Elecciones.

Para los anarquistas no dejan de ser importantes las elecciones nacionales; no por el hecho de la emisión del voto, sino por el papel que juegan las elecciones en la estructura de dominación del sistema. Toda la vida política del país se vuelca y encauza hacia las elecciones, como si fuese el único acontecimiento político del año, por no decir del período quinquenal.

El sistema democrático republicano a lo largo del siglo XX ha evolucionado de tal modo, que ha permitido el sufragio universal, es decir, de toda la población mayor de 18 años. Recordemos que a principios del mismo siglo las mujeres no tenían derecho al voto, y tampoco generalmente los pobres. La extensión del derecho al voto fue una de las tantas luchas dadas por los pueblos en materia de obtención de derechos políticos. Pero, para las clases dominantes no significó un problema extender el derecho de ciudadanía a toda la población, porque comprendió que el sistema electoral podía servir para dirigir toda la lucha política de la sociedad por estos carriles.

El Estado se asegura mediante las elecciones varios discursos de legitimación de la dominación de clase que ejerce: por un lado, da la imagen de la democracia, en el sentido de consulta a toda la ciudadanía y por lo tanto se convierte en una “fiesta”, tal cual señalan los políticos más tradicionales. Por otro lado, permite el cambio de gobierno, lo cual es cierto, pero no pone en juego el problema del poder. El poder y el gobierno son cosas totalmente diferentes. Los gobiernos pueden cambiar o no, puede estar hoy un partido en el gobierno, mañana otro. Pueden cambiar de esta manera ciertas aristas de la política llevada adelante por cada uno, pero no cambia lo esencial, que es la composición de la estructura de clases en la sociedad. Es decir, las elecciones no ponen en juego el poder de las clases dominantes. Si las elecciones pusieran cada cinco años en debate el poder de quienes nos dominan, las elecciones evidentemente, no se harían, no serían un mecanismo de reproducción del sistema.

Las elecciones articulan los deseos de cambio de la gente con los intereses de las clases dominantes. Se juega a que se elige un presidente, cuando ya éste está elegido por los centros de poder mundial, o por lo menos, goza de su beneplácito. Las elecciones legitiman los derechos consagrados por la burguesía desde el siglo XVIII: garantiza la igualdad de derechos políticos y ante la ley de que tanto se enorgullecen los opresores. Hoy es imposible ejercer la dominación basándose en el respeto y temor al rey como representante de Dios en la Tierra. Hoy se necesitan otros mecanismos ideológicos más complejos y aún más efectivos que los de las monarquías absolutas. Por lo menos, los campesinos se rebelaban contra los nobles, que eran sus opresores directos. Los mecanismos actuales de dominación hacen interiorizar a cada una de las personas lo negativo de la rebelión, equiparándolo a un hecho delictivo. Ya nada queda de “la resistencia a la opresión” garantizada en el artículo 2° de la Declaración de Derechos del Hombre de 1789, en plena Revolución Francesa. Ahora que la burguesía se encaramaba como clase dominante y opresora, debía prohibir el derecho a resistirse a su  opresión.

Y las elecciones son una pieza de ese complejo mecanismo de dominación. Pieza que en nuestro país juega un papel fundamental, dada la tradición “cívica” de nuestro país, gracias al fenómeno de adecuación y modernización del sistema que fue el Batllismo a inicios del siglo XX.

 

Elecciones hoy: ¿qué implican?.

 

Puede haber un cambio de partido en el gobierno, y casi seguramente este año triunfe el FA en las elecciones. Esto nos plantea otros problemas, que están relacionados con lo dicho más arriba.

Decíamos que no va a haber cambios en el poder -si así fuese se estaría abriendo un proceso revolucionario- sino cambios en las políticas de gobierno. Pero para saber qué cambios puede procesar el FA hay que analizar qué márgenes tiene para desarrollar esos cambios.

Esos márgenes están delimitados por la vinculación del Uruguay a los EEUU y a los organismos internacionales de crédito (FMI, BM, BID) que mantienen en la dependencia económica y política a nuestro país. La deuda externa que el Uruguay tiene hoy con esos organismos alcanza el 113% de su PBI, y como ya todos sabemos, no está en la cabeza de ningún líder frenteamplista no pagar la deuda, sino renegociarla, lo mismo que están haciendo Lula y Kirchner. Sin embargo, esta renegociación no significa no aplicar las políticas diseñadas por esos bancos, sino sólo ver cómo paga cada país. Por lo tanto, ya vemos un continuismo en materia de aplicación de políticas diseñadas desde el extranjero.

El caso que más ha sonado dentro de la izquierda es el de la Reforma Educativa. Apoyada por varios frenteamplistas, rechazada por otros, ha generado fuertes debates en el último congreso del FA y ha sido el tema más controvertido del propio congreso. Varios partidos dentro del FA dejaron entrever claramente que continuarán aplicando dicha política educativa cuestionada por los sindicatos, estudiantes y por sus propios militantes. Por lo tanto, lo que digan el BID y BM para la educación seguirá siendo moneda corriente desde el nuevo gobierno.

Algo similar ocurre con el tema Derechos Humanos. Se ha votado cumplir con la Ley de Caducidad y por lo tanto, no castigar a los asesinos de nuestro pueblo; todo ello en aras de “no hacer olas”.

La política económica que plantea el FA -el país productivo- no tiene márgenes reales para desarrollarse hoy. Es un traslado casi mecánico del proyecto desarrollista de los años ’50 y ’60. Este proyecto hoy viene siendo adecuado a la realidad del Mercosur, donde se plantea el desarrollo productivo regional, lo cual puede darse en algunos sectores económicos, pero pone a nuestro país en una situación de mayor dependencia respecto a Brasil y Argentina. Hay un discurso de oponer el Mercosur al ALCA, cuando es más que evidente que son estrategias complementarias. Ni Lula ni Kirchner le dicen no rotundamente al ALCA, sólo buscan cómo negociar mejor su posición, y tal vez la del Mercosur. Esto significa igualmente, aumentar la dependencia.

Todo este desarrollo por parte de la izquierda de una política adaptacionista a los nuevos marcos impuestos por el sistema solamente le sirven al propio sistema capitalista. El sistema tiene la posibilidad de cambiar ahora algunos discursos ya gastados, lo mismo que algunos políticos, para renovarse, pero no se cuestiona en ningún punto las bases del propio sistema. Se negocia con los organismos de crédito la deuda externa, con EEUU el ALCA, con las multinacionales para que vengan a invertir llevándose todas nuestras riquezas y recursos naturales, contaminando y envenenando a nuestra población -tal cual quiere hacer ENCE, la planta de celulosa española-, etc.

¿Qué es lo que cambia para el pueblo? Sustancialmente nada. Ni siquiera habrá solución al problema del desempleo. Parece ser que se seguirán implementando políticas del tipo de los Jornales Solidarios, y nada más. No se vislumbra tampoco un aumento sustantivo del gasto social, aunque parece ser uno de los caballitos de batalla de casi todos los sectores del FA.

Pero no desconocemos que la población tiene una profunda expectativa en un gobierno del FA. En algunos sectores, hay cierto descreimiento de cambios medianamente profundos, en otros por  el contrario, se esperan soluciones mágicas. No va a existir tal magia para solucionar los problemas de la gente.

 

¿Cuál es nuestra propuesta?.

 

Los anarquistas de FAU creemos sí en la necesidad de un cambio real, de un cambio desde las organizaciones populares con una estrategia de transformación social. La única forma de acabar con el desempleo, con la miseria, con el hambre, con la desesperación, es fortalecer las organizaciones sociales, ya sea en los barrios, los sindicatos, los centros estudiantiles, etc., porque desde allí se construye la verdadera alternativa: la alternativa de los de abajo frente al sistema. Fortaleciendo las organizaciones sociales fortalecemos al pueblo, y sin un pueblo fuerte, no hay cambios reales. Porque lo único que pone en juego el poder de los de arriba es el desarrollo del poder popular.

Se nos dirá que somos soñadores y trasnochados, que lo correcto hoy es acomodarse a la situación, pero no nos resignamos a que la única posibilidad sea negociar con los poderosos.

Desde nuestro punto de vista, es incorrecto dejar ahora la militancia social por la militancia electoral. Nadie garantiza que el gobierno del FA aumente salarios y jubilaciones considerablemente, arrase con el desempleo, solucione el problema de la vivienda, de la salud, de la educación. Por lo tanto, sin lugar a dudas, habrá lucha para rato. Los diversos sectores populares deberán continuar movilizándose y peleando por sus reclamos. No hay pasillo ni escritorio que solucione la crisis social que el capitalismo ha generado en nuestra sociedad.

¿Qué papel particular juega el movimiento sindical?  No cabe dudas de que el sindicalismo sigue siendo una de las fuerzas sociales preponderantes en nuestro país. Hoy, frente a toda esta expectativa, el PITCNT juega a acompañar este “proceso de cambio”. Pero por más que no lo quieran ver ciertas corrientes dentro de la Convención, está política de conciliación de clases no va a durar mucho, y lo peor que puede pasar es que el propio PITCNT no tienda una mano a los demás sectores de las clases oprimidas en sus esfuerzos de lucha y organización, cuidando la “estabilidad” del posible gobierno.

La reunión con el encargado de asuntos políticos y sociales de la Embajada yanqui Griffith, confirma lo anterior. La política de ocupar sillones, la política de dialogar con cualquiera exclusivamente deja réditos para los de arriba y el imperio. Esa política no acumula fuerzas en el campo popular, no sólo porque divide en el seno del pueblo y genera descontento, sino porque esto nada tiene que ver con la acumulación de fuerzas en el campo popular. Acumula mucho más dialogar con un desocupado, con un trabajador que quiere sindicalizarse, que quiere organizar un sindicato, con los estudiantes, con los vecinos, que almorzar con los representantes de las clases enemigas.

No es este el rol que deben desarrollar los sindicatos y las organizaciones sociales. Las mismas deben estar al frente de la pelea por los derechos fundamentales del pueblo; por ello nuestra propuesta pone el acento en el protagonismo popular, en el desarrollo de las fuerzas propias en cada lugar de trabajo, en cada centro de estudio, en cada barrio. Porque el cambio se gesta desde ahí. Lo demás, es un simple adorno de la dictadura de los de arriba.


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