La Educación: De lo que viene a lo que iría.

La dictadura militar se retiraba de la escena política y dejaba un sin fin de señales y secuelas, marcaba improntas en muchos ámbitos del quehacer social. La educación no estuvo ajena a ello; es más, fue uno de los espacios donde la dictadura dejó huellas que aún hoy están frescas.

La Ley 14.101 de 1973, aprobada en enero –cinco meses antes del golpe de Estado- imponía en la Enseñanza una nueva forma de gobierno de la misma, dentro del marco del avance autoritario y fascista que se venía dando en el país por aquellos años. Desde 1935, cuando Secundaria es separada de la Universidad hasta 1970, la Educación Secundaria y Técnico Profesional, e incluso Primaria, estuvieron a cargo de Consejos Autónomos con participación de los docentes en los mismos, al menos, cubriendo algunos puestos dentro de cada Consejo. En 1970, la Interventora decretada por Pacheco, para “limpiar” la educación de “la infiltración comunista y la subversión” -según el lenguaje de la época-, significó la intromisión total del Estado en el quehacer educativo. Los Consejos perdieron su autonomía y se verificaba la centralización de funciones en manos del Estado de la conducción de la Educación. Esto lo consigue la burguesía con la Ley Sanguinetti o 14.101 mencionada más arriba.

Destituciones, docentes desaparecidos (varios de ellos de nuestra Organización como el caso de Elena Quinteros), exiliados, era el resultado de la dictadura que comenzaba. Introducción de militares a dar clases en todos los niveles de enseñanza, militarización y represión interna dentro de los ámbitos educativos, son historias más o menos conocidas.

Pero el retorno a la democracia abría expectativas en amplios sectores de la sociedad. Volvían docentes de primer nivel del exilio, volvían a ondear los pelos largos, vaqueros, el canto popular y el rockanroll. La lucha popular era de magnitud y el resurgir del movimiento estudiantil bajo la fachada de la ASCEEP daba la tónica de un sentir popular inmenso: ¡que los milicos se vayan ya! Y las expectativas que existían entorno a recuperar la democracia se fueron diluyendo con el paso del tiempo; y en lo que concierne a la educación –salvando que la Universidad recuperó su autonomía y cogobierno- el resto de la enseñanza pública siguió bajo el mismo régimen que bajo la dictadura. Quien había elaborado la Ley 14.101 ahora era Presidente de la República y sólo introducía algunos cambios cosméticos a aquel corroído texto legal: cambiaba el odiado nombre CONAE por otro que se haría odiar rápidamente: CODICEN.  Así la dictadura dejaba su impronta en la enseñanza, ahora”democrática”, con autoridades electas por los gobiernos de turno de acuerdo a la cantidad de votos obtenidos por cada sector. Aquí también operó la “lógica del 3 y 2” en el reparto de cargos.

Es importante resaltar que el espíritu conciliador que primó en aquellos años, de la búsqueda de una salida en paz influyó negativamente en la educación, como en tantos otros aspectos. La ley 15.739 (la ley de educación que se aprobaba en el marco de la Concertación Nacional Programática) era una “ley de emergencia”, que podía ser reformada”en cualquier momento. Van 21 años y la ley  y su espíritu siguen incólumes.

Mancillada esta esperanza de cambio, las movilizaciones estudiantiles y docentes no se hicieron esperar. Presupuesto y boleto estudiantil, los mismos ejes movilizadores en el período previo a la dictadura volvían a decir presente en las calles montevideanas. La represión también.

 

1992: ocupación del Liceo Miranda

 

Durante los noventa el sistema avanzaría en educación con sus proyectos, tanto educativos como represivos. En 1992 bajo el gobierno de Lacalle, con las tristes figuras de  Gábito Zóboli al frente de ANEP y Corbo al frente de Secundaria, se imponen las “50 medidas”, que eran por un lado, los primeros pasitos de la Reforma Educativa y un avance represivo importante. Clara muestra de ello es que en una movilización son apaleados los estudiantes en la puerta del CODICEN. A su vez, son sancionados varios estudiantes del Liceo Miranda y éste es ocupado por los estudiantes. Las sanciones son levantadas, marcando un claro triunfo estudiantil. La participación de FAU en estos hechos fue de relevancia.

Pero 1992 marcó también el fin de una concepción organizativa gremial centralista: la FES ya había firmado años antes su carta de defunción y se creaba la Coordinadora de Estudiantes.

La Reforma Educativa avanzaba como decíamos: Plan 1993 de Magisterio y en 1994 ya se hablaba –por lo bajo, pero claramente- del proyecto educativo del BID.

 

 

La Reforma Educativa

 

En 1995 asume Sanguinetti nuevamente la Presidencia de la República. Se esperan cambios en la educación y aparece Germán Rama en escena: sociólogo de renombre y prestigio entre la intelectualidad de izquierda. Pero viene con los planes del BID y el Banco Mundial para educación, junto con los “Objetivos del milenio” de la Conferencia de Jomtien.  Para su implementación, ambos bancos internacionales otorgaron suculentos préstamos al país que engrosaron la deuda externa, comenzando el desguace de lo último que quedaba de la Educación Pública.

Tal vez, el objetivo central de la Reforma Educativa podríamos decir era vincular la educación al mercado de trabajo. Para ello, se cerraron cientos de cursos de UTU y otros fueron desmantelados o le bajaron el nivel. Aquella UTU que mantenía el principio de la formación integral del trabajador fue destruida. La formación se transformó en “capacitación” rápida para enfrentar el mercado laboral y los cambios del mismo: “polivalencia”, “flexibilización”, eran términos que de la fábrica pasaban a la enseñanza, lo mismo que la “gestión”, “transversalidad”, “debilidades y fortalezas” y una larga lista de palabras tecnocráticas que se hicieron comunes en las aulas como si nada. Pero es un lenguaje con una fuerte carga ideológica vinculado al avance del capitalismo en los ’90, es un lenguaje lisa y llanamente neoliberal.

Para “capacitar” trabajadores dóciles se necesita borra de un plumazo todo contenido más o menos crítico de la enseñanza, como así también rebajar los mismos. Para ello, se crearon las áreas de conocimiento –Ciencias Sociales y Naturales por otro lado-, que no eran más que una mezcla de contenidos de distintas asignaturas. Y se pretendía educar a estos jóvenes en la “globalización”, aceptándola como venía. Ni pizca de generar una reflexión al respecto o pensamiento crítico. El mundo es y así debe ser. El dogma neoliberal se imponía por la fuerza y si lo criticabas eras un cavernícola o un extraterrestre.

Para implementar todos estos planes se formaron organismos como el MESYFOD (luego MEMFOD), MECAEP o el programa UTU-BID, que generaron una nueva concepción de lo público- privado, privatizando determinadas áreas del diseño global de la educación, generando una corrupción importante. Estos organismos paralelos fueron los que condujeron el proceso reformista, los que lo justificaron ideológicamente y produjeron materiales en dicha línea.

A nivel de Formación Docente el ataque fue duro: rebaja de contenidos y reducción a tres años del Plan de Magisterio, cierre del INET (Instituto Nacional de Educación Técnica) donde se formaban los maestros técnicos y creación de los CERP (Centros Regionales de Profesores) generando una masa de profesores para la Reforma. Debido a la resistencia estudiantil y de los sindicatos las autoridades no pudieron avanzar más en este sentido.

Esta Reforma jamás fue presentada como un programa coherente, no hay nada escrito que indicara qué se iba a hacer, sino que fue camuflada en el presupuesto quinquenal 1995-2000.

Y la resistencia no se hizo esperar. Apenas iniciada su implementación, los estudiantes ocupan cuatro liceos de Montevideo, lo que desencadenó más de treinta y tantas ocupaciones y varios liceos en conflicto (cerrados por las autoridades) a lo largo y ancho del país. Manifestaciones que llegaron a congregar más de 25 mil personas como hacía tiempo no se veía y generar una opinión favorable a nivel del conjunto de la sociedad hacia esta lucha. La Reforma Educativa contaba desde el pique con la oposición del conjunto de la sociedad uruguaya y ello incidió en su descrédito y falta de consenso social que los distintos gobiernos no pudieron generar entorno a la misma. La Reforma se impuso, pero nació herida de muerte y la resistencia a la misma continúa hasta hoy.

Todas las críticas que los distintos sindicatos de la educación y gremios estudiantiles dirigieron contra la Reforma fueron acertadas y los efectos de la misma los estamos padeciendo hoy, no sólo en las aulas, sino en todos los ámbitos de la sociedad.

Una población empobrecida por el mismo vendaval neoliberal que trajo la Reforma Educativa, con más del 50 % de los niños que nacen bajo la línea de pobreza, con signos evidentes de desnutrición, lo cual genera problemas de desarrollo físico e intelectual, con un tejido social hecho pedazos sin los más elementales códigos  de solidaridad entre los de abajo, con familias destruidas, con una creciente pérdida de valores, impactan en el campo educativo y ponen a la educación en una encrucijada. Sumemos a eso una educación pobre en contenidos y formación de las futuras generaciones.

La educación no va a solucionar todos los males, no puede hacerlo. Hablamos de una problemática social mucho más profunda que no se va a solucionar extendiendo el tiempo de clases para que los gurises no estén en las calles. La solución no es crear guarderías para los chicos más grandes, que es en definitiva, en lo que se han transformado la escuela, el liceo y la UTU. Se ha perdido la perspectiva histórica de una educación liberadora del hombre, del conocimiento como un bien social a defender y profundizar, a concebir al conocimiento como un elemento de poder, que si los de abajo lo poseemos vamos a poder enfrentar mejor al enemigo de clase. Se ha desvalorizado tanto el conocimiento que ya podemos hablar de varias generaciones que no conocen los libros. De aquel Uruguay de 300 mil lectores poco queda.

Pero los desafíos siguen pendientes. La educación tiene un rol fundamental que cumplir a la hora de generar los cambios sociales que se hacen cada vez más necesarios. La educación debe formar generaciones críticas y comprometidas con la realidad social nacional y latinoamericana, con vocación transformadora. Si no, estará condenada a ser un mero aparato reproductor del sistema –que lo es- generador de mayor exclusión y pobreza. El conflicto social, político e ideológico también se da en la educación y la resistencia también allí es posible. Eso hemos venido haciendo varias generaciones de estudiantes y docentes, y esa lucha no termina ni siquiera con una nueva ley de educación que consagre la autonomía y el cogobierno, es sólo un primer paso para generar una sociedad mucho más crítica, participativa y con voluntad de cambio.


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