precisar nuestro real carácter.(…) Pero ya dice el proverbio que quien mucho abarca poco aprieta: compraríamos todas esas preciosas adhesiones al precio de nuestra completa aniquilación. Y entre tantos equívocos y frases que hoy envenenan la opinión pública de Europa, sólo seríamos una mala broma más.

…Que las autoridades revolucionarias dejen de hacer frases, pero, teniendo un lenguaje tan moderado y pacífico como se quiera, que hagan la revolución. Justamente lo contrario de lo que las autoridades revolucionarias han hecho hasta ahora en todos los países.

Con harta frecuencia han sido excesivamente enérgicas y  revolucionarias en su lenguaje, y muy moderadas, por no decir reaccionarias en sus actos. Hasta puede decirse que casi siempre la energía del lenguaje les ha servido de máscara para engañar al pueblo, para ocultar de él la debilidad y la inconsecuencia de sus actos.

…Mal que bien, hemos logrado formar un pequeño partido; pequeño con relación al número de hombres que han adherido a él con conocimiento de causa, pero inmenso con respecto a sus adherentes instintivos, a esas masas populares cuyas necesidades representa mejor que cualquier otro partido. Ahora debemos navegar todos juntos en el océano revolucionario, y de aquí en adelante debemos propagar nuestros principios, ya no con palabras, sino con hechos, porque tal es la más popular, poderosa e irresistible de las propagandas.

¿Qué deben hacer, luego, las autoridades revolucionarias (y procuremos que éstas sean las menos posibles)?. ¿Qué deben hacer para extender y organizar la revolución?. No deben hacer la revolución por decreto: no deben imponerla a las masas. Deben provocarla en las masas. No deben imponer éstas una organización, sea la que fuere, sino que, promoviendo su organización autónoma desde abajo hasta arriba, deben trabajar bajo cuerda, con ayuda de la influencia individual sobre los individuos más inteligentes e influyentes de cada localidad, a fin de que esa organización se adecúe en la mayor medida posible a nuestros principios. En esto finca todo el secreto de nuestro triunfo. No se piense que estoy abogando en pro de la anarquía absoluta en los movimientos populares. Una anarquía como esa no sería nada más que una completa ausencia de pensamiento, de finalidad y de conducta común, y necesariamente habría de desembocar en una común impotencia.

Todo lo que existe y todo lo que es viable se produce dentro de cierto orden, que le es inherente y que pone de manifiesto lo que hay en él… Los revolucionarios políticos, los partidarios de la  dictadura ostensible, recomiendan, una vez que la revolución ha obtenido su primera victoria, el apaciguamiento de las pasiones, el orden, la confianza y la sumisión a los nuevos poderes establecidos. De esta manera reconstituyen el Estado. Nosotros, por el contrario, debemos fomentar, despertar y desencadenar todas las pasiones; debemos producir la anarquía y, como pilotos invisibles en medio de la tempestad popular, debemos dirigirla, no por un poder ostensible, sino por la dictadura colectiva de todos los aliados (miembros de la Alianza Revolucionaria). Dictadura sin cetro, sin título, sin derecho oficial, y tanto más poderosa cuanto que no tendrá ninguna de las apariencias del poder. Esa es la única dictadura que yo admito. Pero para que pueda actuar es necesario que exista, y para ello es necesario prepararla y organizarla por anticipado, pues no se hará sola, ni por discusiones, ni por exposiciones y debates de principios, ni por asambleas populares.

Por muy enemigo que sea  de lo que en  Francia se  llama disciplina, reconozco, no obstante, que cierta disciplina, no automática, sino voluntaria y reflexiva y que esté en perfecto acuerdo con la libertad de los individuos, es y será siempre necesaria cada vez que muchos individuos, libremente unidos, emprendan un trabajo o una acción colectiva, no importa cuál. En tal caso, la disciplina no es nada más que la concordancia voluntaria y reflexiva de todos los esfuerzos individuales hacia un fin común. En el momento de la acción, en medio de la lucha, los papeles se dividen naturalmente, según las aptitudes de cada cual, apreciadas y juzgadas por toda la colectividad: unos dirigen y mandan, y otros ejecutan las órdenes. Pero ninguna función se petrifica, se fija ni permanece irrevocablemente adherida a persona alguna. El orden y la promoción jerárquicos no existen, de manera que el comandante de ayer puede ser el  subalterno de hoy. En ese sistema ya no hay, en rigor, poder. El poder se funde en la colectividad y se convierte en la sincera expresión de la libertad de cada uno, en la realización fiel y seria de la voluntad de todos. Todos obedecen sólo porque el jefe de ese día no ordena sino lo que todos quieren.

Tal es la disciplina verdaderamente humana, la disciplina necesaria para la organización de la libertad.

La unidad viva, verdaderamente poderosa, es la que queremos todos, es la que la libertad crea en las entrañas mismas de las diversas y libres manifestaciones de la vida, expresándose por la lucha, es el equilibrio y la armonización de todas las fuerzas vivas. Comprendo que un general de división de un ejército adore el silencio de muerte que la disciplina impone a la muchedumbre. Vuestro general, nuestro general, el general del pueblo, no tiene necesidad de ese  silencio de esclavos; habituado a vivir y a comandar en medio de las tormentas, jamás es mayor su talla que en la tempestad. La tempestad, esto es, el desencadenamiento de la vida popular, lo único capaz de arrasar todo ese mundo de iniequidades establecidas.

…Una asociación que tiene un fin revolucionario debe necesariamente formarse en sociedad secreta, y toda sociedad secreta, en interés de la causa que sirve y de la eficacia de su acción, así como en interés de la seguridad de cada uno de sus miembros, debe estar sometida a una fuerte disciplina, que no es, por lo demás, otra cosa que el resumen y el mero resultado del compromiso recíproco que todos los miembros han contraído entre sí.

 

 

Libertad y lucha ideológica.

 

Sentimos el mayor respeto, no por todas las opiniones, sino por el derecho que cada cual tiene de profesar las suyas; cuanta más honestidad y franqueza ponga un hombre en su opinión, más estimable nos parece.

Reparad  en que aquellos que predican la paz a cualquier precio, la inmolación de las convicciones opuestas ante las necesidades de una unión aparente, y que lanzan sus maldiciones sobre quienes convocan a la guerra civil, son siempre moderados, reaccionarios, o por lo menos hombres que carecen de convicción, de energía y de fe. Son los adormecedores, los tibios. Son, precisamente, aquellos que pierden todas las causas.

Una buena guerra civil, franca, abierta, vale mil veces más que una paz podrida. Por lo demás, nunca la paz deja de ser aparente; bajo su égida falaz, la guerra continúa, pero impedida de desplegarse libremente, por lo que adquiere carácter de intriga, un carácter mezquino, miserable y a menudo infame.

Además, se trata de una guerra mucho más teórica que práctica, pues se  trata  de una  lucha de ideas, no de intereses. Y una lucha como ésta sólo puede tener efectos bienhechores para la Internacional; necesariamente contribuye al desarrollo de su pensamiento sin causar el menor perjuicio a su solidaridad real, ya que ésta no es teórica, sino práctica.

 

 

Ciertos «revolucionarios» moderados.

 

Estos revolucionarios moderados le reprocharon a la juventud revolucionaria su confianza en el pueblo, como si hubiese sido una gran locura. (…) Temían la insurrección mucho más de lo que la deseaban. Sin embargo, al poner de manifiesto su innegable sabiduría por la legítima desconfianza que el pueblo siempre les había inspirado, no pudieron a su vez evitar otra locura, pues no de otro modo puedo calificar su confianza infantil en los auxilios de la diplomacia, de la que son, por lo demás, víctimas.


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