¿Democracia me dijo?

Se decía acerca de la década del 50 y 60 que eran tiempos revueltos. Otro tanto, y con sentido diferente, podría decirse hoy sobre los tiempos que corren. Tiempos revueltos, dispersos, fragmentados; con emergencia de nuevos y diversos problemas sociales, políticos, estructurales.

Tenemos un par de décadas últimas que quizás hayan terminado de configurar una nueva fase o etapa sistémica. Ella arroja a la observación empírica un alto nivel de depredación y apropiación de una ínfima minoría en contra de la mayoría de los seres humanos del planeta y del planeta mismo. La miseria lacerante de la gran mayoría de los humanos y el destrozo ecológico van de la mano. La dinámica y la lógica de este sistema fueron los productores  y siguen profundizando ese resultado.

Arroja también a la observación empírica, el grado de descomposición de paradigmas que oficiaban de verdadero y camuflante sostén al sistema. Ya queda claro, por ejemplo, que democracia es sinónimo de derechos y beneficios para quienes detentan el poder dominante y ausencia de derechos y participación real de las grandes mayorías. Es, por ejemplo, el derecho del imperio a avasallar otros países y sus pueblos.

El sistema capitalista tiene una continuidad histórica en fundamentales elementos que en todo su trayecto estuvieron presentes y que constituyen su identidad profunda: máxima tasa de ganancia, máxima explotación posible, mercado, cruda competencia, derechos reales para los poderosos, derechos virtuales para los oprimidos, desigualdad social profunda, violencia opresora y valores consagrados que dicen: tanto tienes tanto vales. Todo esto, para decirlo de alguna manera, circula en el seno de un conjunto de estructuras e instituciones que aseguran su concreción y permanencia. Su estado es dinámico y por ello se despliega en su recorrido histórico. Vale decir, que manteniendo su fundamental identidad adquiere distintas formas en distintos momentos. Otro tanto ocurre con ese espectro de clase dominante, que en abstracto formal se designa a secas como clase, que articulada y en interacción con las estructuras es quien usufructúa del poder y las riquezas en su exclusivo beneficio. Clase que se constituye teniendo asiento en el conjunto de los niveles estructurales sistémicos: económico, político, ideológico, cultural. Por tal razón este espectro de clase, si lo referimos a lo histórico, circula por todas las arterias del sistema y orienta los movimientos fundamentales que provienen del poder.

No es del caso hoy, considerar las distintas formas que adquirió en el trascurso de su devenir, en sus diferentes “etapas” vividas. No se trata tampoco de procesos lineales sino de configuraciones y en tanto tales tiene “mezclas” diversas.

La configuración que hoy presenta el sistema guarda relación con cierto despliegue tecnológico, con avance de ciencias, con acumulación de diversas riquezas. Todo ello al servicio de lo que le es consustancial.

En diversos planos, en virtud de los adelantos técnicos-científicos, las distintas partes del mundo se acercan entre sí. Es momento para los grandes poderes de globalizar en su beneficio.

En esta etapa entonces, entre otras cosas, la estructura de clase dominante, trata de desmantelar todo un campo de conquistas populares del periodo anterior. Se concentra más, absorbe más poder y riqueza y siembra más miseria y terror.

También tenemos que se conforma una estructura imperial, con su hegemonía correspondiente, como nunca antes se había visto.

Al mismo tiempo, esta estructura de dominación va descartando por infuncionales para sus apetencias a mecanismos, instituciones y “valores” que ayer fueron eficaces soportes. Algunas de ellas son: elecciones, parlamentos, democracia, estados nacionales, derechos humanos, soberanías, determinadas formas jurídicas. Vaciados ya del juego necesario que tuvieron en otras etapas, hoy resultan cadáveres insepultos. Pero si ellos no juegan a ese juego sí dejan que otros lo hagan, es más por momentos obligan a que otros lo hagan. Pero ellos dirán cuál es la democracia, cuál la independencia, qué facultades tienen los parlamentos y de qué soberanía disponen. Que todo transcurra dentro del tejido sistémico.

Y las mallas del poder dominante trituran, manipulan, moldean. Insertan en su seno, partidos, ideologías, movimientos, historias, los amasan y después los devuelven buenos seguidores de lo viejo y reproductores de lo actual. El mecanismo se repite una y otra vez. Y se reiteran un montón inconmensurable de fuerzas girando en esa rueda loca. Entonces es cuando entendemos aquellas recomendaciones de Bachelart de que no hay cosa nueva sin ruptura y discontinuidad.

La circulación al infinito de las mismas dinámicas y lógicas no puedan crear algo nuevo, sólo recrear lo existente, con mayor o menor fantasía.

Para hacer otro mundo posible, los hechos parecen indicar la necesidad de uso de otros materiales para la nueva construcción. Otro enfoque, otra perspectiva, otra lógica, otras prácticas. Otro punto de partida. Nada original, es la nueva civilización de la que hablaban los viejos socialistas. Siempre es actual la percepción adecuada de las dinámicas mundiales y la construcción de procesos de liberación correspondientes.

Esta etapa capitalista, con su “posmoderna” y despiadada burguesía transnacional, han dejado tierra arrasada. Fue y siguen yendo: por el petróleo, el gas, por el agua y los medicamentos, por las patentes y las semillas, por las diversas industrias redituables de los países dependientes. Por instrumentos jurídicos a su hechura para que ningún atropello tenga tope. Por pensamiento único unido al terrorismo ideológico. Por control de las estructuras políticas, de los Estados, a través de organismos internacionales. Una estrategia general que tiene como uno de los pilares relevantes la violencia asesina, el militarismo interventor, la tortura sistemática. Y un gran efecto: marginación, superexplotación, miseria creciente de grandes multitudes. Se estima hoy que en el mundo entre 800 y 1.000 millones de personas están desocupadas viviendo en la pobreza extrema. Pero es bastante más la gente que vive en la pobreza con carencia de cosas elementales, cerca de dos tercios de la humanidad. Marginación, miseria extrema, pobreza, pueblan el universo de las grandes mayorías de nuestras poblaciones.

Por fuera de los canales tradicionales las poblaciones han comenzado a realizar sus reclamos, su protesta, su exigencia. Multitudinarias marchas y manifestaciones han hecho sentir su voz. En diferentes continentes y por diferentes objetivos. Se han opuesto a la globalización neoliberal desde Seatle en adelante, repudiando los eventos en que se consagra y profundiza esta política feroz. En oportunidad de la amenaza de invasión a Irak pueblos de diferentes países ganaron la calle.

En nuestra América Latina las luchas de acción directa de diferentes pueblos enfrentaron distintas situaciones sociales. Papelesdestacados han tenido en estos tiempos las reclamaciones de indígenas y campesinos. En la calle y por fuera de los circuitos legales, de los estrechos espacios autorizados, levantamientos populares han librado batallas de importancia. En Bolivia por el agua y el gas, en otros lugares volteando gobiernos como en Argentina, Ecuador, Perú y la misma Bolivia o impidiendo golpes de estado organizado por los norteamericanos, tal el caso de Venezuela.

Pero no son solo estas macroluchas, en diferentes lugares de nuestra América Latina aparecen combates reivindicativos de acción directa por temas puntuales o ejerciendo justicia popular, como las ocupaciones de los Sin Tierra en Brasil en estos días o por ejemplo los Alcaldes linchados en diferentes puntos del Perú.

No han sido ni gobiernos ni partidos de tipo socialdemócratas los que han salido a frenar efectivamente el arrase neoliberal en avance. Según nos muestra este reciente pedazo de historia las únicas fuerzas sociales que actuaron realmente en pos de bloquear, resistir e incluso derrocar regímenes neoliberales fueron las de los movimientos de clases oprimidas ganando las calles.

Los anclados en los paradigmas de un pasado que ya no existe, hablan y tratan de analizar la forma en que se podría canalizar esta expresión popular para que encauce su lucha por esas vías autorizadas sobre las que no se quieren convencer que sólo domestican cuerpos pero que resultan perversas para atender las urgencias populares. Quieren llevar la energía y la esperanza que resurge a puertos sin salida.

Otros aventuran opiniones un tanto osadas. Nos dicen que hay en estas movilizaciones populares el germen de lo nuevo, de la sociedad “postcapitalista”. Y que es un proceso imparable. Ningún fatalismo es bueno. Será necesario la organización y la voluntad de fuerzas sociales para producir cambios profundos, para marcar una línea a un proceso consecuente.

Eso sí, una vez más,  los pueblos están en marcha.


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