Poder, autogestión y lucha de clases. Una aproximación al tema.

“El poder no se da, no se intercambia ni se retoma, sino que se ejerce y sólo existe en acto…Que reglas de derecho hacen funcionar las relaciones de poder para producir discursos de verdad, qué tipo de poder es susceptible de producir discursos de verdad que están, en una sociedad como la nuestra, dotados de efectos tan poderosos.

En cualquier sociedad, múltiples relaciones de poder atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social. Estas relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento de los discursos”. *

 

Una concepción y una práctica de autogestión tiene su producción específica, tiene su propio discurso. Tiene su propia producción de poder, poder popular en este caso.

Nos interesa ir viendo la línea histórica de producción de este discurso en nuestro país. La influencias que en tal sentido recibe el campo obrero-popular de ideas y experiencias que llegan con los inmigrantes, con la propaganda o con el conocimiento de hechos que transcurren, como todo esto se inserta, como circula y calan hondo, produciendo finalmente una especie de sincretismo.

Pero deseamos remarcar que en el despliegue de esta temática tendremos especialmente en cuenta las características particulares de nuestra formación social, sus transformaciones, sin descuidar lo que tiene de común con otros países, más que nada con los del área y obviamente las condicionantes que las estructuras de poder mundial establecen.

Nuestro movimiento obrero popular tiene un nacimiento clasista y básicamente de acción directa, marcadamente en guerra contra un sistema que percibe como enemigo de sus esperanzas de lograr una vida distinta. Con prácticas creciente de autogestión. El desarrollo por décadas de prácticas autogestivas, de discursos ideológico-teóricos alimentadores de ellas, dejaron una huella en su fondo histórico, en la reproducción de ciertos valores, en las características de nuestro movimiento obrero-popular. En los avances de los tiempos y procesos de vida y de lucha nuevos “sincretismos” se produjeron, pero ellos no hicieron desaparecer, ni mucho menos, aquel pasado que continuaba atravesando los tiempos, circulando zigzagueantemente en nuevos contextos y manteniendo determinados grados de reproducción ideológica.

Quizás hoy, debido al uso múltiple que se hace del concepto de autogestión, sea necesario algún grado de definición de él. Pues se usa el concepto de diferentes maneras, con contenidos que resultan muy disímiles. No conviene dejar tal concepto por sobreentendido, o librado al “sentido común” hoy tan en boga.

 

¿Sentido común, me dijo?

Hay un saber que no se encuentra en los libros, que no proviene de la ilustración ni de lo académico. Tiene que ver con experiencias vividas, con respuestas dadas en determinadas circunstancias, muchas veces en situaciones límites. Ciertas condiciones de vida generan “reflejos”, “visteo” una mirada muy especial. En criollo a mucho de esto se le llama tener “calle”, “boliche”. Pero esta mirada no es precisamente “sentido común”, más bien parece otra cosa. Parece una mirada que a su manera rompe con el cómodo “sentido común”. “En cualquier circunstancia, lo inmediato debe ceder el paso a lo construido… ¿Qué sería una función sin ocasiones para funcionar? ¿Qué sería de la razón sin ocasiones de razonar?”, comenta Bachelard.

Ante un universo preñado de ideas, nociones que bombardean equívocos y determinados valores, un bombardeo no ingenuo que cuenta con la gran eficacia de los medios de comunicación y educación para moldear el pensamiento, el rechazo al “sentido común” es un primer paso para una reflexión liberadora. En tal sentido “no podemos tener ninguna confianza en la instrucción que el dato inmediato pretende proporcionarnos” agrega Bachelard.  Una vez la inmovilidad de la tierra fue “sentido común” indiscutible. “Solo cuando Cristóbal Colón descubrió América, la tierra convencida de que era redonda se puso por fin a dar vueltas” dirá un poeta.

Antes estos discursos cabe la alarma. Lo mismo con esos discursos que están llenos de respuesta y para los cuales no cuenta el deterioro o caída de paradigmas que lo sostenían. Parece más productivo asumir ignorancia y plantearse preguntas. Más en un momento histórico como este.

Un comienzo para una definición

Parece ser entonces que para abordar el concepto autogestión en su sentido global, para que a su vez guarde parentesco con sus premisas e intencionalidad iniciales necesita de una mirada, de una forma de tratamiento.

Como definición con intenciones de acercamiento podríamos decir que autogestión sería, en términos generales, el poder de resolución efectivo sobre el conjunto de los problemas políticos, económicos, sociales no en la cúpula sino en la base popular. Comprende campos diversos: formas de organización política, organización de los procesos de producción y servicios, educación, aspectos culturales e ideológicos.

La autogestión así concebida, con la amplitud que nos parece que corresponde, es toda una concepción que necesita de elementos coherentes para un auténtico desarrollo. Implica una transformación radical, no solo económica, como de manera limitada se le menciona en muchas oportunidades, sino también política e ideológica. No disciplina cuerpos para la sumisión, la obediencia y el mando sino que tiende a destruir, a descontinuar, la noción actual de política como algo reservado a una casta y crear otro contenido a ese concepto: la toma en sus manos, de los diversos organismos sociales, a todos los niveles y sin intermediarios de los asuntos que le competen, con miras a constituir un orden social sobre esas bases. Lo que implicaría socializar también la política, que no implica desconstituir su espacio específico sino concebirlo de otra forma.

Un articulación consecuentemente autogestionaria no surge de la nada, necesita para su creación y desarrollo de elementos coherentes con su sentido. Su propia estrategia. Puede y debe producir su discurso político-social acorde con células compatibles: participación real, federalismo, libertad, solidaridad.

En consecuencia son nocivos para su desarrollo “cosas” tales como: el estado, el autoritarismo, la jerarquización, el mando y la obediencia; la instituciones hechas para asumir la representación popular sin su control. Mas bien produce cuerpos para la libertad. No sería propiamente un disciplinamiento si se piensa en la libertad no como hijastra del orden social sino como madre del orden social.

 

Algo sobre su génesis

Entendemos que este concepto de autogestión nace en el seno de la corriente socialista emergente. En los años que van de 1840 a 1865 se formulan en tal sentido, con mayor claridad, aspectos medulares. Contrapuesto al sistema capitalista, a la clase burguesa, a sus mitos y sus instituciones de reproducción. Se vincula, como puede hacerlo un concepto con una experiencia histórica, con las rebeldías, luchas y ansias de emancipación de pueblos explotados y oprimidos. No es concepto neutro, si es que puede existir un concepto así, está en estrecha relación con la clase trabajadora y sus sueños de auténtica justicia social. Un “sentimiento-saber” de independencia de clase, de ser antagónico con este sistema, de que el camino de su liberación no se encuentra en los circuitos y vías que el opresor propone.

Es en sus comienzos hijo de la corriente socialista en general, pero no todas las ramas de esta ideología lo mantuvieron como prioritario, como una concepción a procesar coherentemente, ya por razones de prioridades estratégicas o por estimaciones de que ciclos de etapas debieran precederla o por establecer fácticamente que medio y fines no tienen por qué guardar relaciones de coherencia. Sobre esto último, estudiosos del tema, han ido estableciendo lo contrario. Que es de primer orden las implicaciones “pedagógicas” de nuestra acción social-política. Lo que hacemos es lo que terminamos siendo. Si aceptamos pautas de acción en las que están ausentes procesos de liberación, participación efectiva de la gente, sólo mágicamente se puede pensar que nos acercamos a  un objetivo emancipador. Ya no parece materia de discusión esta problemática. Sí acordamos, que medios y fines pertenecen a dimensiones distintas, pero su necesaria aunque compleja articulación no ofrece dudas. Suponemos que queda claro que no estamos afirmando que los principios pueden ser aplicados, sin más, término a término a los procesos sociales concretos. Nos estamos refiriendo a un modelo, a la vez que a una orientación de trabajo militante.

 

Una cuna socialista

En ese origen socialista de la autogestión, de una sociedad sin estado, gestionada en sus diferentes planos por los verdaderos interesados, hay básico acuerdo de concepciones socialistas que con el tiempo se separarían. Dirá Marx  por aquel entonces sobre el estado: “escalofriante cuerpo parásito”. Prohudon dirá un poco antes: “ Nosotros, productores asociados o en vías de asociación no necesitamos el Estado”.

Tan es así que los textos iniciales de la Primera Internacional harán suyo este concepto de autogestión que ya venía con cierto desarrollo. Particularmente por parte de los proudhonianos. Veamos.

El preámbulo a los estatutos en 1864 dice:

“La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos; los esfuerzos de los trabajadores por conquistar su emancipación no deben tender a constituir nuevos privilegios, sino establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes”. Este enunciado tiene que ver mucho con las ideas de Proudhon ya que es un francés, Tolain, proudhoniano él, quien hace la proposición.

No dejamos de tener en cuenta que este concepto en el correr del tiempo ha sido usado de diferentes maneras, en distintos momentos históricos. Muchas veces intentando articularlo con estatismo y dominación o exclusivamente como economía. Pero cierto es también que resurge, una y otra vez, con sus viejas ropas proletarias de emancipación.  Es justamente ir al rescate de esos “trapos” lo que nos interesa.

 

Aplicando autogestión en la tarea de todos los días

No hay pueblo que no haya generado elementos ideológicos, en diferente grado, de distinta “calidad” a través de sus múltiples experiencias sociales. Rebeldías, degradaciones, impotencia, rabia, resignación, ansias de cambio. En un momento dado cada pueblo tiene su “capital” ideológico, que puede no ser el que deseamos, pero como diría Perogrullo, es el que es.

Acordamos también que se puede organizar lo que tiene nivel de existencia. Pero por que tomar de esa vasta cantera de experiencias, emociones e ideas solo aquello que permite la continuación de lo mismo. Y de ahí debemos partir para crear y recrear.

La emancipación real de los oprimidos será un largo proceso aún en el marco de una consecuente práctica autogestionaria. Proceso nada rectilíneo por supuesto pero que tiene sus propias “leyes”. Debiera estar presente en cada grado de participación que se conquiste, en el estímulo para que la gente cotidianamente participe de la acción social. Desarrollando capacidad combativa y fe en sus propias fuerzas, en su capacidad de realización. Generando espacios y estímulos para la participación en sindicatos, cooperativas, centros barriales y estudiantiles, en organizaciones de protesta y reivindicaciones: por trabajo, salud, techo, tierra. Y buscar las conexiones necesarias para que toda esa vida social no quede fragmentada, atomizada, que constituya una fuerza social abrazada por la solidaridad y el sentimiento de pertenencia a una misma clase. La clase oprimida por un sistema que en su seno, cada día queda más claro, no ofrece perspectivas para los de abajo. Un largo viaje de esperanzas, luchas y sueños. Pero no un problema insoluble. “Un problema insoluble es un problema mal planteado, que una experiencia se describe como irrealizable cuando se sitúa la imposibilidad en el planteamiento. Demasiado a menudo el enunciado de una limitación implica una condena al fracaso… trazar claramente una frontera significa franquearla…”.  Sí, la historia parece indicarlo, mal planteado el problema es el fracaso. El solo plantearlo bien ya es un avance. Elegir, una y otra vez, caminos ciegos no ofrece salida.

Para neutralizar en lo que sea posible en cada momento la injerencia de la “cultura” reinante que consagra lo que está como “natural” es necesario una cotidiana práctica en el nivel económico, político, cultural, artístico, educacional, en todas las manifestaciones de la vida social; siendo para la autoeducación del pueblo la solidaridad, la gestión directa, el funcionamiento sin palabras de orden y tutelaje de primordial importancia. La autoeducación en la solidaridad, en la cooperación social y ayuda mutua abre caminos no fáciles pero verdaderos.

La autogestión está pensada en un largo trayecto social, atravesando distintas coyunturas y etapas, como una practica social-política desestructuradora del sistema existente y como portadora y proporcionadora de los órganos de poder popular que servirían de base: sindicatos, federaciones sindicales, colectividades campesinas, comunas, centros y asociaciones barriales y regionales, centros y federaciones estudiantiles, cooperativas de intercambio de productos, cooperativas de vivienda, centros culturales, instituciones de educación popular. etc.

 

La autogestión en nuestra historia obrero-popular

Hechas algunas consideraciones y precisiones que considerábamos pertinente nos ubicaríamos ahora fundamentalmente en la autogestión en la historia de nuestro movimiento obrero-popular.

Hay un hilo de relación de aquel origen con expresiones sociales obreras de la primera época. Tal es el “sistema mutual” o “Confederación Mutualista” autogestionaria de Proudhon con el mutualismo obrero en nuestro país. Un Mutualismo que más tarde se proyectará en el tiempo.

Este nombre de mutualista dado a su concepción autogestionaria por Prohudon también tiene origen obrero. Más aún, viene de una sociedad obrera clandestina. En 1841 toma contacto en Francia con una organización obrera clandestina de textiles llamada los mutualistas.

Proudhon como tantos otros es hijo de su tiempo, del espisteme reinante. Se le pueden criticar cosas relevantes pero no puede negarse su aporte principal a una concepción coherente autogestionaria. En lo que hace a nuestra historia tiene cierta influencia nada más que en un comienzo en nuestro movimiento obrero, salvo parte de su concepción mutualista que dura mucho más. Serán otros teóricos libertarios los que profundizarán después esta concepción autogestionaria global. Pero todo ese pensamiento autogestionario que continuará tendrá mucho de común con afirmaciones proudhonianas como la que hace en la siguiente síntesis, con semejanzas al “vigilar y castigar” de Foucault:

“Ser gobernado significa ser vigilados, inspeccionados, espiados, dirigidos, valorados, sopesados, censurados… ser anotados, registrados, censados, tarifados, timbrados, señalados, cosificados, patentados, licenciados, autorizados, apostrofados, castigados, impedidos, reformados, encauzados, corregidos. Significa bajo el pretexto de la autoridad pública y bajo el pretexto del interés general, ser amaestrados, cuadriculados, explotados, monopolizados, prensados, mistificados, robados; después al menor signo de resistencia o a  la primera palabra de protesta, caer preso, mutado, mutilado, vilipendiado, vejado, apaleado… encarcelados, fusilados, ametrallados, juzgados, condenados, deportados… Esto es el gobierno, esta su justicia, esta su moral”. Podría agregarse esta es la preparación, la disciplinación, de los cuerpos para la funcionalidad del sistema, de toda estructura de dominación.

 

Algo sobre aquellos sindicatos precursores de las últimas décadas del siglo XIX.

Como habíamos dicho más arriba en medios obreros, concretamente textiles en Francia, en 1841 ya usaban la denominación de mutualistas. A esa misma altura Proudhon adopta esta definición y le va dando contenido socialista. Es un poco después, en 1848, que el obispo alemán Ketteler manifiesta su apoyo a mutualistas y cooperativas obreras. Algunas corrientes de la Iglesia difundirán, con otro contenido estos conceptos, especialmente el mutualista. En Uruguay aparecerá de la mano del cristianismo y el proudhonismo. Pero el concepto mutual y de autogestión que se vincula con la formación de sindicatos y luchas iniciales obreras es fundamentalmente el proveniente de la corriente socialista. Ya en los inicios de la década del 60´ del siglo XIX circulan en Uruguay distintos escritos de Proudhon.

Muchos de los primeros sindicatos tendrán denominaciones como de “socorros mutuos” “Asociación Comospolita de Socorros Mutuos”, “ayuda mutua”. Algunos, incluso, comienzan como mutualistas y se transforman rápido en sindicato. Los hay que combinan estas dos funciones desde su comienzo mismo como sindicato.

En el último cuarto del siglo XIX es cuando las organizaciones sindicales tienen más desarrollo y sus definiciones se tornan más nítidamente radicales y clasistas. Transitando caminos de autogestión con independencia de clase podemos ver un poco a nuestra historia obrera en toda la etapa inicial de fundación y desarrollo de sindicatos.


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