Copei 2a parte. Documentos de FAU 1972

Si es esto realmente lo que se buscó, implica una grave falta de perspectiva, una muy errónea evaluación de la coyuntura militar, de las posibilidades propias y del enemigo, de la correlación de fuerzas. También, por supuesto una evaluación inadecuada de la coyuntura política, o sea de las posibilidades del sistema de “digerir” grados de violencia muy elevados, sin verse por ello forzado a romper decisivamente los velos ideológicos que encubren su esencia dictatorial y que le permiten mantener el ascendiente y la hegemonía sobre amplios sectores de masas.

No es éste el aspecto fundamental que nos interesa analizar ahora, sino que nos interesa más insistir sobre la faz específicamente militar de esta política que el M.L.N. pretendió emprender en abril. Creemos que del análisis de las características de este cambio, deriva la constatación de las enormes dificultades que enfrenta una guerrilla urbana para convertirse en niveles operativos superiores, aproximativamente equivalentes a los de una guerra regular. Dicho en otros términos, cómo la guerrilla urbana está en cierta medida condenada a ser guerrilla hasta el momento de la insurrección y no puede convertirse propiamente en ejército. Mencionaremos de manera necesariamente esquemática, porque de otra forma nos iríamos muy lejos algunas de las razones que determinan esto.

En primer término el desarrollo cuantitativo de los efectivos aparece bastante claramente como inversamente proporcional, digamos, al grado de seguridad de un aparato armado urbano que, por definición, siempre está en presencia del enemigo y expuesto en condiciones de dispersión a la acción represiva. Pensamos que una de las razones determinantes del rápido colapso sufrido por el M.L.N. radica justamente en haber desbordado los límites compatibles con la seguridad en cuanto al desarrollo cuantitativo de sus efectivos. Este razonamiento fundamenta la escasa dimensión que sistemáticamente vemos atribuida a los movimientos de guerrilla urbana. A esos efectos, nos remitimos a la descripción de efectivos de la EOKA, por ejemplo, que se hace en “La guerra de la pulga” y que da Grivas en su libro “Guerra de guerrillas”; a la descripción de los efectivos del IRA en la misma “Guerra de la pulga” y “La guerra de Irlanda” de Vicente Talón; a referencias similares de Menahem Beguin sobre el IRGUN de Palestina en “Rebelión en Tierra Santa”. En términos generales podría decirse que prácticamente todas las guerrillas urbanas que han operado a lo largo de la historia, han contado con efectivos sumamente reducidos, mensurables en cantidades de no más de pocos centenares de combatientes. Y nunca más de eso. Reiteramos que una de las razones que nos parece acentuó sensiblemente la vulnerabilidad del M.L.N. fue violar esta especie de ley de saturación.

Otra circunstancia notoria es que la guerrilla urbana carece de retaguardia, no domina espacio, carece por lo tanto de repliegue seguro sobre el terreno. En el medio urbano el enemigo es, obviamente, el dueño de todo el territorio y el único repliegue que le resta a la guerrilla urbana es la infra que ella misma genera.

El desarrollo cuantitativo de los efectivos que mencionábamos recién presiona necesariamente sobre la disponibilidad de infra cuyo desarrollo, a su vez, es tendencialmente mucho más lento y dificultoso, que el propio reclutamiento. El crecimiento del personal combatiente conduce pues indefectiblemente, a cierta altura, a un “cuello de botella” en materia de infra y servicios conexos. Esto nos parece bastante claro y es lo que indica toda la experiencia. Es mucho más difícil, sobre todo llegado a cierto ritmo de operatividad, conseguir casas y el montaje de los servicios correspondientes a una organización clandestina, que reclutar combatientes. La experiencia del M.L.N. también apoya esta afirmación puesto que, si bien había allí un poderoso desarrollo de infra, la disponibilidad de efectivos rebasó con mucho sus posibilidades. Por otra parte, en términos represivos, lo que cae, y lo que cae sin remedio son las casas, que no pueden moverse, digamos así. Y los equipos pesados, le impedimenta que no puede trasladarse con agilidad. Lo que más fácilmente rehuye a la acción represiva es obviamente aquello que puede desplazarse y en este mundo lo que más puede desplazarse son las personas.

De manera que la piolita se corta por el lado de la infra y por el lado del deterioro de los servicios correlativo a la caída de las casas. Es por allí, en términos generales, por donde se abre el flanco más vulnerable de toda organización clandestina, y es justamente esa vulnerabilidad lo que crece en la misma medida en que se extiende o aumenta la cantidad de personas encuadradas en estas organizaciones.

En otro aspecto aún siendo numerosa, la guerrilla urbana, por operar siempre en terreno enemigo, presenta enormes dificultades para concentrarse en medida suficiente como para decidir enfrentamientos de entidad. Es una ley de su funcionamiento el evitar este tipo de enfrentamientos. Bien se sabe que durante largos períodos, especialmente en los períodos iniciales, es normal en toda actividad guerrillera evitar en lo posible los encuentros con el enemigo. Pero sucede que sin enfrentamiento, sin “batallas”, vamos a decir, no existe la posibilidad de destrucción militar del ejército enemigo. No es rehuyendo las confrontaciones como se puede llegar a una decisión armada. La guerrilla urbana puede lograr sobre el enemigo grandes efectos políticos, pero en función de esta característica que estamos anotando, muy difícilmente puede lograr decisiones militares importantes. La dificultad para concentrarse, derivada del hecho de operar siempre en territorio enemigo, determina que en los enfrentamientos, normalmente la guerrilla urbana sea más débil que el oponente, lo cual conlleva la necesidad de rehuir esos enfrentamientos y por lo tanto la imposibilidad técnica de lograr la destrucción del ejército contrario.

En resumen, la guerrilla urbana, hasta el momento insurreccional está encerrada en la defensiva estratégica, por más que pueda tener, circunstancialmente, la ofensiva táctica. Sólo puede golpear al enemigo de manera esporádica, librando una guerra sin dimensión territorial y por lo tanto sin frentes y sin acciones sostenidas. El enemigo aunque tampoco tiene frentes estables puesto que éstos se crean y desaparecen en cada acción, controla sin embargo el terreno y tiene la ofensiva estratégica permanentemente en sus manos.

La victoria militar exige de alguna manera pasar a la ofensiva estratégica. La imposibilidad de que la guerrilla pueda pasar a la ofensiva estratégica traslada los “efectos” de ofensiva al plano político. La única ofensiva militar decisiva, en marco urbano que puede obtener la destrucción del aparato represivo, es la insurrección, que, a su vez es una eventualidad irreversible. O se obtiene la victoria final o significa una derrota grave en el plano militar.

En definitiva, la guerrilla urbana, como tal, parece estar encerrada necesariamente en la defensiva estratégica. La ofensiva estratégica posible para la guerrilla urbana consiste en la insurrección. Siendo la ofensiva estratégica requisito indispensable para la victoria, y siendo la insurrección su única forma urbana, sólo con la insurrección se puede lograr la victoria.

La insurrección, según enunciábamos antes, supone tres condiciones: la disponibilidad de un aparato armado clandestino previamente organizado y experimentado; el apoyo de masas o de sectores de masas suficientemente importante como para gravitar en el acto insurreccional, participando activamente en él; y un trabajo político previo que permita la desmoralización o la desintegración lo más amplia posible del aparato represivo. Por supuesto que una acción insurreccional supone una cuidadosa evaluación de factores políticos, y es absolutamente imposible deducirla de una decisión voluntarista del aparato armado, por importante que éste sea. Una insurrección aislada de las masas es totalmente inconcebible. Una acción de hostigamiento, como la planteada por el M.L.N. a partir de abril, en la medida en que no apunte a un desenlace insurreccional, tampoco es capaz, por sí, de producir la liquidación del aparato armado burgués. El hostigamiento, por intenso que fuere, sigue encerrado dentro de la característica de defensiva estratégica. Sólo la insurrección supone la superación de la defensiva estratégica y el pasaje a la etapa de ofensiva estratégica.

Las obvias implicaciones de carácter político de un proceso insurreccional, excluyen totalmente la posibilidad de que él pueda ser encarado a partir de un planteo foquista. La insurrección exige la existencia previa de un partido y el desarrollo de un aparato armado propio capaz de operar durante un largo período como guerrilla urbana. El éxito de una insurrección no puede fiarse al espontaneísmo de las masas y tampoco puede fiarse al voluntarismo del aparato armado, operando aislado o más o menos aislado de las masas. La concepción insurreccional de la destrucción del poder burgués exige el trabajo en los dos niveles: a nivel de masas para crear las condiciones políticas de la insurrección; a nivel armado para crear el aparato armado que, previamente a la insurrección, estructure los cuadros de ésta y sea el elemento de choque, de ruptura del proceso insurreccional.

En las condiciones concretas de nuestra formación social nacional, no puede establecerse que un proceso de insurrección victorioso baste de por sí para implantar el poder popular en el Uruguay sólo. Hay que partir de la base de que la destrucción del poder burgués en nuestro país es solamente la apertura de una nueva etapa de lucha contra la intervención extranjera. Sería absurdo concebir el “socialismo en un sólo país” en el Uruguay.

A partir de la destrucción del poder burgués en el Uruguay, es que la lucha se internacionaliza hacia afuera y se vuelve nacional hacia adentro, en el sentido de que la intervención extranjera es, prácticamente inevitable, dada la situación geopolítica. La intervención política de las burguesías de los países vecinos o directamente del imperialismo, necesariamente convierte la revolución social en una revolución en defensa de la independencia nacional. Al mismo tiempo traslada hacia los países vecinos los efectos de la revolución uruguaya. En la medida en que la revolución triunfe en el Uruguay no será, por sí misma, capaz de afianzarse aquí sólo, pero sí de iniciar una etapa de internacionalización de los efectos políticos revolucionarios. Se inicia entonces el 2º período de lucha prolongada contra la intervención extranjera, período en que se involucra la suerte o el destino de la región y no ya solamente de nuestro país. El Uruguay no se jugaría, según esta concepción, la suerte sólo del país, sino la suerte de la revolución en la región.

El Uruguay constituye el punto de mayor vulnerabilidad en la cadena imperialista regional, en la medida en que es un país carente de aperturas burguesas viables. La burguesía uruguaya ha sido incapaz de formular un proyecto, un modelo de desarrollo que le permita escapar al proceso de deterioro económico-social creciente que padece desde hace decenios. La tendencia al deterioro en todos los planos, lejos de atenuarse se acentúa incesantemente. El deterioro se va trasladando gradualmente del nivel económico, determinante en última instancia, a los niveles político e ideológico. La capacidad real de las clases dominantes uruguayas para enfrentar a la revolución, disminuye en la misma medida en que el deterioro se profundiza.

Las clases dominantes, insistimos, no han sido capaces y no parecen disponer de los medios para formular un proyecto que signifique la superación de esta situación. Su única respuesta ha sido intensificar la represión, lo cual si bien les ha valido éxitos en el plano militar, indudablemente constituye una respuesta políticamente no válida y cargada de riesgos para el futuro. La polarización de las luchas en el Uruguay, debido a esta circunstancia, o sea a la carencia de salida burguesa, es prácticamente inevitable en la medida en que el proceso de deterioro continúe. Nada sugiere, hoy por hoy, su detención, ni aún siquiera su estancamiento. Por el contrario, por períodos, adquiere una velocidad mayor. Es esta situación lo que legitima plenamente la vigencia de la acción armada desde ya en nuestro país.

La viabilidad de un desenlace insurreccional, debe consultar además de la coyuntura interna, la coyuntura global de la región. El aspecto más peligroso de ésta está radicado en el desarrollo burgués de Brasil. La inevitable internacionalización de la revolución uruguaya como proceso armado, o sea el hecho de que ésta termine inevitablemente en intervención extranjera, parece sugerir la pertinencia de una muy prolongada etapa de lucha encarada en términos de guerrilla, antes de llegar a un desenlace insurreccional cuya coyuntura debe ser muy precisamente escogida.

Se desprende claramente de lo aquí enunciado, que también en el marco de la concepción estratégica postulada por nosotros, tiene cabida un “momento nacional” digamos así, del proceso revolucionario, lo cual puede establecer una similitud aparente con el foco. Según se plantea aquí, el momento de la lucha por la independencia nacional también es posterior, en el tiempo, al momento social, o sea a la etapa social inicial, a la etapa de motivación social de la lucha guerrillera. Es de toda evidencia que dadas las condiciones particulares de nuestro país, es prácticamente inconcebible el establecimiento de un régimen de tipo socialista, o aún la realización de transformaciones sociales profundas sin contar con la intervención de las burguesías vecinas. Por otra parte nuestro país se halla plenamente inmerso en un proceso de integración regional, que no es nada más que la concreción del proceso de integración general correlativo a la etapa de penetración del capitalismo monopolista en América Latina. Dicho en otros términos, lo que sucede es que el Uruguay, por diversas vías se va integrando cada vez de manera más plena al ámbito económico de los países vecinos. Puede constituir y constituye, por supuesto, una zona de fricción entre las burguesías dependientes de los países vecinos.

Lo indudable es que todo parece indicar que el Uruguay burgués no sería viable en el largo plazo. La dominación burguesa en nuestro país, por lo tanto, en gran medida se asocia a la perspectiva de una integración dependiente respecto de las burguesías de los países vecinos. El destino del Uruguay como país independiente bajo dominación burguesa no parece ser viable. Dominación burguesa y perduración de la independencia política real surgen como términos contradictorios. En el plazo, el país va a ir perdiendo cada vez más su independencia real sin perjuicio de conservar una independencia formal cuya invalidez en el plano de la realidad será cada vez más evidente para todos. Si en el marco de su deterioro y de la creciente integración regional monopólica el Uruguay burgués está predestinado a la integración con los países vecinos y a la pérdida de su independencia, la única forma viable para que esta independencia perdure y sea una realidad, es la superación de la estructura burguesa en nuestro país. El Uruguay, en el marco del sistema capitalista, está destinado a la pérdida gradual de su independencia. Sólo dejando de ser capitalista podrá conservar su calidad de nación independiente. El Uruguay será independiente en la medida en que sea socialista. Por esta vía, socialismo y nacionalismo llegan, es cierto, a una final convergencia.

Toda concepción de nación es inseparable de una perspectiva de clase. La patria según la noción burguesa es la patria para los burgueses. La nación en la concepción proletaria, es sólo la nación socialista y por lo tanto la reivindicación de la independencia nacional y su consagración a través de un proceso de lucha armada se identifica con la lucha por el socialismo. El Uruguay será independiente si es socialista o no será independiente. Capitalismo y dependencia creciente son términos inseparables. La independencia política es incompatible con la vigencia del capitalismo en nuestro país, porque él lo lleva inexorablemente a una dependencia creciente, no ya referida al imperialismo yanqui, sino bien concretamente referida a las burguesías de los países vecinos, también dependientes, por supuesto. La burguesía uruguaya será necesariamente dependiente de burguesías a su vez dependientes. Este proceso será tanto más rápido, cuanto mayor sea por un lado el desarrollo de las burguesías dependientes vecinas, y cuanto mayor y más agudo e irreversible se torne el proceso de deterioro económico-social al que arrastra al país la dominación burguesa dependiente. Una real independencia nacional exige por lo tanto, el derrocamiento del poder burgués en el país.

La guerra de guerrilla a partir de motivaciones sociales efectivamente en determinado momento adquiere connotaciones nacionales. Una insurrección socialista, o por lo menos orientada a cambios radicales, será también sin duda una insurrección con fines nacionales.

Asociar los valores socialistas a los valores ideológicos nacionalistas, entendemos que es un elemento importante para ampliar la esfera de acción ideológica de la revolución. No queremos introducirnos aquí en un análisis teórico respecto al contenido y los alcances del “patriotismo” como ideología. Solamente queremos formular la hipótesis de su implementación como elemento ideológico sin que ello implique negar la necesidad de adecuaciones para ubicarlo en la concepción general socialista. Distinta es, nos parece ya que estamos en esto, la valoración que debe hacerse de la ideología democrático-liberal. Dijimos más de una vez ya, que el esquema operativo del foco, suponía la iniciación de la actividad militar a partir de motivaciones sociales, prolongable luego hacia la rehabilitación de la democracia liberal, una vez que la misma acción del foco hubiera generado factores represivos suficientes y prolongables posteriormente a la defensa de la causa nacional, en la medida en que motivara una intervención. Sobre la vinculación de las motivaciones sociales de la lucha armada con la lucha nacional, hemos sugerido algo más arriba.

Respecto a la vinculación de las motivaciones sociales con los valores ideológicos democrático-liberales, pensamos que la conducta debe ser diferente. No creemos que bajo ningún concepto sea reivindicable la institucionalidad liberal-democrática como meta de la lucha. Pensamos que un movimiento auténticamente revolucionario tiene que postular desde ya, y en la medida en que ello sea posible y compatible con el nivel de comprensión popular, objetivos de organización política diferentes a la organización tradicional estatal-burguesa. La estructura estatal burguesa debe ser denunciada y combatida en el plano ideológico desde ahora. No compartimos en absoluto por lo tanto la perspectiva de una etapa de lucha pro-democrática, tal como se la plantearía el foco. La revolución uruguaya será socialista y nacional, pero no debe ser liberal-democrática. Debe postular una estructura de poder totalmente diferente. Ello implica el trabajo de concebir formas de poder popular, y la crítica sistemática sobre los niveles jurídico-políticos de organización del estado burgués dependiente, y de crítica de la ideología política que sostiene e informa esta estructura estatal-burguesa dependiente.

Tratando de resumir los aspectos militares de la práctica foquista, enunciemos los siguientes puntos: el foquismo en la versión del M.L.N. postula el criterio de que la actividad armada por sí sola puede generar las condiciones políticas de la revolución. ¿En qué consiste la generación de estas condiciones políticas? En primer término, la actividad inicial del foco polariza a su alrededor la opinión de los sectores más politizados. La actividad sostenida del foco generaría la represión, y ésta aparejaría tarde o temprano la alteración del marco institucional democrático. A partir de la existencia de una dictadura, la lucha contra ella polarizaría en torno al foco, al conjunto de la opinión política no ya revolucionaria, no ya simplemente de izquierda, sino aún la liberal. En la medida en que el foco se sostuviera, operando siempre a niveles más altos, esto terminaría generando la intervención extranjera. Ella pondría junto al foco al conjunto del país. En términos políticos, la guerra de guerrilla iniciada por motivaciones sociales, adquiriría después un contenido político democrático y posteriormente, en la etapa final, un contenido de guerra nacional. El foco generaría así, empezando al revés, digamos, las condiciones políticas que tradicionalmente (caso cubano por ejemplo) generó la dictadura. En lugar de ser respuesta a una dictadura o a una situación colonial descarnadas, el foco las generaría. En lugar de ser respuesta a la dictadura abierta, el foco traería la dictadura abierta. En lugar de ser respuesta a una dominación extranjera directa, el foco atraería la dominación extranjera directa. En virtud de ello, el foco capitalizaría sin necesidad de lucha ideológica previa, es decir, sin necesidad de romper las estructuras ideológicas burguesas, capitalizaría los propios valores de la ideología burguesa: democratismo liberal y nacionalismo. La estrategia foquista pretende ser un atajo precisamente por eso: por el hecho de que sería un intento de canalizar rápidamente hacia la causa revolucionaria la propia ideología burguesa.

¿Cómo se lograrían estos efectos políticos? Para lograrlos se necesitan acciones impactantes. El impacto sicológico necesita un “crescendo”, una intensificación gradual y sostenida de las acciones. Si se retorna a niveles operativos ya superados, el efecto de impacto disminuye o desaparece. Los efectos políticos de la operatividad se volatilizan si ésta no sigue un curso sostenidamente ascendente. Un efecto similar al de la intensificación o ampliación de la magnitud de las operaciones, se logra variando la índole de éstas. Variar el tipo de operaciones e incrementar el nivel de éstas en aquellos ramos o variantes operativos ya realizados, son los dos caminos para persistir en el logro del impacto sicológico. El impacto sicológico genera simpatías.

En la expectativa de que los objetivos revolucionarios democrático y nacional se logran por este método, no interesa desarrollar esta simpatía en el sentido de una conversión, digamos así, ideológica, de una modificación en profundidad de la ideología de la gente, ya que esto no sería necesario.

Todo el proceso se concibe por supuesto como breve, brevedad que no descarta una perduración de algunos años. Lo decisivo es la actividad operativa. Lo único que importa substancialmente es el desarrollo del aparato armado. La capitalización política puede hacerse en términos de mera simpatía encuadrable precariamente en un movimiento de masa, concebido básicamente como una pecera donde pescar, como lugar de reclutamiento, como un lugar de recurrencia para obtener el apoyo necesario al aparato armado.

La canalización política de las simpatías obtenidas, no reviste la forma de partido. Ello implica que el movimiento correspondiente carece de línea clara en materia política, ideológica y de masa. El foco descarta realmente una política para masas. El foco descarta la organización de un partido, única forma de desarrollar esta política a nivel de masas. El foco descarta la modificación ideológica profunda, incluso de sus propios militantes. ¿Por qué? Porque se supone que la actividad armada generará una dinámica, la dinámica que enunciamos antes, que hace obviable todo este complejo proceso visualizado en la concepción foquista, como demasiado engorroso. La lucha armada abrevia, permite capitalizar para la revolución los propios valores ideológicos burgueses. Por eso no hay que discutir ni siquiera con el reformismo. Ello es innecesario, puesto que la dinámica generada por las operaciones armadas arrastrará al reformismo al terreno de la revolución donde será furgón de cola, o será destruido por la represión. En realidad la función política en la concepción foquista es depositada en manos de la reacción. Es la represión la encargada de persuadir al pueblo de las ventajas de la revolución. Para que ello sea posible y fácil, es necesario que los revolucionarios no le planteen al pueblo opciones complejas, ideologías, problemas complicados.

Es necesario que el foco revolucionario sostenga una posición sumamente amplia en lo ideológico que no obstaculice la adhesión de nadie, puesto que se prevé que la adhesión será masiva, en el sentido cuantitativo y masiva en cuanto a nivel ideológico de los adherentes. La causa es primero social, luego es democrática y después patriótica. Y todos deben estar en condiciones de enrolarse en ella. La forma de la propaganda no debe revestir complejidades teóricas o ideológicas, debe ser accesible a todos. El folklore es la forma evidentemente más eficaz para este tipo de prédica. El contenido propagandístico es emotivo, no racional. Lo racional limita la posibilidad de adhesión y es complicado; lo emotivo llega a todos. Se prescinde por supuesto de la teoría. Son los hechos los que definen.

De lo que se trata fundamentalmente es de sostener la moral del movimiento y el entusiasmo revolucionario de las masas, a través de hechos. Por eso los hechos tienen que ser constantes, sostenidos y cada vez de importancia mayor. Es la importancia permanentemente creciente de los hechos lo que significa el avance de la revolución. Es la importancia constantemente creciente de los hechos o la variación del terreno sobre los cuales se hacen, lo que sostiene la moral inclusive del movimiento. El reclutamiento se define en torno a la propensión a realizar hechos. La propensión a realizar hechos se define en cuanto a un ánimo sentimental y emotivo. El ánimo sentimental y emotivo se genera en los hechos. Esta ideología resulta viable, es obvio, como motor de un movimiento concebido en términos cortoplacistas. Es funcional en un movimiento que parte de la base de que su camino va a estar constituido por éxitos constantes puesto que la posibilidad de operar siempre en sentido ascendente, supone el éxito permanente. La línea sostenida en base a operar siempre en sentido ascendente supone la subestimación del enemigo. Subestimación que no está avalada por ningún análisis de coyuntura. Los hechos han demostrado los alcances ruinosos de este criterio.

Está implícita en la concepción enunciada, la pertinencia y la necesidad de ampliar constantemente los efectivos. La concepción cortoplacista conduce a la conclusión de que es necesario crear un ejército clandestino al menor plazo posible. Si la coyuntura política puede ser forzada, digamos así, a partir de acciones armadas, cuanto mayores sean las acciones armadas, cuanto mayor sea el aparato armado, más fácil y rápidamente se forzará la coyuntura política. Está implícita en este criterio la concepción voluntarista. Va unida a ello la confianza en el efecto multiplicador de las acciones armadas. Cualquier tipo de estructura social, política, económica, puede ser deformada y modificada con las armas, en el sentido en que lo desean voluntariamente quienes empuñan esas armas.

La actividad política pasa a ser para el foquismo decisión subjetiva de un grupo operativo y no producto de un proceso global de la sociedad. Pesa más la decisión de un grupo más o menos aislado, que el comportamiento de las clases sociales. Esta actitud conviene perfectamente a la postura ideológica de determinados sectores pequeño-burgueses, en concreto de la pequeña burguesía culta, la llamada “intelligenzia” que opera en nuestro país como fuerza social bastante al margen de las clases sociales fundamentales, en gran medida como producto del retraso del nivel de conciencia de la clase obrera. Es difícil precisar a veces en qué medida este comportamiento de grupos pequeño-burgueses responde realmente a los intereses de clase obrera o a preocupaciones de abrirse paso en la jerarquía social vigente. En qué medida su ánimo revolucionario no está determinado por la presencia de una burguesía que taponea sus expectativas de “ascenso social” burgués en el marco de una formación social estancada.

Sea como fuere, esta concepción foquista implica en lo militar la necesidad de crear un ejército clandestino. La necesidad de crear un ejército clandestino plantea un nivel reducido de exigencias para el reclutamiento. Cuando decimos ejército clandestino, no nos estamos refiriendo por supuesto a un aparato armado de dimensión cuantitativa considerable como lo fue el M.L.N. Un bajo nivel de exigencia para el reclutamiento, unido a un bajo nivel de exigencia en cuanto a la formación político-ideológica de los cuadros, acentúa la vulnerabilidad de estos frente a la represión. Cuadros mal formados políticamente son vulnerables a la represión. La concepción cortoplacista subestima la necesidad de compartimentar. El aspecto de seguridad es subestimado en la medida en que se considera fácil la reposición de los cuadros perdidos y se considera breve el período de la lucha.

Creemos que estas circunstancias están en el fondo de la derrota del M.L.N. a partir de abril. Muy difícilmente un movimiento que se desarrolle en el marco de la concepción foquista podrá superar estas debilidades, que sólo son superables a partir de un criterio largoplacista. Aún las traiciones abiertas registradas a nivel de dirección en el M.L.N., aparte de su aspecto anecdótico, evidencian la subestimación de la necesaria homogeneidad política en los niveles de dirección. Nada de lo que ha sucedido resulta demasiado extraño si se parte del contenido de la concepción foquista. Es la política la que debe dirigir las armas y no la armas las que dirijan la política. La guerra no es sólo un problema técnico. Es -ni más ni menos- la política por otros medios.

¿Bajo qué condiciones un aparato armado podría por sí sólo desarrollar con éxito una acción revolucionaria? Contestar eta pregunta implica en cierta medida delimitar las posibilidades de éxito de eventuales nuevos intentos foquistas. Estos serían viables a partir de que las condiciones materiales de vida de las masas hayan experimentado un descenso muy marcado, al tiempo que empieza a quebrarse seriamente el predominio ideológico burgués. Sería viable cuando las vías habilitadas por el sistema, o sea la lucha gremial, la acción electoral, la acción propagandística pública, estén obstruidas, o aún estando abiertas sean de inoperancia evidente para las masas. Esto por supuesto se habría objetivado, en esa situación, en disposiciones y actos concretos de represión. En definitiva, un aparato armado podría desarrollar por sí solo una actividad política, sin partido, cuando el devenir espontáneo del proceso generara un malestar social generalizado, intenso y comprimido. El foquismo sólo sería viable en el marco de una gran desesperación de las masas que no encontraran canales políticos para expresarse. El foquismo sería viable, en suma, cuando las motivaciones sociales tuvieran una dimensión y una profundidad mucho mayor de las que tienen actualmente. Ello permitiría, en nombre de esas motivaciones sociales, generar una dinámica de apoyo masivo popular al foco. Permitiría masificar efectivamente el proceso de lucha armada en un plazo breve. Sólo en esas condiciones el foquismo lograría una inserción o una capitalización política efectiva de masas. La configuración de esas condiciones puede exigir aún un lapso más o menos prolongado; ello dependerá de la velocidad que llegue a adquirir el proceso de deterioro económico-social y de la eficacia con que este deterioro a nivel económico social en el plano político, endureciendo las formas de dominación política; y en el plano ideológico quebrantando la hegemonía ideológica burguesa sobre las masas.

Ninguna de estas condiciones estaba generada cuando el foco empezó a operar como tal, ni están generadas aún actualmente. Tampoco se generarán con características adecuadas si el proceso funciona de manera sólo espontánea. Ello hace necesaria la acción política concretada en la estructuración de un partido que opere a nivel público, a nivel de masas, y clandestinamente como práctica militar. Práctica militar no foquista, por supuesto, ya que las condiciones para el foco no están creadas. Naturalmente en la medida en que esas condiciones de desesperación social de las masas, de endurecimiento de la estructura política, de deterioro de la influencia ideológica de la burguesía, se generen y acentúen, el aspecto militar del trabajo político adquirirá una relevancia cada vez mayor, hasta predominar claramente sobre el aspecto de acción pública, no militar, a nivel de masas. El aspecto militar del trabajo crecerá en la medida en que la situación a nivel de masas revista condiciones cada vez más favorables a un desenlace revolucionario. Sin embargo, en ningún momento será prescindible y dejará de ser necesaria la acción a nivel de masas, la acción pública, la acción específicamente política del partido. En la perspectiva de un desenlace insurreccional, esta es obviamente imprescindible. Insurrección significa -lo dijimos- participación activa de un sector importante de masas. Significa la realización de un trabajo político previo sobre el ejército, especialmente, por supuesto, en sus escalones inferiores de tropa, como requisitos indispensables, además del desarrollo previo de un aparato armado relativamente importante.

Hay un aspecto que no queremos omitir y que en abril se planteaba la dirección del M.L.N. como uno de los principales obstáculos con que tropezaba su acción. El consiste en la llamada “anestesia” de las masas frente al impacto buscado por las acciones. Un aparato armado no puede fijar su estrategia a la necesidad de realizar acciones siempre en un sentido linealmente ascendente o variando su campo. Una concepción de lucha prolongada implica la aceptación, como en Vietnam, de niveles diferentes de operatividad, siempre reversibles. Una estrategia que presupone el incremento previsible por parte del enemigo; se vuelve inadaptable a la coyuntura política de la sociedad en general. Aún en el marco de un proceso de deterioro económico-social y de deterioro a todos los niveles, este proceso tiene ritmos diferentes. Puede incluso retroceder en su desarrollo. Pueden crearse coyunturas transitoriamente favorables a la burguesía. Y un aparato armado que opere sobre el supuesto de un nivel siempre creciente de operaciones, no está en condiciones de flexibilizar su práctica militar en atención a estos hechos. Por lo tanto, la receptividad en las masas puede resultar difícil o aún inadecuada.

La práctica militar implica fatalmente en determinado momento, o en determinado nivel de su desarrollo, acciones “antipáticas”. La aceptación de acciones antipáticas, supone la modificación previa de la ideología en sectores populares cada vez más amplios. Sólo así estarán éstos en condiciones de aceptar lo antipático que inevitablemente resulta de la práctica militar a cierto nivel de su desarrollo. Es un error básico del foquismo suponer que los hechos militares pueden llegar a ser indefectiblemente simpáticos, si se prescinde de la conquista ideológica de las masas, en determinado momento llegan a ser antipáticos. Pero la conquista ideológica de las masas supone la actividad de un partido, y la aceptación de una lucha a largo plazo.

La creación de un partido, o sea la existencia de una práctica política pública vinculada a la actividad del aparato armado, supone definiciones ideológicas, supone tarde o temprano la adopción de posiciones teóricas. Supone por supuesto el enfrentamiento público a las corrientes ideológicas hostiles. Supone, en suma, todo lo que supone una práctica política pública. Y ésta es incompatible, como tal, con la concepción ideológico político, que es lo que habilita la posibilidad de empalmar la práctica armada con la ideología predominante. El intento de compatibilizar una práctica revolucionaria con la hegemonía ideológica burguesa, concretado en la búsqueda de canalizar revolucionariamente las condiciones democrático-liberales y nacionales de las masas.

¿Cómo evitar la “anestesia” generada tarde o temprano por la persistencia operativa? ¿Cómo evitar las repercusiones negativas de las acciones antipáticas? El M.L.N. nunca encontró otra solución a este problema que no fuera el incremento del nivel operativo, y el éxito de esta presunta solución suponía que ante el incremento del nivel de operatividad se iban a dar por parte del enemigo determinadas respuestas de orden político. El fracaso del M.L.N. radica en gran medida, en que las respuestas del enemigo no fueron las previstas. Vuelto vulnerable por su propio desarrollo cuantitativo, el aparato armado foquista no logró sin embargo, a través de su práctica militar, producir los cambios políticos que se esperaban. Como numeroso ejército clandestino que era, quedó gradualmente aislado de las masas, soportando la vulnerabilidad que su dimensión inadecuada le aparejaba, sin cosechar sin embargo la adhesión de masas necesaria. Trabajando con la tortura, la represión golpeó al M.L.N. allí donde era débil, en el nivel de formación de sus cuadros militantes, en la falta de homogeneidad de su dirección política, que fue fisurada en los niveles intermedios y aún en la cabeza por la traición. A través de los efectos de la tortura se consigue desmantelar rápidamente la infra. La dimensión cuantitativa, inadecuada demostró entonces su peligrosidad. Las detenciones masivas de militantes evidenciaron esto.

La enorme impedimento, el inmenso equipo acumulado por el M.L.N. con vistas a una “guerra” definida en términos concretos de hostigamiento, constituyó un factor más de debilidad. La caída de gran cantidad de casas y de grandes depósitos de armas y municiones operó moralmente en sentido negativo y acentuó los malos efectos de la deficitaria formación política de los militantes. Recibidos unos cuantos golpes, el clima de desmoralización ganó al movimiento y precipitó su derrota. La descompartimentación mostró entonces sus efectos nefastos.

La precariedad del encuadre político logrado para los simpatizantes del foco evidenció su escasa utilidad. Incluso llegó a ser imposible orquestar una campaña pública de entidad suficiente contra las torturas. Se dio la gran paradoja de que en el marco ideológico totalmente inadecuado del M.L.N. se pudiera vivir subrepticiamente una acción represiva con características similares a las de Brasil o Argelia, sin que ello llegase a suscitar una reacción pública de entidad suficiente. Un movimiento de simpatías no equivale a un partido político. Un movimiento de simpatías amorfo ideológicamente, carente, en suma, de otra estrategia y otra táctica que no fuera la mera simpatía con los hechos armados y su adhesión emotiva a ellos no es suficiente. Un partido político es otra cosa.

La concepción foquista tolera el encuadre de las simpatías en movimientos de simpatizantes con la acción militar. La concepción foquista no tolera la existencia de un partido, que es incompatible con ella. Pero el movimiento de simpatizantes demuestra su ineficacia como forma de acción pública. Sigue siendo valedero que el foquismo es excluyente de una práctica política pública a pesar de las apariencias que llegó a tener en su versión uruguaya. Sólo un verdadero partido político con inserción de masas y con acción pública, es capaz de asumir a nivel de masas las responsabilidades inherentes a su vinculación con una práctica militar. Un movimiento amorfo de simpatizantes no es capaz de asumir idóneamente esas responsabilidades. La experiencia uruguaya lo demuestra concluyentemente. El fracaso de esa especie de acción pública del foco es el correlato necesario de la concepción foquista en el plano militar. A pesar de sus adaptaciones de las cuales hemos dado cuenta a lo largo de esta serie de trabajos, la versión uruguaya del foquismo demostró concluyentemente su error, su invalidez, tanto en el plano militar, como en el plano de la acción pública. Ambos fracasos no son más que las dos caras de la misma moneda. El fracaso en los dos planos seguirá siendo inevitable en la medida en que el foquismo no revise a fondo su concepción. En la medida en que no deje de ser foquista, ningún movimiento revolucionario conseguirá canalizar eficazmente los esfuerzos de la revolución uruguaya. Por el contrario, contribuirá a generar condiciones capaces de poner en peligro el conjunto del proceso.

El foquismo, la vigencia de la concepción foquista, sólo puede contribuir a abortar el desarrollo del proceso revolucionario uruguayo. Por supuesto, ello no obsta al reconocimiento de la motivación y la naturaleza revolucionaria de la actividad de los compañeros que, compartiendo la errónea concepción foquista desarrollaron el M.L.N. ¿En qué radica el reconocimiento como revolucionarios de estos compañeros? Validaron definitivamente la práctica militar que ellos introdujeron en el Uruguay. Su actitud implica una ruptura a fondo y definitiva con la estructura de poder vigente. La ataca en el plano más sensible, en el plano del cuestionamiento, del monopolio de la fuerza por el estado burgués. Contribuyeron en alguna medida, indirectamente y en forma parcial, a deteriorar la hegemonía ideológica burguesa sobre las masas, aún actuando desde una perspectiva no proletaria, pequeño-burguesa. ¿Son revolucionarios los compañeros que han participado en la actividad del foco? Si. ¿Es el foquismo una concepción revolucionaria eficaz? No. El foquismo es una concepción revolucionaria errónea y como tal negativa y peligrosa para la revolución.

 


-- Descargar artículo como PDF --