Del frío del invierno al calor de la solidaridad.

Hace pocas semanas, el frío polar en pareja con lluvias torrenciales, funcionaron de ayuda-memorias, para remarcar angustias cotidianas que para irlas llevando algunos ingenuamente tratan de no nombrar pero están presentes, imperturbables. En esas instancias al pobre lo cachetea mas fuertemente la pobreza. Instancias en que al trabajador desocupado se le revive la dimensión de su drama como una herida abierta. Lluvia y frío se transforman en el mundo globalizado en una maldición. Es cuando la bicicleta-compañera es estéril e inconveniente. La lluvia torrencial y el frío nos largan a dilemas irresolubles, entre echar a perder la ropa gastada cuidadosamente conservada o un boleto de 9 que saldrán del pan, de la leche, o de los cigarros, según los casos. Es cuando se asume que si se pudre el único calzado que transitó varias veces por el CTI del zapatero-remendón; nos quedamos descalzos. Son momentos de nostalgias porque en otros tiempos la lluvia era una excusa para un café o una caña según las ciscustancias. Es cuando miramos de reojo la agonía de la llama de la garrafa. Y cuando ser padre o madre se convierte en hazaña, muchas veces sin final feliz. Y es una buena oportunidad para demostrar «remordimientos» y lavar la cara; tanto para las FF.AA. como para los burócratas municipales de sueldos de 2000 dólares mensuales en la intendencia, todos buenos samaritanos inocentes, y ajenos a que hayan seres humanos en situaciones infrahumanas.

Pero muchas veces el tiempo cruel con los pobres, no puede quebrar el hilo de acero de la solidaridad, forjado por generaciones y que aún es vertebral de nuestra cultura aunque lo traten de disfrazar. Así el individualismo y el egoísmo del mundo global es frenado por la solidaridad cotidiana de guisos compartidos , de pobres que cobijan a otros aún más pobres en sus ranchos; de quienes comparten ropas, trapos aún útiles, o sus escasos bienes obtenidos con sacrificios.

El de abajo tiene dos caminos, o hace «la de uno», entonces el sistema le comió la cabeza y marchó, ya que más allá de pequeños logros, muchos sinsabores y problemas le quedan por delante.

El segundo camino es hacer de la solidaridad una forma de vida diaria (el apoyo mutuo en el sentido kropotkiniano). Hoy el compañerismo y la solidaridad son formas de resistir al capitalismo salvaje e inhumano de la globalización.

Pero guambia!!!, la solidaridad es con todos y con todo. Y la forma de practicarlo es mantener constantemente el compromiso de luchar con las palabras y las acciones, para derrotar, no solo la miseria sino sus causas. Deberíamos trabajar para que cada día sea un día de destrucción y resistencia frente al sistema, y un día de construcción de un mundo nuevo sin explotación ni opresión.

 


-- Descargar artículo como PDF --